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Giraluna

Poeta recién llegado
Sueño un camino. Sueño que el camino que sueño está ahí para mí. Está iluminado con luz de luna, y es para conducirme a mí a la libertad. Pero me resisto a transitarlo. Llevo una carga que pensaba que no existía, o tal vez fingía que pensaba que no existía. La culpa es un prejuicio, solía decir. Un tabú, un lastre que cada quien se cuelga por miedo a la felicidad tal vez. Pero en mi sueño la carga impide que transite por ese camino. Le pregunto a la luna en mi sueño si el trazo y la luz de ese camino son para mí. Tómalo, me dice sonriendo, después de todo es tu sueño. Lo curioso es que me lo dice con telepatía lunar, poéticamente auxiliada de un blog.

Me asomo, aun con pena. El árbol que veo –una primavera en primavera- está cruzado por un río - arco iris. Veo las piedras azules a la orilla, dos zafiros de estrella en donde se purifica el agua de todos los ríos. Con mis manos como cuencas tomo un sorbo de esa agua purísima. Allá percibo esa sombra, esa humedad, que me refresca, me abraza, me invita a caminar con libertad. Le agradezco a la luna, que desde su pureza, desde su inmensa belleza y su plenitud me ofrezca tan singular senda y tan blanca luz. Sueño que es el perdón que no merezco. Pero no, me dice la luna. Tenías razón, el perdón no existe, la luna no requiere ese concepto. Allá el ave nocturna emprende el vuelo libre. No te creas, parece decir. ‘Soy feliz y soy libre y no te culpo’ canta iluminada, tal vez a la estrella cautiva, tal vez cautiva de su culpa. Veo que ya brota la semilla, ya busca la luz de esa estrella y de la luna, liberando el cerrojo justo en un día de equinoccio, cuando puede tomar de manera equitativa y sin riesgos lo que es de uno y lo que es de otra, sin regresar al peligroso y doloroso resplandor de su sinergia. Entre los bellos sonidos del sendero, entre el crujir de las hojas que ceden suavemente bajo mis pies, distingo un murmullo, tal vez sean palabras quebrantadas, palabras quebrantantes, tal vez sea el eco de mi propia voz. Regreso la vista, ¿por dónde vine? No vuelvas la vista, me dice la luna. Sigue adelante. Usa mi luz, aunque sólo llegue como un reflejo a tu sueño. Cierro los ojos en mi sueño y sueño más: veo los colores de la aurora boreal, del arcoiris, del colibrí y por cierto del girasol. Una lluvia de estrellas ilumina todos los colores del universo habidos y por haber. Y pienso que de ese tamaño es la distancia, y aun así me llega su luz a cada instante, o más bien a cada rato, cada vez que regreso a mí, después de incursionar y distraerme en ese mundo ajeno que es todo lo demás.

Pienso que más que soñar deliro. ¿yo? Bájale. La Luna es la noche toda… y yo una criatura, tal vez indigna de esa noche. Me pierdo en el camino. Plantas de cacao, huellas milenarias, silencio que hace solo sólo a alguien que no soy yo. No reconozco las señales. Otro terror nocturno. Volteo y veo mi entorno, reconozco mi casa. Menester es ir al mundo ajeno, lo otro es sólo mi conciencia. Que tampoco se explica cómo es que no te he llamado…
 
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