Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Es como si me hubiera arrastrado por horas a lo largo de un enorme desierto nocturno, pero la distancia del Korova a este departamento no suma ni tres kilómetros. Todo es infernalmente confuso, no recuerdo siquiera por qué llegué a pie. Creo tener la noción de que los cadeneros del bar no me permitieron subir al coche; en todo caso, tampoco tomé un taxi.
Son las cuatro cuarenta y ocho; el resplandor del celular me hace daño. No quiero encender las luces por temor a que me estalle la cabeza. El silencio está crispado por un zumbido insoportable, como si un petardo o una bomba acabara de reventar cerca de mí. Sin embargo, la náusea es mucho peor. La náusea de sentirme al borde del colapso etílico y su confabulación con la certeza de que es lunes y tengo que estar a las siete en punto en el trabajo.
No te duermas. Mira. Esta reminiscencia volátil es casi un recuerdo: la morena esa —¿cómo dijo que se llamaba?— le puso algo al vodka, ¿verdad? Sí, tú le diste un billete, le pagaste por el sobre. Mónica, eso es. Le dijiste que sí a Mónica cuando tú apenas resistes una triada de cervezas. ¿Quieres tener el viaje de tu vida, bebé?, dijo. Eso me dijo Mónica, la morena del escote opulento. Ya estás, nena.
Claro, no traigo la cartera. Eres un pendejo, Pedro. No, aquí está, en la bolsa del saco. También las llaves del Pointer. Ahora recuerdo que Mónica estaba gritando, muchas Mónicas estaban gritando a mi alrededor, entre esa música horrible, el humo y las luces vertiginosas. También ellos me gritaban. Claro, claro… Luego yo corría por las calles mojadas, corría como desesperado hasta que… hasta que caí.
Eso es todo. Caí en una cloaca abierta, en un hoyo fangoso… lo veo aquí, se parece más al recuerdo de un antiguo sueño, una pesadilla: estoy cayendo. Caigo porque algo, alguien me persigue. ¿Pero quién? El efecto, seguramente. La paranoia del paraíso artificial. Algún otro novio de la riquísima Mónica.
Auch. No puedo sacarme la ropa sin sentir que caigo del borde de la cama. Tengo una escoriación a lo largo de mi muslo izquierdo, puedo palpar hebras sueltas de mi piel, pero no me duele. Es el efecto del subidón de adrenalina. Pero dolerá después, cuando pase. Ahora solo es la prevalencia del estómago vacío y sus esfuerzos por vomitar algo que ya no está ahí; un simple reflejo por este estado rotatorio de mi inmunda humanidad en torno a la idea de que estoy muriendo y tengo que estar bien para irme al trabajo.
No te duermas, idiota, porque no podrás levantarte en tres días. Es mejor media hora bajo el chorro de agua helada, un termo de café amargoso, un Red Bull. La clave está en la rehidratación, concéntrate en ello. Pronto se disipará la borrachera, el viaje alucinante, y quedará una resaca temblorosa con rachas de halitosis entre el mentol, las aspirinas. Tú lengua sabe a cereza. Levántate, el baño está ahí. Camina, camina.
¡Mierda! Es como si al encender la luz, las paredes blancas deflagraran mis retinas. ¡Qué le pasó a mi puta cara! Me dobla la intuición de que ese rostro contrahecho en el espejo no puede ser el mío. No veo mi labio inferior por lo hinchado que tengo el labio de arriba; mi nariz no parece estar en su sitio; mi ceja derecha ha desaparecido y todo este lado de mi rostro está escurrido de sangre. Creo que perdí ese ojo, alcanzo a ver un derrame interno impresionante. Pero no, ahí está mi pupila sanguinolenta, puedo verla de cerca con ella misma, la estoy mirando fijamente… ¡Dios!
No, no, no es verdad. No estoy viendo nada. Solo estoy gritando como un loco. Ahí no existe ninguna pupila, ningún ojo, pero ahí dentro estoy atrapado. En el espejo no hay rostro alguno, ni siquiera hay un espejo, mucho menos un hombre gritando dentro de su mirada que no puede ver nada. Nada.
Así que esto es. ¿Cómo y cuándo? Nunca lo sabré. No podré explicarlo, eso es lo que me preocupa: tengo que estar a las siete en punto en la oficina.
***
29 de abril de 2019.
Son las cuatro cuarenta y ocho; el resplandor del celular me hace daño. No quiero encender las luces por temor a que me estalle la cabeza. El silencio está crispado por un zumbido insoportable, como si un petardo o una bomba acabara de reventar cerca de mí. Sin embargo, la náusea es mucho peor. La náusea de sentirme al borde del colapso etílico y su confabulación con la certeza de que es lunes y tengo que estar a las siete en punto en el trabajo.
No te duermas. Mira. Esta reminiscencia volátil es casi un recuerdo: la morena esa —¿cómo dijo que se llamaba?— le puso algo al vodka, ¿verdad? Sí, tú le diste un billete, le pagaste por el sobre. Mónica, eso es. Le dijiste que sí a Mónica cuando tú apenas resistes una triada de cervezas. ¿Quieres tener el viaje de tu vida, bebé?, dijo. Eso me dijo Mónica, la morena del escote opulento. Ya estás, nena.
Claro, no traigo la cartera. Eres un pendejo, Pedro. No, aquí está, en la bolsa del saco. También las llaves del Pointer. Ahora recuerdo que Mónica estaba gritando, muchas Mónicas estaban gritando a mi alrededor, entre esa música horrible, el humo y las luces vertiginosas. También ellos me gritaban. Claro, claro… Luego yo corría por las calles mojadas, corría como desesperado hasta que… hasta que caí.
Eso es todo. Caí en una cloaca abierta, en un hoyo fangoso… lo veo aquí, se parece más al recuerdo de un antiguo sueño, una pesadilla: estoy cayendo. Caigo porque algo, alguien me persigue. ¿Pero quién? El efecto, seguramente. La paranoia del paraíso artificial. Algún otro novio de la riquísima Mónica.
Auch. No puedo sacarme la ropa sin sentir que caigo del borde de la cama. Tengo una escoriación a lo largo de mi muslo izquierdo, puedo palpar hebras sueltas de mi piel, pero no me duele. Es el efecto del subidón de adrenalina. Pero dolerá después, cuando pase. Ahora solo es la prevalencia del estómago vacío y sus esfuerzos por vomitar algo que ya no está ahí; un simple reflejo por este estado rotatorio de mi inmunda humanidad en torno a la idea de que estoy muriendo y tengo que estar bien para irme al trabajo.
No te duermas, idiota, porque no podrás levantarte en tres días. Es mejor media hora bajo el chorro de agua helada, un termo de café amargoso, un Red Bull. La clave está en la rehidratación, concéntrate en ello. Pronto se disipará la borrachera, el viaje alucinante, y quedará una resaca temblorosa con rachas de halitosis entre el mentol, las aspirinas. Tú lengua sabe a cereza. Levántate, el baño está ahí. Camina, camina.
¡Mierda! Es como si al encender la luz, las paredes blancas deflagraran mis retinas. ¡Qué le pasó a mi puta cara! Me dobla la intuición de que ese rostro contrahecho en el espejo no puede ser el mío. No veo mi labio inferior por lo hinchado que tengo el labio de arriba; mi nariz no parece estar en su sitio; mi ceja derecha ha desaparecido y todo este lado de mi rostro está escurrido de sangre. Creo que perdí ese ojo, alcanzo a ver un derrame interno impresionante. Pero no, ahí está mi pupila sanguinolenta, puedo verla de cerca con ella misma, la estoy mirando fijamente… ¡Dios!
No, no, no es verdad. No estoy viendo nada. Solo estoy gritando como un loco. Ahí no existe ninguna pupila, ningún ojo, pero ahí dentro estoy atrapado. En el espejo no hay rostro alguno, ni siquiera hay un espejo, mucho menos un hombre gritando dentro de su mirada que no puede ver nada. Nada.
Así que esto es. ¿Cómo y cuándo? Nunca lo sabré. No podré explicarlo, eso es lo que me preocupa: tengo que estar a las siete en punto en la oficina.
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29 de abril de 2019.
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