augustofretes
Poeta recién llegado
Soy estudiante de filosofía, pero gusto muchísimo de la literatura, me encantaría saber que piensan de este boceto de un cuento. Ojalá les guste, y las críticas, de todo tipo, crueles o alentadoras serán recibidas con mucho gusto.
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Estaba rodeado de todo tipo de gente, caían globos lentamente del techo. Los saludaban y gritaban felicitaciones por haberse recuperado y salido del hospital tras el terrible accidente automovilístico que tuvo hace ya unos meses. El accidente había sido de lo más impactante, salió en noticieros y otros medios amarillistas.
Cuando contó con horror (después de despertar de un coma que duró 15 días) y con tal detalle el incidente, los asistentes sólo podían oír boquiabiertos, sin comentar nada. Les dijo débilmente desde la cama, recostado, con a penas fuerzas para articular palabras, como vio de frente el camión golpeando de lleno la puerta trasera del pasajero, justo donde él estaba, como sintió el peso del objeto de incontables libras presionándolo contra, lo que al parecer, era el otro extremo del auto. Dijo también que él intentaba desesperado empujar lejos de sí al elefante metálico que lo embestía. Describió la sensación que se tiene cuando un hueso se aplasta a sí mismo, comprimiéndolo hasta que la elasticidad no tiene otro opción que ceder y quebrarse poco a poco, y como estos nuevos pedazos ejercen fuerza sobre los huesos consiguientes rompiéndolos también. Imaginen un vaso al que le agregan agua hasta que se rebalsa -dijo- así fue como reventó mi brazo, los pedazos se juntaron a la altura de los codos como en caño tapado, para luego dejar ver mares rojos con diamantes blancos que se precipitaron fuera.
Uno fractura expuesta como pocas, agregó el doctor.
Pero no sólo habían sido sus brazos, sus piernas sufrieron un trato similar, su cuerpo en general recibió daño de mil clases, fracturas, esguinces, dislocaciones, sangrado interno, complicaciones causadas por padecimientos previos, como asma, y otros por bacterias que adquirió en su proceso de recuperación, su caso parecía diseñado para un libro de medicina. Pero, milagrosamente decían los doctores (su forma muy sutil de decir que no tienen la más mínima esperanza de que fuese a sobrevivir, y de admitir un error en sus cálculos; pero con la arrogancia que los caracteriza, es más fácil atribuirlo a dioses y rezos, o alguna otra cuestión mística, como que la madre había comprado un medicamento naturista que curaba hasta el cáncer) vivió, y no solo eso, sino que podía caminar, hablar, y seguir con una vida normal.
Como si alguien pudiese tener una vida normal tras semejante calvario, se decía siempre así mismo.
Medio mes en un sueño constante que no era sueño, esa había sido realmente la tortura. Estar atrapado en la completa irrealidad del surrealismo experimentado en carne propia, fue algo que afectó más su cuerpo que el accidente, más que cualquier otra cosa que pudiese llegar a sentirse, ver su brazo despedazarse frente a sus ojos incrédulos no era nada comparado con una prisión tanto metafísica como física. No se lo decía a nadie, era algo que sólo él y aquellos que hubiesen vivido, o más bien alucinado lo mismo, podrían entender.
Quitaba con desdén, y sin ningún rastro de felicidad, las bolas todas blancas que le bloqueaban la visión (todas blancas; a algún amigo chistosito se le ocurrió que era una manera divertida de representar el ímpetu de sus glóbulos blancos que vencieron a tanta infección). Llegó al centro y vio una gran cantidad de regalos. El más importante era uno que habían comprado entre todos.
Le dieron una caja de color rojo con círculos blancos y un moño rosa, de pequeño tamaño y peso. Perfectamente empaquetado. Lo abre para encontrarse con un hermoso reloj de plata con incrustaciones de rubí. Se quedó viéndolo sin decir nada, y lo mismo pasó con el público que lo circundaba, se veía aterrado. Balbucea el artífice de la fiesta, que eligieron un reloj para que no olvidara como cada segundo que estuviese vivo era obra de un milagro.
El segundero se movía. Lo miraba como si tratase de un enemigo, que avanzaba lentamente, que a cada tic y tac le decía que falta un poco menos para su muerte, que el sueño aún no terminaba, que seguía atrapado en su mente, que lo engañaba con escenas que parecían realistas.
Con el rostro descompuesto, tiró el reloj al suelo con todas sus fuerzas. Quedó arruinado, mientras todos soltaban un grito de sorpresa, después de molestia, luego reclamos y por último gritos furiosos. El más condescendiente lo toma por el hombro preguntando que le pasaba, él se da vuelta y le propina un golpe en la barbilla. ¡No me toques hipócrita, tú eres parte de todo esto también!
Sale corriendo de la sala, esquiva desesperado los globos, tropezándose en cada rincón hasta que finalmente llega a la puerta y huye desesperado.
Anda por la calle sumido en el delirio de quien no está cuerdo. Su mente hace conjeturas sobre la trampa que le pusieron sus amigos. Me querían encerrar -se dice- en una prisión invisible, no, no, ni siquiera tangible por otros sentidos; la adornaron con colores vistosos, un jardín verde, llenos de flores y vida en el zaguán de un verdugo, sí, sí, eso era ese aparato infernal, su color brillante es la carnada para entrar en la cámara de ejecución; y los rubís, sí, ellos con su color rojo sangre le avisaron del peligro, y lo que queda de sus instintos naturales lo hicieron reaccionar ante la advertencia.
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Estaba rodeado de todo tipo de gente, caían globos lentamente del techo. Los saludaban y gritaban felicitaciones por haberse recuperado y salido del hospital tras el terrible accidente automovilístico que tuvo hace ya unos meses. El accidente había sido de lo más impactante, salió en noticieros y otros medios amarillistas.
Cuando contó con horror (después de despertar de un coma que duró 15 días) y con tal detalle el incidente, los asistentes sólo podían oír boquiabiertos, sin comentar nada. Les dijo débilmente desde la cama, recostado, con a penas fuerzas para articular palabras, como vio de frente el camión golpeando de lleno la puerta trasera del pasajero, justo donde él estaba, como sintió el peso del objeto de incontables libras presionándolo contra, lo que al parecer, era el otro extremo del auto. Dijo también que él intentaba desesperado empujar lejos de sí al elefante metálico que lo embestía. Describió la sensación que se tiene cuando un hueso se aplasta a sí mismo, comprimiéndolo hasta que la elasticidad no tiene otro opción que ceder y quebrarse poco a poco, y como estos nuevos pedazos ejercen fuerza sobre los huesos consiguientes rompiéndolos también. Imaginen un vaso al que le agregan agua hasta que se rebalsa -dijo- así fue como reventó mi brazo, los pedazos se juntaron a la altura de los codos como en caño tapado, para luego dejar ver mares rojos con diamantes blancos que se precipitaron fuera.
Uno fractura expuesta como pocas, agregó el doctor.
Pero no sólo habían sido sus brazos, sus piernas sufrieron un trato similar, su cuerpo en general recibió daño de mil clases, fracturas, esguinces, dislocaciones, sangrado interno, complicaciones causadas por padecimientos previos, como asma, y otros por bacterias que adquirió en su proceso de recuperación, su caso parecía diseñado para un libro de medicina. Pero, milagrosamente decían los doctores (su forma muy sutil de decir que no tienen la más mínima esperanza de que fuese a sobrevivir, y de admitir un error en sus cálculos; pero con la arrogancia que los caracteriza, es más fácil atribuirlo a dioses y rezos, o alguna otra cuestión mística, como que la madre había comprado un medicamento naturista que curaba hasta el cáncer) vivió, y no solo eso, sino que podía caminar, hablar, y seguir con una vida normal.
Como si alguien pudiese tener una vida normal tras semejante calvario, se decía siempre así mismo.
Medio mes en un sueño constante que no era sueño, esa había sido realmente la tortura. Estar atrapado en la completa irrealidad del surrealismo experimentado en carne propia, fue algo que afectó más su cuerpo que el accidente, más que cualquier otra cosa que pudiese llegar a sentirse, ver su brazo despedazarse frente a sus ojos incrédulos no era nada comparado con una prisión tanto metafísica como física. No se lo decía a nadie, era algo que sólo él y aquellos que hubiesen vivido, o más bien alucinado lo mismo, podrían entender.
Quitaba con desdén, y sin ningún rastro de felicidad, las bolas todas blancas que le bloqueaban la visión (todas blancas; a algún amigo chistosito se le ocurrió que era una manera divertida de representar el ímpetu de sus glóbulos blancos que vencieron a tanta infección). Llegó al centro y vio una gran cantidad de regalos. El más importante era uno que habían comprado entre todos.
Le dieron una caja de color rojo con círculos blancos y un moño rosa, de pequeño tamaño y peso. Perfectamente empaquetado. Lo abre para encontrarse con un hermoso reloj de plata con incrustaciones de rubí. Se quedó viéndolo sin decir nada, y lo mismo pasó con el público que lo circundaba, se veía aterrado. Balbucea el artífice de la fiesta, que eligieron un reloj para que no olvidara como cada segundo que estuviese vivo era obra de un milagro.
El segundero se movía. Lo miraba como si tratase de un enemigo, que avanzaba lentamente, que a cada tic y tac le decía que falta un poco menos para su muerte, que el sueño aún no terminaba, que seguía atrapado en su mente, que lo engañaba con escenas que parecían realistas.
Con el rostro descompuesto, tiró el reloj al suelo con todas sus fuerzas. Quedó arruinado, mientras todos soltaban un grito de sorpresa, después de molestia, luego reclamos y por último gritos furiosos. El más condescendiente lo toma por el hombro preguntando que le pasaba, él se da vuelta y le propina un golpe en la barbilla. ¡No me toques hipócrita, tú eres parte de todo esto también!
Sale corriendo de la sala, esquiva desesperado los globos, tropezándose en cada rincón hasta que finalmente llega a la puerta y huye desesperado.
Anda por la calle sumido en el delirio de quien no está cuerdo. Su mente hace conjeturas sobre la trampa que le pusieron sus amigos. Me querían encerrar -se dice- en una prisión invisible, no, no, ni siquiera tangible por otros sentidos; la adornaron con colores vistosos, un jardín verde, llenos de flores y vida en el zaguán de un verdugo, sí, sí, eso era ese aparato infernal, su color brillante es la carnada para entrar en la cámara de ejecución; y los rubís, sí, ellos con su color rojo sangre le avisaron del peligro, y lo que queda de sus instintos naturales lo hicieron reaccionar ante la advertencia.