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Contemplador nocturno de poemas
...y con cada caricia desdibuja los segundos.
Lejos en la autopista los coches no cesan de pasar. Las luces están apagadas, sólo la televisión flashea la pared de enfrente. El revólver en la mano.
-¿Dónde estas caramelito?
...con cada mirada desarma las tuercas que le mantienen cuerdo.
-¿Dónde estás esta noche?
Viajando. Siempre viajando, de sur a norte, hacia la costa. Siempre en tránsito.
-Pero estuviste aquí...
...con cada beso confunde a todos los ángeles de su cabeza.
-¿Entre mis brazos?
A veces. Sí. A veces se detiene. Muy poco. Siempre está moviéndose.
Un golpe en la puerta. Un golpe enfadado.
-Tiene que pagar.
-Espero una transferencia, si me da un par de días, creo que estoy enfermo.
-Vender coche.
-No, el coche no... -una súplica desde el fondo del corazón.
Lo necesita para seguir buscándola. Siempre en tránsito, ahora también él. No esta enfermo. La ausencia le enferma. La huida a medianoche, el mensaje en el espejo, -Siempre deprisa-. Siempre deprisa también él.
-Tengo... Lo necesito para mi trabajo, tengo que vender.
-Pagar mañana.
Portazo. Colillas en el cenicero, ninguna con carmín. Va con retraso, con mucho retraso.
...el vértigo del deseo, y él detrás.
-¿Cuanto tiempo ha pasado?
Demasiado, viaja a la velocidad de la luz, de salto en salto, de coche en coche. Él no puede seguirla.
-Mataré a cualquiera que te haya tocado.
Juega con el tambor del revólver. La botella vacía, no está enfermo pero tiembla.
-Mañana me iré, caramelito.
Mañana estará lejos. Mañana es muy lejos. Mañana es casi la eternidad.
-Mañana. ¿Me esperarás junto a la autopista?
Mañana es muy tarde, mañana ni siquiera encontrará sus huellas junto a la carretera. Y él está enfermo y ella es muy rápida.
-Mataré a cualquiera que...
Aprieta el cañón del revólver contra su sien derecha... y decora la pared sin arte ni gracia.
Lejos en la autopista los coches no cesan de pasar. Las luces están apagadas, sólo la televisión flashea la pared de enfrente. El revólver en la mano.
-¿Dónde estas caramelito?
...con cada mirada desarma las tuercas que le mantienen cuerdo.
-¿Dónde estás esta noche?
Viajando. Siempre viajando, de sur a norte, hacia la costa. Siempre en tránsito.
-Pero estuviste aquí...
...con cada beso confunde a todos los ángeles de su cabeza.
-¿Entre mis brazos?
A veces. Sí. A veces se detiene. Muy poco. Siempre está moviéndose.
Un golpe en la puerta. Un golpe enfadado.
-Tiene que pagar.
-Espero una transferencia, si me da un par de días, creo que estoy enfermo.
-Vender coche.
-No, el coche no... -una súplica desde el fondo del corazón.
Lo necesita para seguir buscándola. Siempre en tránsito, ahora también él. No esta enfermo. La ausencia le enferma. La huida a medianoche, el mensaje en el espejo, -Siempre deprisa-. Siempre deprisa también él.
-Tengo... Lo necesito para mi trabajo, tengo que vender.
-Pagar mañana.
Portazo. Colillas en el cenicero, ninguna con carmín. Va con retraso, con mucho retraso.
...el vértigo del deseo, y él detrás.
-¿Cuanto tiempo ha pasado?
Demasiado, viaja a la velocidad de la luz, de salto en salto, de coche en coche. Él no puede seguirla.
-Mataré a cualquiera que te haya tocado.
Juega con el tambor del revólver. La botella vacía, no está enfermo pero tiembla.
-Mañana me iré, caramelito.
Mañana estará lejos. Mañana es muy lejos. Mañana es casi la eternidad.
-Mañana. ¿Me esperarás junto a la autopista?
Mañana es muy tarde, mañana ni siquiera encontrará sus huellas junto a la carretera. Y él está enfermo y ella es muy rápida.
-Mataré a cualquiera que...
Aprieta el cañón del revólver contra su sien derecha... y decora la pared sin arte ni gracia.
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