Halloran
Poeta asiduo al portal
TRES POETAS
Sonetos con coda en terceto implicatorio
El poeta de los versos de alambre
se ha sentado en su sillón de oreja
y desgrana al contado, a tocateja
unos ripios sedientos y con hambre.
Las letras vuelan, como en un enjambre
voluptuoso que se desmadeja.
Una idea, entre ceja y ceja,
lleva el poeta: "aún no estoy fiambre,
consumo ergo sum, luego escribo
mucho más que el mundo que describo,
mucho más que el suelo y sus baldosas...
Escribo sobre el cielo al que arribo
cuando, a pesar del acoso y derribo,
me olvido de esta vida y de sus cosas".
***
El poeta de los versos de barro
se arrellena en su sillón, casi ufano,
sintiéndose casi un miliciano
-en vez de bayoneta, un cigarro-
que lucha por animar el cotarro
del pesaroso devenir humano
a base de ripios que, cual gusano,
causen a las conciencias el desgarro.
Practica comprometida poética
que acaba siendo un tanto esquelética
porque a sus temas le fallan las formas:
piensa que escribe con rima energética
pero al lector le parece diurética...
Él lo achaca a lo absurdo de las normas.
***
El poeta de los versos de fuego
inflama su escritorio con palabras:
da igual que sean dulces o macabras...
el sentido ya lo encontrará luego.
No escribe él, sino un alter ego
que está peor que un rebaño de cabras:
sigues su texto y te descalabras
por su montaña al ser -dice él- lego.
Quiere quemar, dejar sólo cenizas
cuando lanza, letras escrurridizas,
sus libelos sobre el amor y el odio.
Es poeta de tierras fronterizas
que escribe con sus tintas movedizas
no el drama, sino sólo un episodio.
***
CODA:
Soy yo ese poeta del alambre,
soy el poeta del fuego y el barro...
no soy auriga: yo tiro del carro.
Sonetos con coda en terceto implicatorio
El poeta de los versos de alambre
se ha sentado en su sillón de oreja
y desgrana al contado, a tocateja
unos ripios sedientos y con hambre.
Las letras vuelan, como en un enjambre
voluptuoso que se desmadeja.
Una idea, entre ceja y ceja,
lleva el poeta: "aún no estoy fiambre,
consumo ergo sum, luego escribo
mucho más que el mundo que describo,
mucho más que el suelo y sus baldosas...
Escribo sobre el cielo al que arribo
cuando, a pesar del acoso y derribo,
me olvido de esta vida y de sus cosas".
***
El poeta de los versos de barro
se arrellena en su sillón, casi ufano,
sintiéndose casi un miliciano
-en vez de bayoneta, un cigarro-
que lucha por animar el cotarro
del pesaroso devenir humano
a base de ripios que, cual gusano,
causen a las conciencias el desgarro.
Practica comprometida poética
que acaba siendo un tanto esquelética
porque a sus temas le fallan las formas:
piensa que escribe con rima energética
pero al lector le parece diurética...
Él lo achaca a lo absurdo de las normas.
***
El poeta de los versos de fuego
inflama su escritorio con palabras:
da igual que sean dulces o macabras...
el sentido ya lo encontrará luego.
No escribe él, sino un alter ego
que está peor que un rebaño de cabras:
sigues su texto y te descalabras
por su montaña al ser -dice él- lego.
Quiere quemar, dejar sólo cenizas
cuando lanza, letras escrurridizas,
sus libelos sobre el amor y el odio.
Es poeta de tierras fronterizas
que escribe con sus tintas movedizas
no el drama, sino sólo un episodio.
***
CODA:
Soy yo ese poeta del alambre,
soy el poeta del fuego y el barro...
no soy auriga: yo tiro del carro.