IgnotaIlusión
El Hacedor de Horizontes
Sentado en el trono de dios,
la avaricia de su mente, desgarrada,
envenena mi sangre,
la sinergia en este umbral
se hace tan pesada, tan irreal,
como la existencia en el olvido,
como la sapiencia en el descuido,
como tantas cosas
que escapan de nuestro control,
entre verdes prados mis ojos fantasean,
aún sin saber si aquello es un sueño,
o una realidad con corazón propio,
como todo, que ha de latir,
como uno, que al final,
también ha de morir,
la corona de este universo
se ha encarnado en mi alma,
corrompiendo mi valía,
infectándome con la apatía del tiempo,
que podría ser mío,
o de alguien más,
miro hacia arriba,
y mis ojos no ven
aquella luz negra
que envuelve a nuestros cuerpos,
aquella cima que será tumba,
para otro humano hambriento de poder,
la única diosa que mata sin deseo,
la única que nos dice la verdad a la cara,
la que jugará con el dolor pensante,
con los instantes eternos,
de mi corazón delator,
temo una vez más por mi vida,
por el espacio que habito,
ya que soy consciente de mi fragilidad,
por ende, de mi insignificancia,
miro al lúgubre cielo,
por encima de mis miedos,
y no encuentro respuesta alguna,
aunque, la muerte me insinúa,
que hay muchos más dioses por encima.
la avaricia de su mente, desgarrada,
envenena mi sangre,
la sinergia en este umbral
se hace tan pesada, tan irreal,
como la existencia en el olvido,
como la sapiencia en el descuido,
como tantas cosas
que escapan de nuestro control,
entre verdes prados mis ojos fantasean,
aún sin saber si aquello es un sueño,
o una realidad con corazón propio,
como todo, que ha de latir,
como uno, que al final,
también ha de morir,
la corona de este universo
se ha encarnado en mi alma,
corrompiendo mi valía,
infectándome con la apatía del tiempo,
que podría ser mío,
o de alguien más,
miro hacia arriba,
y mis ojos no ven
aquella luz negra
que envuelve a nuestros cuerpos,
aquella cima que será tumba,
para otro humano hambriento de poder,
la única diosa que mata sin deseo,
la única que nos dice la verdad a la cara,
la que jugará con el dolor pensante,
con los instantes eternos,
de mi corazón delator,
temo una vez más por mi vida,
por el espacio que habito,
ya que soy consciente de mi fragilidad,
por ende, de mi insignificancia,
miro al lúgubre cielo,
por encima de mis miedos,
y no encuentro respuesta alguna,
aunque, la muerte me insinúa,
que hay muchos más dioses por encima.