Andeco
Poeta recién llegado
Un ambiente nefasto, las camillas cargan en sus techos posibles muertos. Aquel hospital contenía callejones largos, edificados para guiar y controlar la ruta de lo enfermo, de lo podrido por la vida.
Zorg. Vestido de mujer, engañando a su sexo para poder sortear al cancerbero que impide el último encuentro con ese amor agónico.
La puerta se abre y deja ver el desencajado esqueleto, él se acerca, se planta a su siniestra, acaricia el recuerdo de aquellos besos esos mismos besos que ahora están ahogados en el limbo de lo absurdo, perdidos no sé en dónde ni en cuándo y escapa hacia la ventana, buscando luz, queriendo hallar el cuerpo jadeante y encontrando únicamente una realidad perturbante.
Él levanta la almohada esa pluma blanca en la que hasta hace poco apoyaban las cabezas exhaustas, luego de hacerse, rehacerse y romperse en gemidos colosales -, la sostiene a la altura del pecho y poco a poco la baja, a cada centímetro de descenso la lágrima brinca, no solo del pecho, no solo del párpado, también del alma. Zorg cubre el rostro perdido de su amada con esa pluma blanca, y en un eterno segundo la libera de ese corrompido esqueleto desencajado.
La caminata a casa estuvo embarrada de su rostro completo.
Ya en la habitación, sentado en el cuerpo de una silla y frente a la sombra de un gato, Zorg toma la pluma. La voz de Betty aún está ahí, su esencia está en el aire, sus gritos y quejas están en la mesa y por supuesto, su cuerpo aún está embarrado en las sabanas que ya dejaron de ser blancas, esa mujer y ese amor aún está con él, eso es lo único que necesita para llenar de formas las hojas. Azul, ahora todo es azul.
Zorg. Vestido de mujer, engañando a su sexo para poder sortear al cancerbero que impide el último encuentro con ese amor agónico.
La puerta se abre y deja ver el desencajado esqueleto, él se acerca, se planta a su siniestra, acaricia el recuerdo de aquellos besos esos mismos besos que ahora están ahogados en el limbo de lo absurdo, perdidos no sé en dónde ni en cuándo y escapa hacia la ventana, buscando luz, queriendo hallar el cuerpo jadeante y encontrando únicamente una realidad perturbante.
Él levanta la almohada esa pluma blanca en la que hasta hace poco apoyaban las cabezas exhaustas, luego de hacerse, rehacerse y romperse en gemidos colosales -, la sostiene a la altura del pecho y poco a poco la baja, a cada centímetro de descenso la lágrima brinca, no solo del pecho, no solo del párpado, también del alma. Zorg cubre el rostro perdido de su amada con esa pluma blanca, y en un eterno segundo la libera de ese corrompido esqueleto desencajado.
La caminata a casa estuvo embarrada de su rostro completo.
Ya en la habitación, sentado en el cuerpo de una silla y frente a la sombra de un gato, Zorg toma la pluma. La voz de Betty aún está ahí, su esencia está en el aire, sus gritos y quejas están en la mesa y por supuesto, su cuerpo aún está embarrado en las sabanas que ya dejaron de ser blancas, esa mujer y ese amor aún está con él, eso es lo único que necesita para llenar de formas las hojas. Azul, ahora todo es azul.