Salvarte no es quererte.
Y salvar a otro no es siempre amor.
El amor verdadero no rescata:
acompaña, honra, y espera.
No se impone, no obliga,
no sacrifica su alma por otra,
porque sabe que perderse no es amar.
Queriéndome con el alma aceptada
aprendí a no pedir lo que no se da,
a no entregar lo que no tengo.
Tuve que acunar mis ruinas,
mirarme sin parpadear,
tocar fondo con ternura,
y decirme: “aquí estás… aún viva”.
Ese fue mi primer acto de amor.
Y solo entonces pude dejar abierta la senda,
las huellas marcadas en tierra viva,
para que si un día tu luz quiere alzarse,
me encuentres sin esfuerzo,
porque ya tracé el camino con mi carne.
Estoy.
Estaré.
Y me encontrarás caminando despacio,
serena, sin prisa, mi sendero.
Si por fin mi luz te envuelve
y quieres,
y puedes levantarte,
me alcanzarás enseguida,
porque ya sembré mi amor sin miedo,
sin deber,
sin pretensión.
Y si aún no puedes,
también es sagrado.
El amor verdadero confía,
no se desespera.
Se queda quieto, firme,
como raíz hundida en el fango,
y como rama abierta al cielo.
Duele, sí.
Duele amar así,
sin ataduras, sin rescates,
con el alma desnuda,
ofreciendo sin mendigar.
Pero en ese dolor florece la verdad,
y en las lágrimas crece la rama
que un día tocará el cielo.
Porque antes de darte mis huellas,
tuve que andar a oscuras.
Antes de ofrecerte mi calma,
tuve que sostener mi temblor.
Antes de esperarte en mi luz,
tuve que encenderla sola.
Y eso...
eso fue lo que me hizo libre.
El amor,
el del bueno,
el que salva sin salvar,
ese…
ese es el que permanece.
20/05/2025
©Dikia
Y salvar a otro no es siempre amor.
El amor verdadero no rescata:
acompaña, honra, y espera.
No se impone, no obliga,
no sacrifica su alma por otra,
porque sabe que perderse no es amar.
Queriéndome con el alma aceptada
aprendí a no pedir lo que no se da,
a no entregar lo que no tengo.
Tuve que acunar mis ruinas,
mirarme sin parpadear,
tocar fondo con ternura,
y decirme: “aquí estás… aún viva”.
Ese fue mi primer acto de amor.
Y solo entonces pude dejar abierta la senda,
las huellas marcadas en tierra viva,
para que si un día tu luz quiere alzarse,
me encuentres sin esfuerzo,
porque ya tracé el camino con mi carne.
Estoy.
Estaré.
Y me encontrarás caminando despacio,
serena, sin prisa, mi sendero.
Si por fin mi luz te envuelve
y quieres,
y puedes levantarte,
me alcanzarás enseguida,
porque ya sembré mi amor sin miedo,
sin deber,
sin pretensión.
Y si aún no puedes,
también es sagrado.
El amor verdadero confía,
no se desespera.
Se queda quieto, firme,
como raíz hundida en el fango,
y como rama abierta al cielo.
Duele, sí.
Duele amar así,
sin ataduras, sin rescates,
con el alma desnuda,
ofreciendo sin mendigar.
Pero en ese dolor florece la verdad,
y en las lágrimas crece la rama
que un día tocará el cielo.
Porque antes de darte mis huellas,
tuve que andar a oscuras.
Antes de ofrecerte mi calma,
tuve que sostener mi temblor.
Antes de esperarte en mi luz,
tuve que encenderla sola.
Y eso...
eso fue lo que me hizo libre.
El amor,
el del bueno,
el que salva sin salvar,
ese…
ese es el que permanece.
20/05/2025
©Dikia
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