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Soliloquio sin altura ni vuelo

danie

solo un pensamiento...


Renuncié a los calabozos
y a sus helechos tiesos como tapias;
busqué dentro de mi sombra la llave que libere al alma;
dejé que se marchen los cenáculos íntimos
(los espasmos consanguíneos
que perturban con sus vacíos estertores
de sanguijuelas sin oficio).
En mi búsqueda incansable de paz
encontré un pretexto de concordancia angelical,
una quimera casi utópica
que me traslada fuera del emporio
igual a un trasatlántico navegando en el infinito,
hallando la luz matinal
de los sueños de cualquier poniente,
de cualquier ángel o incluso demonio,
de cualquier tren por más que transite sin rieles,
de cualquier barco sin quilla y a la deriva en el mar.

Entré en un estado desesperante por saciar
la hambruna sin hambre,
la deshidratación sin sed,
la luz sin oscuridad,
la gloria sin el encanto
de las calandras diurnas y somnolientas;
sabía lo que quería,
quería borrar ese atracón rutinario,
la pesada carga sobre mis pasos,
la quijotada del suicidio de mi sangre sobre el ventanal,
mirando al mundo sin ojos,
sin sentidos,
viendo todo transcurrir en cámara lenta,
cansado de la adicción a sentir.

Cualquier sueño me venía bien
en épocas rancias,
y mi estirpe latina no derrochaba ninguna coyuntura
de los vértigos de la fatalidad.
¿Qué es la vida? Dolor y mientras más duele, más vivo estás,
pero sería bueno ser un expectante ajeno
y ver con ojos de rascacielos
hacía abajo, en el suelo,
a los sustanciales rasgos.
De vez en cuando es bueno ser forastero
de los propios adentros,
un imparcial jurado que baja el pulgar
sin sentir el malestar sobre su pecho.

Por eso me quedé sentado en la cumbre,
en lo más alto de mi antena parabólica,
mirando a mi vida pasar,
sin detenerse siquiera en las estaciones del tiempo:
en mi nacimiento de revés
y con andrajos de cielorrasos,
con bocetos especulativos y conflictivos del azar,
pero igual nací expulsado por el hedor de los sentidos
para ver los quinqués grises de un enmarañado despertar.

Luego vi mi niñez; hubo un bache, entonces,
como si fuera huérfano de mis propios simientes,
como si estuviera forjado con espinas de rosas y estigmas de cristal,
pero igual me crié entre catedrales vacantes
de profetas sin bautizar.

Le tocó el turno a mi pubertad;
ahí me vi entre libros de espectrales textos,
entre anaqueles empolvados que intentan descifrar
las runas de la absoluta verdad.
¡Qué irónico puede ser vivir en momentos!
Yo me pregunté: ¿cuál es la absoluta verdad?
Si la verdad fue escrita por el hombre,
y el mismo escudriña siempre su lacónico pesar,
sin juicio ni cautela por la razón de una realidad.

Después, me vi sentado en un café
merendando lunas de arroz,
lágrimas de tilo,
algún que otro capricho de algodón;
esperando a la musa de mi inspiración,
pero la inspiración a veces no llega o llega tarde,
y te agarra de improviso sin golpear tu puerta,
y cuando menos te das cuenta, la tienes de frente,
esperando que con tu pedestre y vulgar ser
le eches un eructo que la ahuyente.
Así fue mi madurez, siempre fui el encargado de abortar deseos
por los lazos del confabulado temor
(el emisario del monocromático bohemismo),
el ahuyentador de los escapularios intentos,
también, el constructor de la torre de Pisa
en cada sucinta provincia de mi alojamiento.
Así me quedé como un lazarillo
sin poder encaminar a mi designio.
Tal vez por temerle a las fauces del mismo miedo
y a su huésped inscripto.

Por último me vi en el lecho,
senil y delirante de yo mismo,
con alguna que otra ilusión de Narciso
tomando la forma de un dramaturgo oasis
que me deja y me quita el sabor del Nobel ficticio.
En fin, ¿qué es un bronce, después de todo,
si no puedes compartir, con nadie, lo que amas?
¿Qué es un galardón que sólo sustenta al ego?
¿Qué es el ego?
Sólo una práctica que suministra soledad.

Estoy todavía en la cúspide de mi antena,
que ya dejó de tener la forma de la parábola de un cuento,
mirando con los ojos de hielo a mi vida pasar,
al expreso fugaz
que desparrama el polen de un capullo viejo,
sólo guardando en una urna las postales de un recuerdo.
Creo que ya es tiempo de bajar
y volver a intentar sonreírle
al latoso y engullidor riesgo
sin esta vez darle la oblación de mi cuerpo
o por lo menos no entregárselo
sin antes no hacer un buen esfuerzo.



 
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Renuncié a los calabozos
y a sus helechos tiesos como tapias;
busqué dentro de mi sombra la llave que libere al alma;
dejé que se marchen los cenáculos íntimos
(los espasmos consanguíneos
que perturban con sus vacíos estertores
de sanguijuelas sin oficio).
En mi búsqueda incansable de paz
encontré un pretexto de concordancia angelical,
una quimera casi utópica
que me traslada fuera del emporio
igual a un trasatlántico navegando en el infinito,
hallando la luz matinal
de los sueños de cualquier poniente,
de cualquier ángel o incluso demonio,
de cualquier tren por más que transite sin rieles,
de cualquier barco sin quilla y a la deriva en el mar.

Entre (entré) en un estado desesperante por saciar
la hambruna sin hambre,
la deshidratación sin sed,
la luz sin oscuridad,
la gloria sin el encanto
de las calandras diurnas y somnolientas;
sabía lo que quería,
quería borrar ese atracón rutinario,
la pesada carga sobre mis pasos,
la quijotada del suicidio de mi sangre sobre el ventanal,
mirando al mundo sin ojos,
sin sentidos,
viendo todo transcurrir en cámara lenta,
cansado de la adicción a sentir.

Cualquier sueño me venía bien
en épocas rancias,
y mi estirpe latina no derrochaba ninguna coyuntura
de los vértigos de la fatalidad.
¿Qué es la vida? Dolor y mientras más duele, más vivo estas,(estás)
pero sería bueno ser un expectante ajeno
y ver con ojos de rascacielos
hacía abajo, en el suelo,
a los sustanciales rasgos.
Debes (de vez) en cuando es bueno ser forastero
de los propios adentros,
un imparcial jurado que baja el pulgar
sin sentir el malestar sobre su pecho.

Por eso me quedé sentado en la cumbre,
en lo más alto de mi antena parabólica,
mirando a mi vida pasar(,)
sin detenerse siquiera en las estaciones del tiempo:
en mi nacimiento de revés
y con andrajos de cielorrasos,
con bocetos especulativos y conflictivos del azar,
pero igual nací expulsado por el hedor de los sentidos
para ver los quinqués grises de un enmarañado despertar.

Luego vi mi niñez; hubo un bache, entonces,
como si fuera huérfano de mis propios simientes,
como si estaría (estuviera) forjado con espinas de rosas y estigmas de cristal,
pero igual me crié entre catedrales vacantes
de profetas sin bautizar.

Le toco (tocó) el turno a mi pubertad;
ahí me vi entre libros de espectrales textos,
entre anaqueles empolvados que intentan descifrar
las runas de la absoluta verdad.
¡Qué irónico puede ser vivir en momentos!
Yo me pregunté: ¿cuál es la absoluta verdad?
Si la verdad fue escrita por el hombre,
y el mismo escudriña siempre su lacónico pesar,
sin juicio ni cautela por la razón de una realidad.

Después, me vi sentado en un café
merendando lunas de arroz,
lágrimas de tilo,
algún que otro capricho de algodón;
esperando a la musa de mi inspiración,
pero la inspiración a veces no llega o llega tarde,
y te agarra de improvisto (improviso) sin golpear tu puerta,
y cuando menos te das cuenta, la tienes de frente,
esperando que con tu pedestre y vulgar ser
le eches un eructo que la ahuyente.
Así fue mi madurez, siempre fui el encargado de abortar deseos
por los lazos del confabulado temor
(el emisario del monocromático bohemismo),
el ahuyentador de los escapularios intentos,
también, el constructor de la torre de Pisa
en cada sucinta provincia de mi alojamiento.
Así me quedé como un lazarillo
sin poder encaminar a mi designio.
Tal vez por temerle a las fauces del mismo miedo
y a su huésped inscripto.

Por último me vi en el lecho,
senil y delirante de yo mismo,
con alguna que otra ilusión de Narciso
tomando la forma de un dramaturgo oasis
que me deja y me quita el sabor del Nobel ficticio.
En fin, ¿qué es un bronce, después de todo,
si no puedes compartir, con nadie, lo que amas?
¿Qué es un galardón que sólo sustenta al ego?
¿Qué es el ego?
Sólo una práctica que suministra soledad.

Estoy todavía en la cúspide de mi antena,
que ya dejó de tener la forma de la parábola de un cuento,
mirando con los ojos de hielo a mi vida pasar,
al expreso fugaz
que desparrama el polen de un capullo viejo,
sólo guardando en una urna las postales de un recuerdo.
Creo que ya es tiempo de bajar
y volver a intentar sonreírle
al latoso y engullidor riesgo
sin esta vez darle la oblación de mi cuerpo
o por lo menos no entregárselo
sin antes no hacer un buen esfuerzo.





Como siempre, Daniel, la riqueza de lenguaje y de imágenes en tu obra es admirable. Da gusto leerte.

Abrazote.
 
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