Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Se agradece el calor en los pies
hasta cierto punto,
un exceso puede hacer que se derritan
la suela de los zapatos,
como si una lluvia seca desde abajo
las borrara.
Nunca pensé
que las nubes nacieran
de la tierra incandescente
y en contacto con ella, los pies,
similares a un grano de arroz germinado
que no pierde su blanco,
ausentes de color o con demasiado,
sin decidirse por ninguno,
eligieran, a la ligera, sin pensarlo mucho,
un camino.
Los pies, como marionetas en el aire
sin un Dios que los dirija,
van echando, paladas de tierra,
día a día, sobre un pasado
que no les pertenece.
Las huellas, desaparecen lentamente,
fosilizadas en rectángulos enmarcados
en el interior de vitrinas,
desde las que miran
esas realidades que les son extrañas.
En el otro extremo del pasillo,
la luz que deja ver los mapas
se reduce al capricho
de alguna cerradura.
Si te vas entonces, tu sombra
como un pañuelo encendido,
se agitará en el aire
en señal de despedida.
La tristeza
hará que te arrastres por el suelo
en la postura del penitente
que implora,
que el calor en los pies se suba
por el resto del cuerpo.