el albatros
Poeta recién llegado
El canto rodado de mi melódico cadaver
me despierta de la evasión al arenal
cuando los labios azules en la voluntad
me permiten descansar,
sajando en tiras el orificio de mi talón,
recogidas tras mi oreja
como evocando la cópula
del templo de la Dama,
la siempre carente de materia,
la repelida de la claridad,
en la esperanza contra la que me revelo,
y que vuelve a los abrazos que mis dedos
culminan sobre el escuálido torso
que me identifica.
Catas de suavidad a cálculos de un magnetismo.
Palabras sedadas en mis oídos,
por las que atajar a un espacio
donde mi espirítu toque coordenadas
desordenadas a placer, y por el que descienda en plenitud
dividido en chorros de fuerza
hacia el sabor del callo de un cuello
con los ojos en blanco. Me levanto.
Ella no gritaba, ni reía, me encantaba,
como el algodón fundido en la piedra
que solo estorbará a mis pies.
Ser siempre esa serpiente,
sumiso ante mi.
me despierta de la evasión al arenal
cuando los labios azules en la voluntad
me permiten descansar,
sajando en tiras el orificio de mi talón,
recogidas tras mi oreja
como evocando la cópula
del templo de la Dama,
la siempre carente de materia,
la repelida de la claridad,
en la esperanza contra la que me revelo,
y que vuelve a los abrazos que mis dedos
culminan sobre el escuálido torso
que me identifica.
Catas de suavidad a cálculos de un magnetismo.
Palabras sedadas en mis oídos,
por las que atajar a un espacio
donde mi espirítu toque coordenadas
desordenadas a placer, y por el que descienda en plenitud
dividido en chorros de fuerza
hacia el sabor del callo de un cuello
con los ojos en blanco. Me levanto.
Ella no gritaba, ni reía, me encantaba,
como el algodón fundido en la piedra
que solo estorbará a mis pies.
Ser siempre esa serpiente,
sumiso ante mi.