jmacgar
Poeta veterano en el portal
UNA HISTORIA DE AMISTAD
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- ¡Palomitas, pitas, pitas! ; ¡Bueno, vamos a poner el culo en el jodido banco donde vienen a sentarse los viejos que no tienen otra cosa que hacer mas que echarle millito a las palomas!; ¡Palomitas, pitas, pitas!; ¡Malditas ratas voladoras!, son como buitres alrededor de los despojos; ¿Qué diablos somos los viejos mas que un saco de despojos?
Eso rumiaba el harapiento y malhumorado Camilo, el chamarilero, cuando se sentó y sacó la bolsa con el maíz del bolsillo de su abrigo raído, dispersándolos alrededor suyo. En un momento, ya tenía una bandada de palomas que revoloteaban a sus pies. Puso una saca de tela a su lado; Al otro extremo del banco había dejado el carrito de supermercado que llevaba a todas partes para recoger de la basura lo que pudiera servirle para vender en el rastro o para la chabola. Continuó engatusándolas hasta que, llevadas de la confianza, algunas se le posaron en las rodillas. Miró a los lados por debajo del ala del sombrero mugriento y vio que no venía nadie. Con una rapidez sorprendente movió las manos y cogió dos palomas, ¡dos!, de un golpe. Las metió rápidamente en la saca y la cerró metiéndola en el carrito. -¡Merlín se va a poner las botas esta noche!-, masculló.
El sol empezaba a esconderse entre los árboles del parque filtrando los rayos entre las ramas. Pronto iba a oscurecer y quedaba un trecho largo hasta la choza. Se levantó y empezó a empujar el carro mientras la ciudad iba cogiendo un tono gris tras el ocaso. Cruzó las calles asfaltadas por donde el carrito rodaba sin sobresaltos aunque en alguna, con mucha pendiente, tenía que irlo sujetando con fuerza para que no se le fuera de las manos. En otras, adoquinadas, hacía un ruido de mil demonios y daba unos saltos que parecía que se le iba a volcar, pero el chamarilero poseía la habilidad de dominarlo; ¡A Camilo se le iba a caer el carro!
Comenzaban a encenderse las luces amarillas de la autopista cuando cogió aquella veredita estrecha de tierra que, paralelamente a la vía, bajaba por una cuesta pronunciada hasta un barranquillo que pasaba por debajo ; en ese pontón por el que un día corrieron las aguas y que ahora estaba fuera de uso pues desde hacía muchos años el cauce se había desviado más arriba, allí tenía montada el chamarilero su choza, con paredes de piedra y techo de planchas metálicas. Le había puesto incluso una puerta de madera que cerraba con un candado. Ya había penumbra cuando llegó; Sacó la llavecita y abrió la puerta desvencijada; cogió del carro la saca donde aún se movían las palomas y fue con ella al centro del habitáculo oscuro donde había un cajón con una palmatoria y la vela a medio consumir, la prendió y, al tiempo que se iluminaron las paredes de piedra, se encendieron también, al fondo, los ojos de Merlín como si fuesen dos bombillas rojas redondas y parpadeantes. - ¡Ya lo sabes!, ¿Eh?; ¡Ja, ja!; ¡Aquí tienes tu cena, maldito mago con plumas!
Camilo extrajo una de las palomas del saco, le partió el cuello y con la navaja le hizo un corte haciendo que la sangre se derramara sobre el cajón donde la colocó. En ese momento, Merlín desplegó las alas en toda su envergadura y voló desde el fondo hasta posarse sobre su hombro. -Ja, ja , ja! ¿Tienes hambre?, ¡Pues venga, a cenar, cabronazo!Camilo extendió el brazo hasta el lugar donde estaba la paloma y Merlín comenzó a bajar sin apenas apretar las uñas, largas y afiladas como cuchillas, dando cortos y cuidadosos pasitos, como quien cruza un puente hacia un manjar exquisito. Al llegar junto a ella hundió el pico curvo sobre el cuello sangrante, como para degustarla, y levantó de nuevo la cabeza, majestuosa y arrogante, mirando fijamente a Camilo con aquellos ojos brillantes; Quedaron así, mirándose fijamente, durante unos instantes. Fue una mirada cómplice entre dos camaradas. A continuación, colocó sus zarpas sobre la paloma, afianzó su presa, levantó el vuelo y se la llevó al fondo. Le gustaba cenar en la intimidad.
El chamarilero cogió la bolsa con la otra paloma y la colgó del techo diciendo : "Esta para mañana, que no estoy para ir de cacería todos los días". Luego le dio un par de tragos a la botella de vino que tenía a la cabecera del jergón y se tumbó para contemplar desde allí la pitanza. Se sintió feliz. -¡Ahí tienes la puerta abierta, Merlín, si quieres salir por alguna rata más esta noche!-, murmuró mientras se le cerraban los ojos y señalaba con la mano hacia afuera.Acabado el festín, el búho aleteó sobrevolando la llama de la vela que apagó dejando la choza a oscuras; Se posó sobre la puerta y allí quedó, inmóvil, vigilando la chabola mientras detrás de él, sobre el camastro, el chamarilero dormía profundamente.
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