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Silencios

Piedad Acosta Ruiz

Poeta recién llegado
Silencios

que viajan tras los cristales,
tras los muros de arena,
de mármol, de sal y de mar,
bañados de luna y de sol,
silencios con olor
a tiernos copos de algodón,
silicios con la sinfonía del gorrión
antes de la llegada del Monzón.

Silencios que dormitan
sobre las alas
del águila y halcón,
que planean
en las tardes otoñales
en las cumbres y valles,
danzando en remanso,
sin prisa, muy quedo…
por los aires pamperos,
con el gemido del viento
en el raudal, en el viejo zaguán.

Silencios limpios, con olor
a fresa, manzana y melón,
bañados por la fresca
primavera escandinava,
cobijados con el
delicado velo alpino.
asustadizos chiquillos
temblando, tiritando
a los pies del Niagara.

Silencios dibujados
en los techos
de las humildes casas,
en los cobertizos,
en las cortezas
de los pinos
robles, yurumos,
eucaliptos y olivos andinos,
reposando cadenciosos
en las alas de las monarcas.

Silencios juguetones,
escondidos tras las hierbas,
agitadas por la brisa
de los hermanos
del frente, de atrás,
de los que te miran
río abajo o río arriba.

Silencios,
¡duros silencios!
perdidos,
en una larga
noche de desvelo,
agitando la almohada,
cuando el primer rayo
rosa tu piel,
anunciando
que ha llegado
la alborada.

Silencios en el brillo
de tu mirada dibujada,
perdida en las inmensas aguas
serenas, cadenciosas,
en tus carnosos y enjugados,
labios de carmín,
enmarcados en los muros
de algún techo de lejana morada.

Silencios en las lilas en capullo,
silencios en tus brazos cruzados
sentados en el mármol,
con tu perro mirándote
fijamente a tu lado.

Silencios cuando extiendo
largamente mi mirada,
recorriendo cada espacio de tu piel,
haciendo estaciones en cada puerto,
especialmente en aquel…
en el que inevitablemente debo
atracar para alivianar mi nave,
para luego, sin reparos,
zarpar de nuevo,
siguiendo sin rumbo,
con la fiel compañía
del murmullo tibio
de este Silencio.
 
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