SCyL
Poeta recién llegado
El día que te vi, distante como escrito está en mis manos y en las tuyas, entendí que me enamoré de ti no solo por tu insolencia, sentido del humor cruel, silencios compartidos y muecas maravillosas que tanto me hacían reír, sino también de tu amarga timidez, de aquella timidez brusca pero tierna a la vez, de aquella timidez tibia de saludos contenidos y miradas de reojo, aquella timidez que se me hace difícil explicar en palabras y me cautiva y agobia.
Y me saludaste timoratamente, ermitaña como eres, casi insociable, con esa complicidad que me conmueve y hace que te ame tanto. Levantaste la mano izquierda y me miraste de reojo y no sonreíste, esas son trivialidades para ti, boberías, gentilezas que les sirven a otras mujeres que no poseen tu belleza para caer bien o para llamar la atención. No, tú no eres así, no necesitas de la risa para ser adorable.
Y yo te miré y no supe responder si con una sonrisa o una mueca rara también, algo que demostrara la felicidad que me cobijaba en aquel momento. Y pasaste y yo no voltee.
El resto del camino pensé en toda la historia nuestra, de cómo te conocí, de como me enamoré de ti, de cómo casi pude atreverme a decir que me gustas endemoniadamente (aunque esta palabra, suene irónicamente ridícula), de cómo casi sentía que tú también gustabas de mí y ahora recordaba que casi estábamos peleados o por lo menos tú casi me odiabas (o eso pareciera por tu distanciamiento tan repentino).
Lo cierto es que cada vez estoy más seguro que amarte así, casi subversivamente y a distancia, es la mejor manera de hacerlo. Y quizás por ello me cansé de reclamar ese alejamiento del cual tanto renegaba y me haya resignado a amarte de lejitos y platónicamente por el bien tuyo y el mío.
Y como conclusión de aquel último encuentro me queda la certeza de que casi no te conozco, que eres una completa desconocida para mí, que no puedo predecir y que en lo superficial de tu esplendor femenino radica mi fascinación por tu ser. Por ello en cada nuevo encuentro hallaré nuevas formas de enamorarme de ti y de amarte en secreto y casi subversivamente, que es la única manera que se me ocurre amarte.
Y me saludaste timoratamente, ermitaña como eres, casi insociable, con esa complicidad que me conmueve y hace que te ame tanto. Levantaste la mano izquierda y me miraste de reojo y no sonreíste, esas son trivialidades para ti, boberías, gentilezas que les sirven a otras mujeres que no poseen tu belleza para caer bien o para llamar la atención. No, tú no eres así, no necesitas de la risa para ser adorable.
Y yo te miré y no supe responder si con una sonrisa o una mueca rara también, algo que demostrara la felicidad que me cobijaba en aquel momento. Y pasaste y yo no voltee.
El resto del camino pensé en toda la historia nuestra, de cómo te conocí, de como me enamoré de ti, de cómo casi pude atreverme a decir que me gustas endemoniadamente (aunque esta palabra, suene irónicamente ridícula), de cómo casi sentía que tú también gustabas de mí y ahora recordaba que casi estábamos peleados o por lo menos tú casi me odiabas (o eso pareciera por tu distanciamiento tan repentino).
Lo cierto es que cada vez estoy más seguro que amarte así, casi subversivamente y a distancia, es la mejor manera de hacerlo. Y quizás por ello me cansé de reclamar ese alejamiento del cual tanto renegaba y me haya resignado a amarte de lejitos y platónicamente por el bien tuyo y el mío.
Y como conclusión de aquel último encuentro me queda la certeza de que casi no te conozco, que eres una completa desconocida para mí, que no puedo predecir y que en lo superficial de tu esplendor femenino radica mi fascinación por tu ser. Por ello en cada nuevo encuentro hallaré nuevas formas de enamorarme de ti y de amarte en secreto y casi subversivamente, que es la única manera que se me ocurre amarte.