Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Tu cabeza
es el inicio del mundo.
Ahí donde el pensamiento se desnuda
antes de volverse palabra.
Tu pelo no cae:
me ocurre.
Es la noche aprendiendo a tocarme
sin pedir permiso.
Tu frente
no piensa:
recuerda.
Es una casa vieja
donde dejo mi cansancio
y me quedo.
Las cejas vigilan
lo que no dices,
y tus ojos…
tus ojos no miran:
desarman.
En ellos he sido hombre,
niño,
y herida abierta
sin reclamar nada.
Tu nariz divide el aire
para que yo pueda respirarte.
Y tu boca—
tu boca es un error delicioso.
No promete.
Cumple.
Ahí he perdido palabras,
dignidad,
y el miedo a quedarme.
El cuello…
ese lugar donde el deseo se vuelve lento,
donde la piel entiende
que no todo debe ser inmediato.
Ahí mi boca aprende
a pedir perdón
con la lengua.
Tus hombros sostienen
lo que no te dijeron
que dolería.
Yo los beso
como quien pide permiso
para quedarse a vivir.
El pecho:
territorio donde el amor
deja de ser idea.
No es pecho,
es latido expuesto.
Ahí mi oído aprende
que amar
también es escuchar el temblor.
Tu vientre…
ah, tu vientre.
Centro del mundo.
Lugar donde la noche
se queda sin excusas.
Es tierra caliente,
es hambre,
es memoria del fuego.
Las caderas no mienten.
Dicen sí
antes que la boca.
Son el vaivén exacto
entre el pecado
y la necesidad.
No las recorro:
me rindo.
Los muslos sostienen
el peso de mis ganas.
Son columnas del deseo,
camino largo
donde el tiempo se quiebra
y se queda mirando.
Las rodillas saben
lo que es caer
sin fracasar.
Han aprendido a doblarse
sin romperse,
como el amor verdadero.
Las piernas
me llevan
hacia donde ya no pienso.
Ríos largos
que desembocan
en el misterio de tu piel.
Y tus pies…
tus pies no caminan:
afirman.
Con ellos tocas la tierra
para no desaparecer,
para recordarme
que incluso el deseo
necesita raíces.
Así te recorro.
No con mapas,
con hambre.
No con prisa,
con verdad.
Porque amarte
no es tocarte.
Es quedarme
cuando el cuerpo ya habló
y el silencio
todavía quiere más.
es el inicio del mundo.
Ahí donde el pensamiento se desnuda
antes de volverse palabra.
Tu pelo no cae:
me ocurre.
Es la noche aprendiendo a tocarme
sin pedir permiso.
Tu frente
no piensa:
recuerda.
Es una casa vieja
donde dejo mi cansancio
y me quedo.
Las cejas vigilan
lo que no dices,
y tus ojos…
tus ojos no miran:
desarman.
En ellos he sido hombre,
niño,
y herida abierta
sin reclamar nada.
Tu nariz divide el aire
para que yo pueda respirarte.
Y tu boca—
tu boca es un error delicioso.
No promete.
Cumple.
Ahí he perdido palabras,
dignidad,
y el miedo a quedarme.
El cuello…
ese lugar donde el deseo se vuelve lento,
donde la piel entiende
que no todo debe ser inmediato.
Ahí mi boca aprende
a pedir perdón
con la lengua.
Tus hombros sostienen
lo que no te dijeron
que dolería.
Yo los beso
como quien pide permiso
para quedarse a vivir.
El pecho:
territorio donde el amor
deja de ser idea.
No es pecho,
es latido expuesto.
Ahí mi oído aprende
que amar
también es escuchar el temblor.
Tu vientre…
ah, tu vientre.
Centro del mundo.
Lugar donde la noche
se queda sin excusas.
Es tierra caliente,
es hambre,
es memoria del fuego.
Las caderas no mienten.
Dicen sí
antes que la boca.
Son el vaivén exacto
entre el pecado
y la necesidad.
No las recorro:
me rindo.
Los muslos sostienen
el peso de mis ganas.
Son columnas del deseo,
camino largo
donde el tiempo se quiebra
y se queda mirando.
Las rodillas saben
lo que es caer
sin fracasar.
Han aprendido a doblarse
sin romperse,
como el amor verdadero.
Las piernas
me llevan
hacia donde ya no pienso.
Ríos largos
que desembocan
en el misterio de tu piel.
Y tus pies…
tus pies no caminan:
afirman.
Con ellos tocas la tierra
para no desaparecer,
para recordarme
que incluso el deseo
necesita raíces.
Así te recorro.
No con mapas,
con hambre.
No con prisa,
con verdad.
Porque amarte
no es tocarte.
Es quedarme
cuando el cuerpo ya habló
y el silencio
todavía quiere más.