Idril
Poeta recién llegado
El día de hoy, cuando amanece,
así, sentada al alba tras mi ventana,
fijo mi mirar al cielo,
el viento pasa frente a mi,
los pensamientos hacia tí,
comienzan a divagar,
quisisera escribirte de amor,
decirte tantas cosas de este corazón,
mas sólo de mi mano,
quedan unas flores rojas,
que al caer de cada pétalo,
sangran en la almohada;
de mi boca salen sonidos,
sin importancia, incoherentes,
esperando aquel beso,
que deseo y necesito,
pero únicamente acaricio suavemente,
mis rosados labios,
y los muerdo de ansiedad.
El vestido inmensidad celestial,
que llevo puesto,
dibuja cual cortina sobre la pared,
los razgados trozos de desenfrenado rencor,
al razgar de su tela en mi dolor;
mis pasos andan descalzos,
sobre las cenizas y fragmentos,
de cristal del roto corazón,
al latir tanto, por y para él,
y aunque salgan yagas de caminar,
sobre los pedazos restantes,
estos pies continuaran sobre su andar,
en el inconcluso camino de miedos;
mis cabellos brunos,
llegan hasta este pálido rostro,
nublando la vista a tristes y desgraciados ojos,
las manos de piel de infante,
cansadas del ramo, sueltan sus engaños,
de los espinos que dejan rasuños profundos,
de cicatrices sin sanar.
Ahora llueve, aún cuando enfría,
y da esperanza a tantos en el mundo,
sólo hiela este corazón,
humedece la ciudad y borra huellas,
de los pasos dados, logrando,
lluvia en mis ojos incontrolable;
quimeras de antiguos sentires,
las manos vacías de las antes flores,
labios cortados por el viento,
mis ropas mojadas de lágrimas secas,
los ojos tristes del antes brillo,
pies inocentes heridos,
a un corazón lleno de yagas,
convertido en témpano de un antes cristal
por tanto haber amado sin razón,
a aquel que nunca lo mereció.
así, sentada al alba tras mi ventana,
fijo mi mirar al cielo,
el viento pasa frente a mi,
los pensamientos hacia tí,
comienzan a divagar,
quisisera escribirte de amor,
decirte tantas cosas de este corazón,
mas sólo de mi mano,
quedan unas flores rojas,
que al caer de cada pétalo,
sangran en la almohada;
de mi boca salen sonidos,
sin importancia, incoherentes,
esperando aquel beso,
que deseo y necesito,
pero únicamente acaricio suavemente,
mis rosados labios,
y los muerdo de ansiedad.
El vestido inmensidad celestial,
que llevo puesto,
dibuja cual cortina sobre la pared,
los razgados trozos de desenfrenado rencor,
al razgar de su tela en mi dolor;
mis pasos andan descalzos,
sobre las cenizas y fragmentos,
de cristal del roto corazón,
al latir tanto, por y para él,
y aunque salgan yagas de caminar,
sobre los pedazos restantes,
estos pies continuaran sobre su andar,
en el inconcluso camino de miedos;
mis cabellos brunos,
llegan hasta este pálido rostro,
nublando la vista a tristes y desgraciados ojos,
las manos de piel de infante,
cansadas del ramo, sueltan sus engaños,
de los espinos que dejan rasuños profundos,
de cicatrices sin sanar.
Ahora llueve, aún cuando enfría,
y da esperanza a tantos en el mundo,
sólo hiela este corazón,
humedece la ciudad y borra huellas,
de los pasos dados, logrando,
lluvia en mis ojos incontrolable;
quimeras de antiguos sentires,
las manos vacías de las antes flores,
labios cortados por el viento,
mis ropas mojadas de lágrimas secas,
los ojos tristes del antes brillo,
pies inocentes heridos,
a un corazón lleno de yagas,
convertido en témpano de un antes cristal
por tanto haber amado sin razón,
a aquel que nunca lo mereció.