SUICIDIO DE LA ESPIRAL
Como esa espiral que se suicida
estrellándose contra el destello de un ojo
y se fragmenta,
cambiando su vocación de infinito
por el íntimo latido de lo mínimo.
estrellándose contra el destello de un ojo
y se fragmenta,
cambiando su vocación de infinito
por el íntimo latido de lo mínimo.
Y después, como bandada de pájaros sangrantes,
se expande por las desiertas avenidas,
las mismas por las que antes deambulaban
mórbidas, perezosamente,
las ilusiones perdidas y los amantes reiterados.
las mismas por las que antes deambulaban
mórbidas, perezosamente,
las ilusiones perdidas y los amantes reiterados.
La multicolor explosión, tal que hojas de un otoño
todavía no convocado,
renueva los reflejos monocromos del neón
y desde el abismo donde nacen los deseos,
jóvenes lascivos y ancianos degenerados
bailan sobre las nubes caídas,
sobre los cadáveres magníficos de las estatuas corroídas.
renueva los reflejos monocromos del neón
y desde el abismo donde nacen los deseos,
jóvenes lascivos y ancianos degenerados
bailan sobre las nubes caídas,
sobre los cadáveres magníficos de las estatuas corroídas.
Llegan los tiempos nuevos anunciados
en los telediarios oficiales.
Las lluvias serán de pétalos de gardenia y alas de mariposa
y los vientos, suaves, procederán de las máquinas
acondicionadoras de aire orientadas al suroeste.
Las lluvias serán de pétalos de gardenia y alas de mariposa
y los vientos, suaves, procederán de las máquinas
acondicionadoras de aire orientadas al suroeste.
Las ancianas vestales pedirán a la eterna Afrodita
un efímero rejuvenecimiento,
válido para las horas del ocaso del jueves próximo.
válido para las horas del ocaso del jueves próximo.
El sacrificio de la espiral no ha sido en vano:
en la ciudad asolada por monótonos tranvías
y pequeñas prostitutas purulentas
aparecen nuevamente los colores bailarines:
el gran caleidoscopio danza impávido
el otoñal turbillón, su vals más triste.
y pequeñas prostitutas purulentas
aparecen nuevamente los colores bailarines:
el gran caleidoscopio danza impávido
el otoñal turbillón, su vals más triste.
Ilust.: Fotomito de Michael Koven