Anaros
Poeta recién llegado
(Por Nicolás García Anaros)
Es este silencio el que me está matando. Intento que fluya mi voz, pero nada, la nada. Y pensar que hace un mes mis sueños estaban cumplidos. Veinte años esperando que un productor musical se fije en mí, y, cuando por fin lo consigo me veo sin voz en la cama de un hospital , sin mi voz que es de los demás. Mi mujer me mira fijamente, pero yo no estoy. Mis músicos, mis amigos, me miran, pero yo no estoy, y el silencio se hace cada vez más profundo.
Todo empezó hace dos meses. Sería medianoche. Estaba cansado, pero, aun así, bajé a mi sótano y encendí mi computadora. Miré mi correo y allí estaban esas palabras que tanto se hicieron de rogar: estoy interesado en producirte. El resto ocurrió rápido, sin tiempo para digerir. Un avión, un océano por cruzar y allí estaba, en Nashville. La música sonaba por todas partes. En cada bar, una banda en directo, whisky en vaso de cristal tan frágil como la honda de humo de un cigarrillo. Me sentí feliz, es mi sueño. Un mes grabando nueve temas. A cada nota musical siempre se repite la misma frase, una vez más. Estoy cansado, pero mi banda me apoya. El estudio es tal como esperaba. Se respira música en cada recodo, en cada centímetro de ese local construido a golpe de guitarra, incluso en el baño se toca. Sólo hay instrumentos y mi voz. Volvemos a España y el sueño de colores blancos, amarillos y verdes empieza a coger matices negros. Ya no tengo trabajo, ahora puedo decir que soy músico. Pero mi hipoteca no entiende de acordes. Ficho por una compañía tan grande como mis ilusiones. Y entonces ocurre algo terrible. Es mi cuello, le pasa algo; termino en el hospital. Varios médicos me visitan y me dicen la mayor de las ironías: puede que pierdas la voz. Y entonces grito.