poetakabik
Poeta veterano en el portal
La muerte, silenciosa, sin contorno,
habita en lo profundo del ser,
la vasta sombra donde el tiempo
no osa pronunciar su amanecer.
Antes de que existiera la memoria,
antes del primer latido de la carne,
ella era el mar inmóvil de la nada,
la vasta noche donde nadie arde.
Y en su quietud sin nombre ni distancia,
una luz brotó como un latido:
fue la vida, nacida del silencio,
del límite, del borde, del olvido.
Porque la vida no es un reino propio,
no es un imperio que se alza sin fronteras:
es solo un arco breve en la penumbra
que brilla y muere al terminar la espera.
La muerte no destruye lo que somos,
solo enmarca la forma del vivir;
sin ella, lo que llamamos existencia
no sería un camino, sino un dormir.
Somos reflejo de una luz prestada,
detenida un instante en la conciencia,
un sueño que la muerte contenía
como el fondo que alberga la presencia.
La vida es un espejo que aún respira
la imagen de un sueño que se enciende;
y la muerte, eterna en su reposo,
es quien sostiene aquello que se entiende.
No hay oposición entre sus sombras:
no luchan muerte y vida en su destino,
pues lo que nace vuelve a su silencio
como el agua que regresa al mismo río.
Porque vivir no es negar la muerte:
es atravesar su límite radiante,
tomar la forma frágil del instante
y darle cielo a un cuerpo caminante.
Somos un pulso que despierta apenas,
un chispazo temblando en lo infinito,
un nacimiento escrito desde siempre
en el final que aguarda siendo mito.
Por eso la existencia es luminosa,
y cada paso un gesto de milagro:
sabemos que la muerte nos sostiene
y aun así damos vida a lo que hago.
Y cuando ya no quede nuestro aliento,
cuando cese el temblor de la mirada,
volveremos al sueño que nos hizo,
a la matriz primera y silenciada.
Pues la muerte no es derrota ni caída,
sino el regreso al mar donde nacimos;
la vida es solo el eco de ese sueño
que al despertar descubriremos vivos.
habita en lo profundo del ser,
la vasta sombra donde el tiempo
no osa pronunciar su amanecer.
Antes de que existiera la memoria,
antes del primer latido de la carne,
ella era el mar inmóvil de la nada,
la vasta noche donde nadie arde.
Y en su quietud sin nombre ni distancia,
una luz brotó como un latido:
fue la vida, nacida del silencio,
del límite, del borde, del olvido.
Porque la vida no es un reino propio,
no es un imperio que se alza sin fronteras:
es solo un arco breve en la penumbra
que brilla y muere al terminar la espera.
La muerte no destruye lo que somos,
solo enmarca la forma del vivir;
sin ella, lo que llamamos existencia
no sería un camino, sino un dormir.
Somos reflejo de una luz prestada,
detenida un instante en la conciencia,
un sueño que la muerte contenía
como el fondo que alberga la presencia.
La vida es un espejo que aún respira
la imagen de un sueño que se enciende;
y la muerte, eterna en su reposo,
es quien sostiene aquello que se entiende.
No hay oposición entre sus sombras:
no luchan muerte y vida en su destino,
pues lo que nace vuelve a su silencio
como el agua que regresa al mismo río.
Porque vivir no es negar la muerte:
es atravesar su límite radiante,
tomar la forma frágil del instante
y darle cielo a un cuerpo caminante.
Somos un pulso que despierta apenas,
un chispazo temblando en lo infinito,
un nacimiento escrito desde siempre
en el final que aguarda siendo mito.
Por eso la existencia es luminosa,
y cada paso un gesto de milagro:
sabemos que la muerte nos sostiene
y aun así damos vida a lo que hago.
Y cuando ya no quede nuestro aliento,
cuando cese el temblor de la mirada,
volveremos al sueño que nos hizo,
a la matriz primera y silenciada.
Pues la muerte no es derrota ni caída,
sino el regreso al mar donde nacimos;
la vida es solo el eco de ese sueño
que al despertar descubriremos vivos.