¿Es que no se han dado cuenta
de que he muerto,
de qué sólo soy un fantasma, un pasajero,
de que sólo el viento es real para mis alas,
para mi verde prado
donde florecen versos con urgencia,
donde avasallan crueles,
los espacios,
las soledades enrejadas,
las musas escondidas,
la amargura en los labios?
Nada tengo
y no importa que las veredas griten,
que se inunden las pieles
de brillos importados,
de males con urgencia.
Que las gargantas mientan,
que todo sea comprable,
que todo sea vendible.
No importa.
Sólo el viento es real para mi causa,
que no es mía,
que me abarca y convoca,
desde las profundidades errantes,
vagabundas de un tímido papel
empañado de sal y de alegría…
Me llaman y me marcho,
con un recuerdo al hombro.
Con los ojos fijos en el viento.
Más allá de la carne y la moneda,
del silbato y la despedida,
de los harapos y las cuitas.
Más allá de la tumba que dejo
con mi nombre tatuado en un naufragio digno,
que me libre del mundo y su negra etiqueta,
y sus estatuas vivas,
y sus enhiestos esqueletos
acribillados de joyas y de balas,
y sus definiciones
en las paredes de las celdas,
y sus números,
y sus fotos,
y su razón,
y su agonía…
Sólo el viento es real para mi alma.
Nada tengo, es cierto.
Y no importa que todavía
no se hayan dado cuenta de que he muerto.
De que sólo soy un fantasma en babilonia.
Una lápida andante.
Incomprendido.
Indecible.
Inabarcable.
Sólo soy un fantasma en babilonia.
Un vasallo del aire que acaricia su espalda.
Un poeta de su verbo.
Un hurgador de sueños.
Un pescador de mitos.
Una tumba extraviada.
Y no importa que todavía
no se haya dado cuenta de que he muerto.
De que en realidad
sólo soy un fantasma en su mirada.
Una mancha en el aire.
Un perfume en el viento.
Una luz en su rostro.
Una almohada en su cama.
Nada más.
Sólo eso.
Incomprendido.
Y no importa que todavía
no me haya dado cuenta de que he muerto.
De que sólo soy un fantasma,
pasajero,
de su nuestra memoria,
donde florecen los besos con ausencias,
y nos olvidan, crueles, los espacios.
Donde el tiempo implacable,
devorador de sueños,
nos borra para siempre de la historia.
Y ya no importa que todavía
no nos hayamos dado cuenta
de que ya estamos muertos de antemano.
De que la vida es sólo una estación,
una espera y un tren.
De que hay que darse por entero
en cada aliento,
no vaya a ser que algún momento,
nos sorprenda distantes,
olvidando…
Voy cargando un recuerdo
y una intacta melancolía.
Me voy sin despedirla
ni olvidarla.
Nada más.
Sólo eso.
Incomprendido.
Sólo soy un fantasma dejando babilonia.
de que he muerto,
de qué sólo soy un fantasma, un pasajero,
de que sólo el viento es real para mis alas,
para mi verde prado
donde florecen versos con urgencia,
donde avasallan crueles,
los espacios,
las soledades enrejadas,
las musas escondidas,
la amargura en los labios?
Nada tengo
y no importa que las veredas griten,
que se inunden las pieles
de brillos importados,
de males con urgencia.
Que las gargantas mientan,
que todo sea comprable,
que todo sea vendible.
No importa.
Sólo el viento es real para mi causa,
que no es mía,
que me abarca y convoca,
desde las profundidades errantes,
vagabundas de un tímido papel
empañado de sal y de alegría…
Me llaman y me marcho,
con un recuerdo al hombro.
Con los ojos fijos en el viento.
Más allá de la carne y la moneda,
del silbato y la despedida,
de los harapos y las cuitas.
Más allá de la tumba que dejo
con mi nombre tatuado en un naufragio digno,
que me libre del mundo y su negra etiqueta,
y sus estatuas vivas,
y sus enhiestos esqueletos
acribillados de joyas y de balas,
y sus definiciones
en las paredes de las celdas,
y sus números,
y sus fotos,
y su razón,
y su agonía…
Sólo el viento es real para mi alma.
Nada tengo, es cierto.
Y no importa que todavía
no se hayan dado cuenta de que he muerto.
De que sólo soy un fantasma en babilonia.
Una lápida andante.
Incomprendido.
Indecible.
Inabarcable.
Sólo soy un fantasma en babilonia.
Un vasallo del aire que acaricia su espalda.
Un poeta de su verbo.
Un hurgador de sueños.
Un pescador de mitos.
Una tumba extraviada.
Y no importa que todavía
no se haya dado cuenta de que he muerto.
De que en realidad
sólo soy un fantasma en su mirada.
Una mancha en el aire.
Un perfume en el viento.
Una luz en su rostro.
Una almohada en su cama.
Nada más.
Sólo eso.
Incomprendido.
Y no importa que todavía
no me haya dado cuenta de que he muerto.
De que sólo soy un fantasma,
pasajero,
de su nuestra memoria,
donde florecen los besos con ausencias,
y nos olvidan, crueles, los espacios.
Donde el tiempo implacable,
devorador de sueños,
nos borra para siempre de la historia.
Y ya no importa que todavía
no nos hayamos dado cuenta
de que ya estamos muertos de antemano.
De que la vida es sólo una estación,
una espera y un tren.
De que hay que darse por entero
en cada aliento,
no vaya a ser que algún momento,
nos sorprenda distantes,
olvidando…
Voy cargando un recuerdo
y una intacta melancolía.
Me voy sin despedirla
ni olvidarla.
Nada más.
Sólo eso.
Incomprendido.
Sólo soy un fantasma dejando babilonia.