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Una Vida Vivida

Jonatan Segen

Poeta recién llegado
El dolor es pasajero,

decía mi segunda madre, afligida,

Quizás, consuelo para sus dolores mientras la lluvia caía, y dolía,

Sus ojos a través de los míos veían alba y ocaso

mientras los míos en los suyos palidecían,

Miraban y nada veían, fríos,

Como el alma de un verdugo que no conoce el fracaso.

El tiempo todo lo cura, sigiloso, apacible,

Ya una vez las horas han coloreado sus trazos

de nauseabundo a nostálgico transforma, lento, a pasos,

las penas sufridas en simples recuerdos risibles.


¿Cuánto le rogué al cielo para que parase mi llanto?

Que el ave pronto bajara y de nuevo viera a mi viejo,

Ver que por mí ella sonriera y ver en mis hijos su reflejo

Que mi madre no muriera, o al menos, oyera de nuevo su canto.

Mas hoy, algo melancólico me pregunto,

¿Se puede amar sin haber sacrificado tanto?


Acaso ¿estaría aquí sin haber renacido aquel día?

Y, si aquí hubiese iniciado mi viaje ¿ahora dónde estaría?

¿Ciego en el valle perdido o junto al cordero sagrado?

Eso sí, no fue hasta después de la caída,

Con la botella vacía y la miraba perdida que logré verme arruinado,

Vislumbré aquellos ceñidos caminos,

Senderos fructíferos que ya había en sueños ojeado, y evitado,

Abandoné la gran vía,

Rasgué la venda del ego y vi que nada advertía,

Que existe abajo y arriba, la muerte, la vida,

El maestro, el aprendiz y la lección aprendida.
 
El dolor es pasajero,

decía mi segunda madre, afligida,

Quizás, consuelo para sus dolores mientras la lluvia caía, y dolía,

Sus ojos a través de los míos veían alba y ocaso

mientras los míos en los suyos palidecían,

Miraban y nada veían, fríos,

Como el alma de un verdugo que no conoce el fracaso.

El tiempo todo lo cura, sigiloso, apacible,

Ya una vez las horas han coloreado sus trazos

de nauseabundo a nostálgico transforma, lento, a pasos,

las penas sufridas en simples recuerdos risibles.


¿Cuánto le rogué al cielo para que parase mi llanto?

Que el ave pronto bajara y de nuevo viera a mi viejo,

Ver que por mí ella sonriera y ver en mis hijos su reflejo

Que mi madre no muriera, o al menos, oyera de nuevo su canto.

Mas hoy, algo melancólico me pregunto,

¿Se puede amar sin haber sacrificado tanto?


Acaso ¿estaría aquí sin haber renacido aquel día?

Y, si aquí hubiese iniciado mi viaje ¿ahora dónde estaría?

¿Ciego en el valle perdido o junto al cordero sagrado?

Eso sí, no fue hasta después de la caída,

Con la botella vacía y la miraba perdida que logré verme arruinado,

Vislumbré aquellos ceñidos caminos,

Senderos fructíferos que ya había en sueños ojeado, y evitado,

Abandoné la gran vía,

Rasgué la venda del ego y vi que nada advertía,

Que existe abajo y arriba, la muerte, la vida,

El maestro, el aprendiz y la lección aprendida.


Una gran obra que he disfrutado. Gracias por compartir.

Saludos,

Palmira
 
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