Cuando era pequeña, solía visitar a mis primos en Córdoba. Mi abuelo me llevaba en sus hombros hasta la casa. Llegábamos de noche por Taninga. Recuerdo la casona de los Pedernera, donde el anfitrión era un trapiche que daba vueltas y vueltas para extraer el jugo de las cañas. Marta, su esposa, nos hacía empanadas de papa, pasas de malvasía y sésamo. Bebíamos guarapo, que servía en las pailas, y los sauces llorones sacudían sus ramas sobre el arroyo Tala Cañada.
Tenía un pequeño almirez donde trituraba las semillas y desparramaba los pedacitos de girasol sobre los panes que, recién sacados del horno, olían a levadura y a centeno.
Al oscurecer, el abuelo contaba historias fantásticas de mandingas y cancerberos, bajo el sol de noche en donde revoloteaban falenas y escarabajos.
Todavía quedaban algunas construcciones con almenas y las bases de madera socavadas por carcomas que hacían al conjunto de las viejas ruinas un paisaje fragoso.
Era una colonia de alemanes en la que, durante las fiestas de guardar, un coro de niños recorría el pueblo con su sochantre para hacer más pintoresca la bienvenida a los turistas. A veces se cruzaban las vacas o las ovejas y don Chacho, el encargado del correo, le daba un trallazo para que liberaran el caminito.
Yo no sé si era por el abuelo José o por el encanto de la infancia
pero esos recuerdos están vívidos en el cuaderno de mi memoria.