Con las acuarelas de la remembranza pinto alegre tu rostro de blanco lienzo. Aún penetra el último rayo de un atardecer agónico por la ventana festiva de tu cuarto. Tú, impertérrita, muestras voluptuosa la raja de tus senos. Escondidos en diabólico escote de fruncido ceño. Y yo, a punto de caer en la trampa, me encomiendo al genio tutelar de mis antepasados para no perder de mi temblorosa mano siniestra el pincel de la magia pictórica. No obstante, tu prosigues con tus tozudas tentaciones de San Antonio. Relamiendo los labios de fresca rosa con tu lengua hinchada de tanto deseo sexual. Me encomiendo entonces a mi numen celestial. Pero éste hace oídos sordos desde el limbo donde se halla durmiendo. Entonces, iracundo, tiro la paleta en una ya obscura alcoba, sólo iluminada con las flechas de una lechosa luna menguante y te estrangulo sin ninguna compasión.