Ven, mi unicornio alado;
Llévame sobre tu lomo
Hacia la tierra
Donde reina el polvo,
Donde la miseria fue abandonada
Al cruzar su portón de oxidado hierro
Y los recuerdos, buenos, malos,
Y las pesadillas,
Por el silencio fueron sepultados.
Deja que tu cuello
Sea lo último que mi mano toque;
Que mis dedos absorban
Tu naturaleza de mito,
Para enroscarme,
Segura y calma,
En mi soledad cerrada
Así evitar que de mis pulmones
No salga un grito.
Ya todo fue desandado
Y se vuelve hacia el principio,
Hacia la oscuridad,
La primigenia madre,
Cuya llamada
Es tu último latido.
No hay pena,
Porque no se abandona nada,
Porque todo está podrido;
Ilusiones y esperanzas,
Ya son agua pasada
Y sólo se alberga cansancio
Que pesa
Como una tonelada
En el alma.
Mírame con tus ojos claros,
Ojos de color topacio,
Como el cielo despejado
Que una vez
Pasó por mi lado
Pero fue tan esquivo
Que ni huellas
Sobre mi piel
Hubo dejado.
No quiero más tormento.
Atraviésame con tu cuerno;
Que mi sangre sea mi sudario
Y tu crin blanca
La bandera que me arrope
En esa tierra,
Inhóspita y árida,
La tierra que pone
Punto final a las partidas,
Jugadas e inevitablemente,
Perdidas.