Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
En la vastedad del desierto,
un grano de arena,
mínimo, insignificante,
perdido entre millones.
Es sólo un punto,
una partícula diminuta,
pero guarda en su ser
la historia del mundo.
Fue piedra, montaña,
roca gigante,
y el tiempo lo desgastó,
lo transformó, lo hizo polvo.
Ahora, en su pequeñez,
es testigo silencioso
de los días y las noches,
de la eternidad sin nombre.
El viento lo arrastra,
lo lleva, lo trae,
lo mezcla con otros,
lo esparce sin destino.
Pero cada grano de arena,
en su soledad infinita,
sabe que es parte
de algo más grande, eterno.
El mar lo recibe,
lo acaricia, lo disuelve,
lo convierte en playa,
en orilla, en susurro.
Y así, en su humildad,
el grano de arena
se convierte en poema,
en canción del universo.
Porque en lo pequeño
reside lo inmenso,
y en cada grano de arena
vive el eco del cosmos.
Es un testamento
de lo efímero y lo eterno,
de la fragilidad de la vida
y la fuerza del tiempo.
Un grano de arena,
un mundo en miniatura,
una historia sin fin
escrita en la piel del desierto.
un grano de arena,
mínimo, insignificante,
perdido entre millones.
Es sólo un punto,
una partícula diminuta,
pero guarda en su ser
la historia del mundo.
Fue piedra, montaña,
roca gigante,
y el tiempo lo desgastó,
lo transformó, lo hizo polvo.
Ahora, en su pequeñez,
es testigo silencioso
de los días y las noches,
de la eternidad sin nombre.
El viento lo arrastra,
lo lleva, lo trae,
lo mezcla con otros,
lo esparce sin destino.
Pero cada grano de arena,
en su soledad infinita,
sabe que es parte
de algo más grande, eterno.
El mar lo recibe,
lo acaricia, lo disuelve,
lo convierte en playa,
en orilla, en susurro.
Y así, en su humildad,
el grano de arena
se convierte en poema,
en canción del universo.
Porque en lo pequeño
reside lo inmenso,
y en cada grano de arena
vive el eco del cosmos.
Es un testamento
de lo efímero y lo eterno,
de la fragilidad de la vida
y la fuerza del tiempo.
Un grano de arena,
un mundo en miniatura,
una historia sin fin
escrita en la piel del desierto.