Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
Una vez tuve una hija siempre con los ojos cerrados,
temerosa del lobo y de las noches sin alma.
Un día el lobo me comió
y ahora mi hija siente un frío muy amargo,
tiene los sueños rotos y un cadáver
y se le han acabado todas las palabras.
A mi hija Abraham le arrancó el corazón
como ofrenda al dios de los hombres.
¡Qué injusta es la etérea belleza de la luna en el cielo
repartiendo como un maná sus dones al mundo
mientras mi pálido rostro
de mujer ahíta de dolor, fatigada de vida,
lo sabe todo de su fatal destino en la tierra!
Una vez tuve una hija
que renegó de un miserable dios violento
y los hombres de las pelucas polvorientas
me acusaron de sacrílega, condenándome
a la crucifixión nueve meses y un día.
Cada vez que suena la hora de la justicia,
su pie terrible ensucia y aplasta la esperanza.
Pero esa hija mía, empujada a los vertederos
de la historia y ultrajada por las cadenas
de los hombres, un día decidió quemar
sus miedos y matar a las sabandijas
del dolor que incendiaban sus sueños
y se paseaban por su sangre,
haciéndole muy ingrata la vida.
Hoy, como una espada, ha renacido
para siempre sin esconderse en otro nombre
y enarbola la pureza afilada de los justos,
clamando contra la legitimación de la mentira,
contra su orden de muerte y su injusticia.
temerosa del lobo y de las noches sin alma.
Un día el lobo me comió
y ahora mi hija siente un frío muy amargo,
tiene los sueños rotos y un cadáver
y se le han acabado todas las palabras.
A mi hija Abraham le arrancó el corazón
como ofrenda al dios de los hombres.
¡Qué injusta es la etérea belleza de la luna en el cielo
repartiendo como un maná sus dones al mundo
mientras mi pálido rostro
de mujer ahíta de dolor, fatigada de vida,
lo sabe todo de su fatal destino en la tierra!
Una vez tuve una hija
que renegó de un miserable dios violento
y los hombres de las pelucas polvorientas
me acusaron de sacrílega, condenándome
a la crucifixión nueve meses y un día.
Cada vez que suena la hora de la justicia,
su pie terrible ensucia y aplasta la esperanza.
Pero esa hija mía, empujada a los vertederos
de la historia y ultrajada por las cadenas
de los hombres, un día decidió quemar
sus miedos y matar a las sabandijas
del dolor que incendiaban sus sueños
y se paseaban por su sangre,
haciéndole muy ingrata la vida.
Hoy, como una espada, ha renacido
para siempre sin esconderse en otro nombre
y enarbola la pureza afilada de los justos,
clamando contra la legitimación de la mentira,
contra su orden de muerte y su injusticia.
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