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Stasis-7: El Refugio Flotante

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por JimmyShibaru, 5 de Enero de 2026 a las 1:51 PM. Respuestas: 0 | Visitas: 23

  1. JimmyShibaru

    JimmyShibaru Poeta recién llegado

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    El día en Stasis-7 se disolvía con la misma inercia flotante con la que terminaba. Lyna había completado su turno frente al Altar, la pantalla que la conectaba con el mundo de los clientes, un coro de voces sin cuerpo que confirmaban la inutilidad de su presencia real.

    Ahora, flotaba en la cocina, usando apenas las puntas de sus dedos enguantados para anclarse a los asideros de la pared. En baja gravedad, cada ruido es una amenaza al silencio, y esa tarde, el silencio era demasiado denso.

    Entonces llegó, sin aviso, como siempre.

    No fue un recuerdo, sino una proyección. El frío metálico de la base desapareció, reemplazado por el calor del traje ambiental.

    En su oído mental, el crack de la estática de la radio.

    “...Lyna, mi sistema de navegación... se ha ido al diablo. No sé qué... no sé si me oyes. Esto se está poniendo muy...”

    Era Kael. Ella estaba de pie en el perímetro de Stasis-7, observando su diminuta silueta luminosa que se movía torpemente contra la negrura del espacio. En esa época, ella había negado el amor, lo había disfrazado de amistad profesional, y ahora la culpa la quemaba como radiación pura.


    El diálogo se detuvo. Hubo una pausa de diez segundos, la más larga de su vida.

    Y luego: El Grito.

    No era un grito de dolor físico, sino de súplica desesperada. Resonó en su cráneo como si ella misma estuviera en la cabina de la nave de Kael.

    “¡No! ¡LYN!”

    El estallido fue silencioso en el vacío, pero en la visera de su casco, la luz blanca y violenta del metal fundido y el combustible la cegó. Sintió el calor residual en el aire de la base, incluso ahora, años después.

    Lyna se separó del asidero y se dejó flotar desorientada hacia el Módulo Médico. Sus movimientos eran lentos y elegantes, pero su mente estaba en llamas. Su mano temblaba mientras localizaba el pequeño inyector en la pared magnética.

    El Opioterol.

    El vial tenía un color azul oscuro, casi negro. La etiqueta lo definía como un “Sedante Neuronal Altamente Específico (SNAE)”. Su objetivo: sedar la mente a altos niveles.

    Lyna se sentó frente al inyector, apretando la jeringa contra la piel de su antebrazo. Cerró los ojos.

    El impacto no era sedante, sino estimulante al principio. Sintió una ola de calor metálico recorriendo sus venas.

    La sensación de baja gravedad se intensificó al instante. Podría jurar que su cuerpo se hizo más ligero, y por un momento, la tentación de soltar el suelo y ascender al techo fue casi irresistible, como si el Opioterol la invitara a romper su último anclaje físico.

    Mientras el calor se apagaba, la mente de Lyna se volvía suave y maleable. Las imágenes de Kael se hicieron borrosas. El grito era solo estática.

    Abrió los ojos. Miró el contador temporal junto a su mano.

    “Diez minutos perdidos,” murmuró, y el sonido de su propia voz le pareció extraño.

    Se levantó con un movimiento brusco, buscando la familiaridad de los asideros. Algo se sentía mal. No era la ausencia de miedo, era la ausencia de lógica.

    Sus ojos se posaron en la mesita de instrumentos de su laboratorio, a unos cinco metros de distancia. Flotando perezosamente en el centro del pasillo, vio un pequeño objeto que sabía que no debería estar allí:

    La herramienta multiusos de Kael. La que tenía una muesca en el mango por un accidente que tuvieron en Marte.

    Lyna sintió un escalofrío que el calor del Opioterol no podía dormir. Ella había sellado esa herramienta en un depósito hace meses.


    Pasaron tres días y Lyna se esforzó por mantener la rutina. Evitó el Módulo Médico, resistiendo la niebla dulce de la droga, pero las pesadillas se intensificaron. El grito de Kael se volvía más nítido, y el calor de la explosión le dejaba sudores fríos. A la cuarta noche, exhausta, se rindió.

    Se inyectó una dosis estándar de Opioterol y se dejó caer en su litera de anclaje magnético. La sensación de ligera flotación, de ser una pluma liberada, fue breve. El sueño vino como un golpe.

    Se despertó al amanecer, con el sabor metálico del SNAE en la boca y una sensación de vacío neuronal, como si le hubieran aspirado la última hora de la memoria.

    Se levantó y se dirigió a la esclusa principal para hacer la revisión exterior. Lo que vio la detuvo en seco.

    No era solo un objeto. Eran tres.

    El Álbum de Fotos de Kael: No el álbum digital que compartían en la Nube, sino uno físico, de cuero sintético y gastado, que Kael siempre llevaba. Había estado guardado bajo llave en su taquilla personal. Ahora, flotaba abierto justo en la antecámara de la esclusa, la baja gravedad manteniendo sus páginas extendidas, revelando una foto de Kael y Lyna riendo en un bar de órbita baja.

    La Linterna de Emergencia: Estaba tirada en el suelo (anclada magnéticamente), pero no en su soporte de pared. Estaba encendida, con el haz de luz apuntando hacia una esquina oscura y sin inspeccionar del techo. La batería estaba casi agotada.

    Marcas de Arrastre: En la delgada capa de polvo que se acumulaba en la rejilla de ventilación, se distinguían tres débiles marcas de dedos, como si alguien se hubiera arrastrado con dolor y lentitud, aprovechando los asideros de la baja gravedad para moverse del módulo de vida a la esclusa.

    Lyna se acercó al álbum flotante, sus manos temblando. Vio sus propios dedos sobre las páginas de la foto y sintió pánico. El álbum estaba húmedo, y no por condensación. Era el tipo de humedad salada que solo las lágrimas humanas podían dejar.

    Yo no he llorado desde el accidente, pensó con horror. No he podido.

    Agarró la linterna y siguió su tenue haz. Apuntaba hacia la rejilla de ventilación, donde las marcas de arrastre se detenían. Se dio cuenta de algo peor que la presencia de un extraño: las marcas de los dedos encajaban perfectamente con sus propios guantes de trabajo.

    El Opioterol no solo borraba diez minutos; borraba la parte de ella que aún sentía dolor. Bajo el efecto del SNAE, Lyna se despertaba a la mitad de la noche, invadida por una conciencia de su pérdida que el día sobrio le negaba. Era ella misma, buscando desesperadamente los recuerdos de Kael para obligarse a sentir, para llorar el amor que nunca confesó.

    Estuve despierta. Estuve aquí, arrastrándome en la oscuridad, llorando sobre su foto.

    Lyna se había atrincherado en el Módulo Médico. Había vaciado la caja de suministro de Opioterol, los viales azules y negros ahora alineados sobre la bandeja metálica como pequeños ataúdes. Su mano temblaba, pero ya no por el miedo, sino por la pura adrenalina de la decisión.
    El yo que lloraba, que se arrastraba, que desenterraba el dolor y mojaba las fotos con lágrimas saladas, ese yo tenía que morir. Y la única forma era una anulación total.

    La dosis letal era obvia. Había conectado dos inyectores a la línea principal, asegurando una infusión rápida. Se sentó en el suelo del módulo, las rodillas contra su pecho, y se fijó el puerto de la línea en la muñeca.

    Respiró hondo. El aire de Stasis-7 era filtrado, estéril, y sabía a metal frío.

    “Silencio,” susurró al vacío.

    Activó el primer inyector. El Opioterol entró con una prisa helada y metálica. El calor que le recorrió el cuerpo no fue placentero esta vez; fue violento. Su percepción de la baja gravedad se distorsionó inmediatamente. Los latidos de su corazón, normalmente un golpeteo apagado, retumbaban ahora en sus oídos como martillazos lentos y distantes.

    La visión se nubló. Las luces de emergencia, pequeñas esferas rojas, comenzaron a alargarse y a ondular como llamas líquidas. Sintió que la base entera se desprendía de su anclaje planetario. Estaba flotando, sí, pero no en el espacio, sino en un vacío interior.
    El recuerdo de Kael intentó forzar la entrada una última vez: el grito, la luz, el calor. Pero el Opioterol era una fuerza mayor. Era una marea negra que arrastró la imagen, ahogándola en una paz blanca y nauseabunda.

    Activó el segundo inyector.

    La visión se convirtió en ruido blanco. Los sonidos de la base se ralentizaron hasta convertirse en un bajo profundo y cavernoso. Su cuerpo se relajó. La tensión de años de duelo se desvaneció.

    Lyna soltó los asideros de la pared. No cayó, por supuesto. En la baja gravedad, simplemente se alejó de la pared, flotando hacia el centro del Módulo Médico. Sus miembros se extendieron, ingrávidos.

    El último pensamiento de Lyna fue una imagen de ella misma, libre de gravedad y libre de dolor.


    La luz de emergencia parpadeó una última vez sobre el rostro ya inexpresivo de Lyna. Su cuerpo flotaba ahora a medio metro del suelo, perfectamente suspendido en el aire inmóvil del módulo.

    La central de Stasis-7, ajena al drama humano, detectó el fallo crítico. Una voz sintetizada, tranquila y sin emociones, se activó en los altavoces de la base:

    "Alarma crítica. Funciones vitales del Operador Lyna. Iniciando protocolo de desconexión médica..."

    Los sistemas comenzaron su shutdown de emergencia. La base se sumergía en un silencio más profundo, solo roto por el suave ruido de los conductos.

    Entonces, el Módulo Médico se apagó.

    Y mientras el cuerpo de Lyna flotaba hacia la oscuridad, a varios metros de distancia, en la esclusa principal que ella había inspeccionado días antes, donde la linterna había apuntado:

    Se escuchó un sonido, distinto a cualquier fallo de máquina.

    Era el sonido de un interruptor de luz que se accionaba. Un clic mecánico, seco y deliberado.

    Y luego, un suave rasguño contra la rejilla de ventilación del suelo de baja gravedad. No un arrastre de dedos llorosos, sino el tanteo torpe y persistente de algo pesado que, por fin, se estaba adaptando a moverse en la ingravidez.
     
    #1

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