Fina capa azulada. De un sedoso resplandor glorioso. Pende del cuello escultural del joven Febo. Da pasos nobles y sinceros entre regueros de sangre. Y ostenta en su mano el báculo de plata de la implacable luna muerta. ¡ Oh ! dulce muchacho rubio. De guedejas ondulantes. Los viandantes te saludan respetuosos. Mientras, en ascuas, tu corazón puro mana leche y miel. Al desposorio con Venus, en veloz vuelo mercúrico, vas pletórico. Te ayuntas con la diosa bajo un regadío. Y, en los auspicios de la fronda mañana pasajera hincas la tierna rodilla en tierra sagrada. La conciencia inocula en el alma de los inocentes pájaros el júbilo infinito. Y una brisa de densas lágrimas alcohólicas acaba por rematar la hoguera de las vanidades.