danie
solo un pensamiento...
Una sombra sin nombre,
un vapuleado rostro
que trae el viento al amparo
de la placidez de un cielo;
lloran los ojos y velan por esa forma de un vetusto sol
Abandonado rostro
en las lumbreras de mis plenilunios,
disipado rostro que se oye entre los cantos lilas
de la filarmónica
tocada por la dulce voz
del tiempo,
surcando la tierra con sus hebras doradas
de cabellos agrestes,
de musas que arropan al compás
de las montañas de un recuerdo.
Enmudece a la misma boca
que una vez tremulante se posó en las campanas
de las rumorosas colmenas
que hoy solo son oquedades vacías de aguamiel,
con la misma piel serpenteando
en los lánguidos rosales que hoy lloran
pudorosamente,
y miran a las estrellas tan lejanas
en las colinas de un horizonte que duermen
con besos idos,
evocados en una memoria
de heraldos de nubes y legados de grisáceas praderas
que encienden a las cenizas del adiós
una y mil veces más.
Rostro de un esguince en la sonrisa de un niño
que concentra la sal derramada
sobre la herida supurante
de llagas rancias y amargas
con sabor a noche de un eterno tormento.
Rostro que sepulta las vacilantes dudas
de las quiméricas mañanas
y ahoga en una ciénaga infinita
a la sometida esperanza,
a los añiles,
fantasmas de abriles
y de odas aladas de los orfeones de Dios.
Rostro que se aleja de las tinieblas de un cuerpo
y eleva su alma a los confines
y sus lápidas sin nombres
de un Hades y sus jardines de azucenas muertas.
Un recinto en donde reposa el afónico silencio;
sello de la guadaña que penetra en los huesos
y esculpe la amorfa forma
del obituario que entierra a la efigie de mis altitudes;
suicidas cúspides que se tiran desde las alturas
para morir despedazadas
contra el frío mármol del suelo.
Rito sagrado de ese rostro avieso
que embosca mi lecho
y caigo
Caigo noctívago
una y mil veces,
adicto al lenitivo y la ponzoña del ayer,
antes de cerrar mis ojos por siempre
Y allí sobre el gélido manto del presente
sucumbe el ángel de la guarda ante mis pedidos de clemencia.
¡Piedad tenerle a mis restos!
Ascuas ardientes,
cal viva que momifica mis aposentos,
sangre hirviendo que brota de la raíz de mi estirpe
en su orfandad sin abrigo ni abolengo
y revela esta lasitud taciturna
de los ecos de mi propia mudez.
Es que callar es más que decir
y otorgar las letanías de los muros
que claman ferozmente,
los sepulcros que me mantienen en pie:
estacado,
empalado,
crucificado al espanto y a la consternación de respirar
tu rostro macilento una y mil veces.
un vapuleado rostro
que trae el viento al amparo
de la placidez de un cielo;
lloran los ojos y velan por esa forma de un vetusto sol
Abandonado rostro
en las lumbreras de mis plenilunios,
disipado rostro que se oye entre los cantos lilas
de la filarmónica
tocada por la dulce voz
del tiempo,
surcando la tierra con sus hebras doradas
de cabellos agrestes,
de musas que arropan al compás
de las montañas de un recuerdo.
Enmudece a la misma boca
que una vez tremulante se posó en las campanas
de las rumorosas colmenas
que hoy solo son oquedades vacías de aguamiel,
con la misma piel serpenteando
en los lánguidos rosales que hoy lloran
pudorosamente,
y miran a las estrellas tan lejanas
en las colinas de un horizonte que duermen
con besos idos,
evocados en una memoria
de heraldos de nubes y legados de grisáceas praderas
que encienden a las cenizas del adiós
una y mil veces más.
Rostro de un esguince en la sonrisa de un niño
que concentra la sal derramada
sobre la herida supurante
de llagas rancias y amargas
con sabor a noche de un eterno tormento.
Rostro que sepulta las vacilantes dudas
de las quiméricas mañanas
y ahoga en una ciénaga infinita
a la sometida esperanza,
a los añiles,
fantasmas de abriles
y de odas aladas de los orfeones de Dios.
Rostro que se aleja de las tinieblas de un cuerpo
y eleva su alma a los confines
y sus lápidas sin nombres
de un Hades y sus jardines de azucenas muertas.
Un recinto en donde reposa el afónico silencio;
sello de la guadaña que penetra en los huesos
y esculpe la amorfa forma
del obituario que entierra a la efigie de mis altitudes;
suicidas cúspides que se tiran desde las alturas
para morir despedazadas
contra el frío mármol del suelo.
Rito sagrado de ese rostro avieso
que embosca mi lecho
y caigo
Caigo noctívago
una y mil veces,
adicto al lenitivo y la ponzoña del ayer,
antes de cerrar mis ojos por siempre
Y allí sobre el gélido manto del presente
sucumbe el ángel de la guarda ante mis pedidos de clemencia.
¡Piedad tenerle a mis restos!
Ascuas ardientes,
cal viva que momifica mis aposentos,
sangre hirviendo que brota de la raíz de mi estirpe
en su orfandad sin abrigo ni abolengo
y revela esta lasitud taciturna
de los ecos de mi propia mudez.
Es que callar es más que decir
y otorgar las letanías de los muros
que claman ferozmente,
los sepulcros que me mantienen en pie:
estacado,
empalado,
crucificado al espanto y a la consternación de respirar
tu rostro macilento una y mil veces.
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