Nada Vratovic
Poeta recién llegado
Los torbellinos de almas milenarias
te han traído hasta mí.
Te invoqué como a los fantasmas o a los demonios;
rogué a dioses sordos con las manos agarrotadas,
mientras las uñas se quedaban incrustadas en mis nudillos
y mis rodillas
empezaban a fundirse con el suelo.
Perdí la fe cientos de veces
porque andar, mantenerme en pie,
me quebraba los huesos.
Al cerrar los ojos,
las pestañas se convertían en aguijones,
y,
aún así,
seguí rezando.
Tabula rasa en busca de la paz blanca.
Era la Virgen-mártir;
inocencia vacua.
Lléname con tu humo vertido en fuego
y libérame de este estigma de pureza miserable.
Ábreme el pecho
y las costillas.
No son más que un caparazón reseco.
Debo de estar detrás de todo eso.
Mi César, mi Faraón, mi Zar...
Por favor, encuéntrame
y escribe todos tus nombres
en esta Tabula Rasa desgarrada.