VENECIA, AL FIN
Fue en aquella tarde
cuando las gaviotas se incendiaban al fuego de sus graznidos
y las cenizas friolentas se abatían sobre Venecia
como nieblas o blasfemias.
La tarde en que la eternidad
se giró sobre sí misma para no ver su final.
Cuando los brillos de las lámparas
huyeron de sus jaulas espejeantes
y cantaron a coro sobre un arcoiris de plomo.
Las beatas de Il Frari, como cuervos asustados
salían desde los óculos vacíos
en un carnaval opaco y funeral.
Y las góndolas livianas unciendo los unicornios de plata
inician la apoteosis ducal.
Epifanías del Tiépolo en las frías madrugadas,
callados ya los gallos
que desde Verona encelan a los amantes.
(¡Cómo se inflaman los túmulos donde los hombres crepitan!)
Máscaras gozosas cubren las lepras del tiempo
que dejan sin su alimento a los cuervos
de l'Isola San Michele.
La Venecia decadente y fugitiva,
danzante colosal en sus cúpulas y arquivoltas,
Venecia fuera del tiempo, ucrónica y surreal,
magma líquido transido por armonías de Monteverdi
y las esencias de una infancia que corre bajo sus aguas.
Rotas por la proporción áurea las eclípticas y sus normas,
la Libertad se apodera de los fingidos meridianos,
de los trópicos y los tropos singulares.
Venecia se hace ropaje con los lienzos del Tiziano
y se aúpa hasta la Vía Láctea donde la esperan
las ubres magníficas de Amaltea.
Coyunda irregular disfrazada de inocencia,
abrazo constelar que nos permite jugar
con la ropa talar de los tritones.
Venecia, al fin.
Fue en aquella tarde
cuando las gaviotas se incendiaban al fuego de sus graznidos
y las cenizas friolentas se abatían sobre Venecia
como nieblas o blasfemias.
La tarde en que la eternidad
se giró sobre sí misma para no ver su final.
Cuando los brillos de las lámparas
huyeron de sus jaulas espejeantes
y cantaron a coro sobre un arcoiris de plomo.
Las beatas de Il Frari, como cuervos asustados
salían desde los óculos vacíos
en un carnaval opaco y funeral.
Y las góndolas livianas unciendo los unicornios de plata
inician la apoteosis ducal.
Epifanías del Tiépolo en las frías madrugadas,
callados ya los gallos
que desde Verona encelan a los amantes.
(¡Cómo se inflaman los túmulos donde los hombres crepitan!)
Máscaras gozosas cubren las lepras del tiempo
que dejan sin su alimento a los cuervos
de l'Isola San Michele.
La Venecia decadente y fugitiva,
danzante colosal en sus cúpulas y arquivoltas,
Venecia fuera del tiempo, ucrónica y surreal,
magma líquido transido por armonías de Monteverdi
y las esencias de una infancia que corre bajo sus aguas.
Rotas por la proporción áurea las eclípticas y sus normas,
la Libertad se apodera de los fingidos meridianos,
de los trópicos y los tropos singulares.
Venecia se hace ropaje con los lienzos del Tiziano
y se aúpa hasta la Vía Láctea donde la esperan
las ubres magníficas de Amaltea.
Coyunda irregular disfrazada de inocencia,
abrazo constelar que nos permite jugar
con la ropa talar de los tritones.
Venecia, al fin.