joel almo
Poeta recién llegado
Por la vida hay cantos míos:
tristes, de ropas ligeras, sombríos
y con una ligera ignominia intermitente.
De todos esos lugares oí las voces subterráneas
de raíces espesas, y allí, en ese mismo instante,
apareció un recuerdo espumante y somnoliento.
¡Vida y amada, amada y corrosiva, dime cuántas lunas,
cuántos silencios hemos de callar, dime cuántas bocas
asesinamos en las noches, cuántas!, así yo te llevo
en estos días: me pertenece una lágrima que no lloramos.
Hay miradas que como caminos ilustres
van reflejando las oscuras piedras en las pupilas:
me atrae todo ese leñoso paisaje que aún en silencio
me hace recordar tus ojos: estremecedores, ausentes.
Y como aguas incoloras sin cielo se ahogan
los inviernos y las estaciones son algas de los mares
desnutridos y llora una luna sin maquillaje y vuelven
los peces en las mesas y callamos las olas con arena
y volvemos con una tenue sensación a victoria:
despedazamos los días y volvemos hacer el filo
de las carnes y los desdichados latidos.
Pero por la culpa que me desdicha ha nacido
este canto para que así tus manos acaricien
y vuelvan inmaculadas por los senderos
que nunca sonrieron en las aguas y en las bocas:
acaricio profundo y entre las ramas se dibuja
una silueta en la noche con tu nombre y entre los mares,
los cielos, entre los paraísos y los infiernos,
entre las tempestades y las uñas,
se cae, se levanta un nuevo destino con los ojos
y con las pupilas de espadas negras observan,
se alejan y duermen por las noches soñando de nuevo.
No llores si lloramos, yo no lloro,
no lloran mis ojos sino mi alma:
he vuelto de nuevo y me alejo más aún:
distante y solitario, solitario y pensante.
tristes, de ropas ligeras, sombríos
y con una ligera ignominia intermitente.
De todos esos lugares oí las voces subterráneas
de raíces espesas, y allí, en ese mismo instante,
apareció un recuerdo espumante y somnoliento.
¡Vida y amada, amada y corrosiva, dime cuántas lunas,
cuántos silencios hemos de callar, dime cuántas bocas
asesinamos en las noches, cuántas!, así yo te llevo
en estos días: me pertenece una lágrima que no lloramos.
Hay miradas que como caminos ilustres
van reflejando las oscuras piedras en las pupilas:
me atrae todo ese leñoso paisaje que aún en silencio
me hace recordar tus ojos: estremecedores, ausentes.
Y como aguas incoloras sin cielo se ahogan
los inviernos y las estaciones son algas de los mares
desnutridos y llora una luna sin maquillaje y vuelven
los peces en las mesas y callamos las olas con arena
y volvemos con una tenue sensación a victoria:
despedazamos los días y volvemos hacer el filo
de las carnes y los desdichados latidos.
Pero por la culpa que me desdicha ha nacido
este canto para que así tus manos acaricien
y vuelvan inmaculadas por los senderos
que nunca sonrieron en las aguas y en las bocas:
acaricio profundo y entre las ramas se dibuja
una silueta en la noche con tu nombre y entre los mares,
los cielos, entre los paraísos y los infiernos,
entre las tempestades y las uñas,
se cae, se levanta un nuevo destino con los ojos
y con las pupilas de espadas negras observan,
se alejan y duermen por las noches soñando de nuevo.
No llores si lloramos, yo no lloro,
no lloran mis ojos sino mi alma:
he vuelto de nuevo y me alejo más aún:
distante y solitario, solitario y pensante.
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