Charly0092
Poeta recién llegado
Di que te quedarás esta noche.
Que el peso de mi piel basta
para anclarte.
Di que esta vez no te irás.
Que a las tres de la mañana
tu cuerpo seguirá aquí:
la respiración entrecortada,
el cabello enredado entre mis dedos,
las sábanas marcadas
como prueba de que existimos.
Di que no te llevarás
otro pedazo de mí.
Que mi alma —mal pintada,
cuarteada como un cuadro viejo expuesto—
no volverá a quedar a la intemperie.
Que mis órganos no quedarán abiertos
cuando faltes.
Que no me desangraré de ti:
de tu risa,
de tu aliento,
de tus ojos.
Mírame y miénteme.
Como tantas veces.
Dime que este amor durará para siempre.
Que mi voz aún te toca.
Que mi piel aún es suficiente.
Que todavía te llena.
Dime una mentira
que me dure la eternidad,
o al menos
hasta perder la conciencia.
Sé que encenderé la luz
y solo estará tu ausencia.
Que buscaré tus ojos en otras pieles,
tu risa en otras bocas.
Pero no serán tuyas.
Ni serán mías.
Solo quedarán
los vidrios rotos,
la arena entre los dedos
después de escribir tu nombre.
Bebo para olvidar,
pero te veo con más claridad.
Te llevo en la sangre,
en cada sístole y diástole.
Te siento.
Te respiro.
Exhalo.
Y ya no estás.
Solo quedo yo:
insoportable,
odioso,
roto.
Que el peso de mi piel basta
para anclarte.
Di que esta vez no te irás.
Que a las tres de la mañana
tu cuerpo seguirá aquí:
la respiración entrecortada,
el cabello enredado entre mis dedos,
las sábanas marcadas
como prueba de que existimos.
Di que no te llevarás
otro pedazo de mí.
Que mi alma —mal pintada,
cuarteada como un cuadro viejo expuesto—
no volverá a quedar a la intemperie.
Que mis órganos no quedarán abiertos
cuando faltes.
Que no me desangraré de ti:
de tu risa,
de tu aliento,
de tus ojos.
Mírame y miénteme.
Como tantas veces.
Dime que este amor durará para siempre.
Que mi voz aún te toca.
Que mi piel aún es suficiente.
Que todavía te llena.
Dime una mentira
que me dure la eternidad,
o al menos
hasta perder la conciencia.
Sé que encenderé la luz
y solo estará tu ausencia.
Que buscaré tus ojos en otras pieles,
tu risa en otras bocas.
Pero no serán tuyas.
Ni serán mías.
Solo quedarán
los vidrios rotos,
la arena entre los dedos
después de escribir tu nombre.
Bebo para olvidar,
pero te veo con más claridad.
Te llevo en la sangre,
en cada sístole y diástole.
Te siento.
Te respiro.
Exhalo.
Y ya no estás.
Solo quedo yo:
insoportable,
odioso,
roto.