librampiro
Poeta fiel al portal
[center:f149201b76]Veinticuatro horas en un día.
Existen, de vez en cuando
veinticuatro horas
en las que me acompaño
y estoy a mi lado,
paso a paso
paseando por el centro del pueblo.
En las que estoy conmigo,
y en un respiro
afirmo ser mi mejor amigo.
Pocas y locas veinticuatro horas.
En la primera
comento a mi boca
que el pan, el queso, tu beso
me nutren de ilusión y vitamina.
Dos horas después
espío al espejo,
a mi y mi reflejo,
pongo severa atención
a esa crítica mutua:
del espejo a mi cuerpo
y de mi alma al reflejo.
En la cuarta
salgo a la escuela,
conmigo,
o adonde sea,
me acompaño en este
aprendizaje del mundo,
en mis pensamientos más profundos.
Llega la quinta
y me doy consejos,
me ubico en el mapa
de mi vida.
En la sexta
me recito mis ideales
en el subconsciente,
cuando los tengo presentes,
se hace tarde,
hay que darse prisa.
En la séptima,
mágica,
nos acompaño a nuestra cita
leo nuestro lenguaje
corporal, cotidiano
y todo
lo que hace tiempo
escribimos entre paréntesis.
Pocas y locas veinticuatro horas.
Aún en la décima
nos escucho
en nuestro silencio;
todavía recostados,
con la mirada
clavada una en la otra.
En este silencio
que bien habla
de nuestro tierno amor;
tranquilo, juntos,
nos contemplo.
Al caer la doceava,
caminando conmigo a casa,
me hago un chequeo médico,
tomo mi presión laboral o arterial,
mi ritmo cardiaco,
la vibración de mi risa,
las viejas heridas,
mis cicatrices
y demás procedimientos;
no son más que fatiga
dolor muscular.
Pocas y locas veinticuatro horas.
En la hora siguiente
me inyecto de alegría,
de mi, de sangre nueva.
Al llegar la hora
número quince,
los dos, yo conmigo
observamos la nuevas
desgracias que ocurren
en otro pueblo,
otro país, otras personas;
en las pausas comerciales
me hago el comentario
que toda esa peste, esa maldad;
se debe a personas que nunca
se acompañan, ni siquiera
veinticuatro horas en un día.
Iniciando la hora dieciséis,
viajo conmigo más allá
de las fronteras de mis sueños
me cuido de brujas, vampiros
duendes y demás criaturas
que me espantan sin respetarme.
Pocas y locas veinticuatro horas.
Ocho horas después,
en la veinticuatro,
me despido de mi
con un suave beso
para no despertarme
y me bendigo,
me deseo lo mejor.
Tranquilo me dejo libre
sabiendo que la visita
en algo me ha servido.[/center:f149201b76]
* Salvador Dali - Persistencia de la memoria
Existen, de vez en cuando
veinticuatro horas
en las que me acompaño
y estoy a mi lado,
paso a paso
paseando por el centro del pueblo.
En las que estoy conmigo,
y en un respiro
afirmo ser mi mejor amigo.
Pocas y locas veinticuatro horas.
En la primera
comento a mi boca
que el pan, el queso, tu beso
me nutren de ilusión y vitamina.
Dos horas después
espío al espejo,
a mi y mi reflejo,
pongo severa atención
a esa crítica mutua:
del espejo a mi cuerpo
y de mi alma al reflejo.
En la cuarta
salgo a la escuela,
conmigo,
o adonde sea,
me acompaño en este
aprendizaje del mundo,
en mis pensamientos más profundos.
Llega la quinta
y me doy consejos,
me ubico en el mapa
de mi vida.
En la sexta
me recito mis ideales
en el subconsciente,
cuando los tengo presentes,
se hace tarde,
hay que darse prisa.
En la séptima,
mágica,
nos acompaño a nuestra cita
leo nuestro lenguaje
corporal, cotidiano
y todo
lo que hace tiempo
escribimos entre paréntesis.
Pocas y locas veinticuatro horas.
Aún en la décima
nos escucho
en nuestro silencio;
todavía recostados,
con la mirada
clavada una en la otra.
En este silencio
que bien habla
de nuestro tierno amor;
tranquilo, juntos,
nos contemplo.
Al caer la doceava,
caminando conmigo a casa,
me hago un chequeo médico,
tomo mi presión laboral o arterial,
mi ritmo cardiaco,
la vibración de mi risa,
las viejas heridas,
mis cicatrices
y demás procedimientos;
no son más que fatiga
dolor muscular.
Pocas y locas veinticuatro horas.
En la hora siguiente
me inyecto de alegría,
de mi, de sangre nueva.
Al llegar la hora
número quince,
los dos, yo conmigo
observamos la nuevas
desgracias que ocurren
en otro pueblo,
otro país, otras personas;
en las pausas comerciales
me hago el comentario
que toda esa peste, esa maldad;
se debe a personas que nunca
se acompañan, ni siquiera
veinticuatro horas en un día.
Iniciando la hora dieciséis,
viajo conmigo más allá
de las fronteras de mis sueños
me cuido de brujas, vampiros
duendes y demás criaturas
que me espantan sin respetarme.
Pocas y locas veinticuatro horas.
Ocho horas después,
en la veinticuatro,
me despido de mi
con un suave beso
para no despertarme
y me bendigo,
me deseo lo mejor.
Tranquilo me dejo libre
sabiendo que la visita
en algo me ha servido.[/center:f149201b76]
* Salvador Dali - Persistencia de la memoria