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Se corrió el romancero gitano

Calimero

Poeta recién llegado
Un cortejo fúnebre de flamencos

que se inventan lagunas,

mientras el pie de Andalucía desplaza cortijos

hacia una mano derecha.


Y una costra sangra por la cabeza de Mandelbrot. Mal dice

una aceituna por mi boca

que Jesús -un marino mercante- regresa por las anchoas,

y la Virgen María sisa el arroz y las barritas de pescado congelado

mamá -cae la nieve mientras trescientos sesenta grados orbitan un nacimiento

y la miseria bendice a la pareja civil casada por la iglesia -por una sartén explotan

las palomitas de maíz dando el sí quiero.


Me hizo un romancero gitano la tarde calurosa de mulas

llevando la suerte por su anteojera, dando lindas coces

-con la milimétrica exactitud de sus ojos inmensos-

al oro levantado por el vuelo del águila imperial.


Estando todo en su sitio, quedaba un niño extrañado,

como el ánade real, o el rebuzno del girasol asomado,

medio hecho convocando al cisne; su vuelo sin vida

tapando el cuerpo desnudo, o la vergüenza de Dalí

desenterrando la chorra de platón

que ilumina las cuevas de su Gala.


Se lo comía una mosca aquel invierno de la navaja

centímetros de acero salpicaban tomates y cebollas,

y todo un principado de pimientos inmaduros reían

deshojados como la vagina imperfecta de los océanos;

mientras sostenía un triángulo la tortuga de piedra,

cada una de las partes se tocaba a sí misma para adivinar

si todo estaba en su sitio, una vez puestos en remojo.


Y las almendras se picaban por el baile de los maricones

mientras el auto remontaba un pedregal de hojas secas

como cadáveres indispuestos en cualquier circunstancia

que permita envolver con trapos sucios lo más tierno.


Un claxon de bostezos rompía el cántaro, a la boca pegado

inspiraba la sierra morena y expiraba la sierra de cazorla;

aquel gitano circunspecto lucía sus ojos como pajaritas

azules y manicomiales, hebreas como su hermoso zurrón,

donde se roían hasta las mismas petitas las manzanas

mientras hacían las trenzas a su príncipe desteñido.

Absorto por los fuegos artificiales se lo llevaron detenido

y lo encerraron en una madrugada de gatillos interminables,

pero en su cabeza aún cocinan igual un gitano que un judío

o bien se casan los maricones y bailan como los flamencos

o bien Gala rompe los huevos a Dalí


y terminan de correrse todas las letras por el mar.
 
Un cortejo fúnebre de flamencos

que se inventan lagunas,

mientras el pie de Andalucía desplaza cortijos

hacia una mano derecha.


Y una costra sangra por la cabeza de Mandelbrot. Mal dice

una aceituna por mi boca

que Jesús -un marino mercante- regresa por las anchoas,

y la Virgen María sisa el arroz y las barritas de pescado congelado

mamá -cae la nieve mientras trescientos sesenta grados orbitan un nacimiento

y la miseria bendice a la pareja civil casada por la iglesia -por una sartén explotan

las palomitas de maíz dando el sí quiero.


Me hizo un romancero gitano la tarde calurosa de mulas

llevando la suerte por su anteojera, dando lindas coces

-con la milimétrica exactitud de sus ojos inmensos-

al oro levantado por el vuelo del águila imperial.


Estando todo en su sitio, quedaba un niño extrañado,

como el ánade real, o el rebuzno del girasol asomado,

medio hecho convocando al cisne; su vuelo sin vida

tapando el cuerpo desnudo, o la vergüenza de Dalí

desenterrando la chorra de platón

que ilumina las cuevas de su Gala.


Se lo comía una mosca aquel invierno de la navaja

centímetros de acero salpicaban tomates y cebollas,

y todo un principado de pimientos inmaduros reían

deshojados como la vagina imperfecta de los océanos;

mientras sostenía un triángulo la tortuga de piedra,

cada una de las partes se tocaba a sí misma para adivinar

si todo estaba en su sitio, una vez puestos en remojo.


Y las almendras se picaban por el baile de los maricones

mientras el auto remontaba un pedregal de hojas secas

como cadáveres indispuestos en cualquier circunstancia

que permita envolver con trapos sucios lo más tierno.


Un claxon de bostezos rompía el cántaro, a la boca pegado

inspiraba la sierra morena y expiraba la sierra de cazorla;

aquel gitano circunspecto lucía sus ojos como pajaritas

azules y manicomiales, hebreas como su hermoso zurrón,

donde se roían hasta las mismas petitas las manzanas

mientras hacían las trenzas a su príncipe desteñido.

Absorto por los fuegos artificiales se lo llevaron detenido

y lo encerraron en una madrugada de gatillos interminables,

pero en su cabeza aún cocinan igual un gitano que un judío

o bien se casan los maricones y bailan como los flamencos

o bien Gala rompe los huevos a Dalí


y terminan de correrse todas las letras por el mar.
La vida y el arte se entrelazan en una danza constante, desde lo sagrado hasta lo profano.

Saludos
 
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