¡Se venden ancas de serpiente,
perfectas para acompañar
a las ideas de un cadáver
oscurecido por la fatalidad!
¡Se venden alas de burro,
pertenecientes a un iluso
poeta de penas longevas, y
furioso por su cerradura macabra!
¡Se vende la furia de un mosquito,
más luchador que el hombre
y más pesado que su garganta!
¡Se vende la orina de una piedra,
más ácida que las lágrimas
de un cuadro inacabado,
más espeso que el semen de un sacerdote
incubado en un vaso de perversidad!
¡Se vende la luz de una cueva,
apartada de los sonidos de los semáforos,
de las miradas de los alcaldes
y de los cuadriláteros del Ayuntamiento!
¡Se venden estrellas cuadradas
por el pensamiento suicida del millonario
invertebrado, más mediocre que su dinero
y más fantasma que sus dedos de pezón!
¡Se vende! ¡Se vende!
¡Se vende un corazón humano,
más rastrero que una sierpe iracunda,
más pequeño que un endeble mosquito,
más oscuro que una helada cueva de eco,
más duro que una superficial piedra,
y más cuadrado que las neuronas trajeadas!
¡Tan solo los burros creen tenerlo,
pero no tienen oro para financiarlo!