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Profesión peligro

elbosco

Poeta fiel al portal
Hace tres días que anuncian una lluvia que no llega, y hoy amaneció soleado y despejado. Aquí en la isla, el clima suele ser más condicionante de lo es para la gente que vive en la ciudad, por eso hay que tenerlo muy presente.
Hacia el medio día, finalmente, el cielo se cubrió completamente.
Tarde o temprano tendría que poner la chapa que faltaba en el techo de la ampliación, y la inminente y pronosticada lluvia me estaba marcando el paso. Pero, ¡qué difícil es cortar con la rutina diaria!, salir de la comodidad de la silla de mi ofician, del mundo virtual del ordenador, un mundo brillante en el que uno puede abstraerse completamente de vicisitudes tan banales como el clima. Me resisto a dejar la seguridad de mi virtualidad para hacer algo tan trivial como tomar un martillo y clavos con cabeza de plomo y subir al techo a martillar una chapa.
Son las tres de la tarde. El cielo se puso más oscuro. Si llueve, por el techo sin terminar se mojará el piso de madera nuevo de ampliación de la casa que coloqué la semana pasada. Hay momentos en que la fuerza de las consecuencias no nos dejan alternativas y hay que actuar. Tengo que subir al techo y poner esa chapa de una vez por todas.
Me levanto, me cambio de ropa y voy a buscar el martillo y los clavos. La chapa, de un metro veinte por cuatro metros y medio, ya la había subido, no con poco esfuerzo, la semana pasada. Está apoyada sobre el techo, arriba, cerca de la cumbrera, justo al lado de donde tengo que colocarla.
Subo la escalera de siete metros y alcanzo el cielo. Camino por las chapas del techo, y me muevo de aquí para allá mirando el paisaje. Se me ocurre aprovechar para limpiar las pinochas de las casuarinas que se acumulan sobre las chapas y terminan tapando las canaletas. Bajo a buscar una escoba y vuelvo al techo y me pongo a barrer. El tiempo pasa. Mientras barro, me distraigo mirando la huerta abandonada, llena de malezas, veo las bases del resto de las columnas de la ampliación que aún no levanté. La obra se ha retrasado mucho, demasiado, y aún tengo tantas cosas pendientes para hacer. Termino de barrer las pinochas de las dos aguas del techo. Como si de aprovechar un merecido descanso se tratase, me quedo mirando las copas de los árboles, una lancha que pasa, un benteveo rayado sobre una de las cuatro soga que hacen de vientos a la última columna que levanté, que hace meses sigo sin afirmar. Estoy muy atrasado con la obra.
Bajo el tanque de reserva, una avispa obrera ha construido su pequeña colmena de barro de cuatro celdas. Me doy cuenta que estructura que sostiene el tanque está cada vez más oxidada.
Me pongo manos a la obra. La chapa ya no está donde recordaba haberla dejado. Se había desplazado cinco metros hasta la parte más baja del techo quedando trabada tan solo con la cabeza de uno de los bulones que sostienen las chapas puestas a la estructura. Si se hubiera deslizado un poco más, habría caído sobre el espacio donde acopio las maderas para reciclar, no hubiera habido nada que lamentar, pero mi esposa me hubiera el descuido y echado en cara el peligro potencial que hubiese representado. Y seguramente tendría razón. Casi siempre tiene razón cuando me reprocha cosas, aunque exagera mucho.
Me siento en la chapa y empiezo a bajar por la pendiente, a gatas y de espaldas, como una araña caminando al revés, hasta el borde de la chapa nueva. Cuando llego, la agarro y comienzo a subir. No es liviana y es difícil de manipular. Comienzo a subir y a arrastrar la chapa hasta volver a colocarla a la altura de la cumbrera en paralelo de donde debo colocarla.
Un relámpago surca el cielo casi al mismo tiempo que se escucha su tronar. Me quedo mirando un rato, demasiado rato. Repentinamente empiezan a caer pesadas gotas de lluvia. Miro hacia arriba mientas las gotas acarician mi rostro. Siento el frío del agua fresca en mi cuello y colándose por mi espalda. Agarro fuerte la chapa y sigo subiendo, pero me doy cuenta de que ya no puedo avanzar. Suelto la chapa y trato de sostenerme, pero la chapa mojadas se volvió tan resbaladizas que no puedo hacer la más mínima fuerza sin correr el riesgo de resbalar. Me quedo inmóvil, no se qué hacer. Trato de pararme y, antes de incorporarme caigo ruidosa y grotescamente y comienzo a deslizarme junto a la chapa que hasta hace unos instantes estaba tratando de subir. La chapa choca con la misma cabeza del bulón que antes la había detenido pero ahora no lo hace, y veo como comienza a caer en todo su largo, y yo tras ella. trato desesperadamente de asirme con las manos a la chapa, pero me deslizo irremediablemente. Escucho el ruido de la chapa al golpear las maderas acopiadas en la planta baja, y sigo deslizandome tras ella. Escucho un grito de mi esposa desde adentro de la casa. Busco aferrarme al techo, pero mis manos resbalan en la chapa mojada y sigo resbalando. Desperado, trato de alcanzar...

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Fernando M. Sassone
(PQR)
 
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Hace tres días que anuncian una lluvia que no llega, y hoy amaneció soleado y despejado. Pero hacia el medio día, el cielo se cubrió completamente.
Tarde o temprano tendría que poner la chapa que faltaba en el techo de la ampliación, y la pronosticada lluvia me marcaba el paso. Pero qué difícil es cortar con la rutina diaria y salir de la computadora, de ese mundo tan liso y brillante, y disponerse a tomar algo tan trivial como un martillo y clavos con cabeza de plomo.
Son las tres de la tarde. El cielo se puso más oscuro. Si llueve, por el techo sin terminar se mojará el piso de madera nuevo que coloqué la semana pasada. Tengo que subir al techo y poner esa chapa de una vez por todas.
Dejo la computadora, busco el martillo y los clavos. La chapa ya está arriba cerca de la cumbrera, donde tengo que colocarla.
Subo la escalera de siete metros y alcanzo el cielo. Camino un poco de aquí para allá mirando el paisaje. Aprovecho para limpiar las pinochas de las casuarinas. Me detengo mirando la huerta abandonada, llena de malezas. Tengo tantas cosas pendientes para hacer. Me distraigo mirando las copas de los árboles, una lancha que pasa, un benteveo rayado sobre una de las soga que sostienen la columna nueva. Bajo el tanque de reserva, una avispa obrera ha construído su colmena de barro. La estructura que sostiene el tanque está cada vez más oxidada.
Me pongo manos a la obra. La chapa ya no está donde la dejé, sobre la cumbrera, se deslizó cinco metros hasta la parte más baja del techo y quedó trabada con uno de los clavos de fijación de las chapas puestas. Si hubiera caído, lo hubiera hecho sobre el espacio donde acopio las maderas para reciclar, no habría nada que lamentar. Pero mi esposa sin duda me reprocharía que es un peligro que deje así las cosas. Seguramente tiene razón.
Me siento en la chapa y empiezo a bajar por la pendiente, a gatas y de espaldas, como una araña caminando al revés. Llego hasta la chapa y la agarro, no es liviana y es difícil de manipular. Comienzo a subir moviéndome hacia atrás, pero empleando una mano para sujetar la chapa.
Un relámpago surca el cielo casi al mismo tiempo que se escucha su tronar. Me quedo mirando un rato, demasiado rato. Repentinamente empiezan a caer pesadas gotas de lluvia. Me quedo mirando hacia arriba mientas las gotas acarician mi rostro. Siento el frío del agua fresca en mi cuello y colándose por mi espalda. Agarro fuerte la chapa y sigo subiendo, pero me doy cuenta de que ya no puedo avanzar. Las chapas nuevas son tan resbaladizas que no puedo hacer la más mínima fuerza sin correr el riesgo de resbalar. Me quedo inmóvil, no se qué hacer. Trato de pararme y casi el acto caigo grotescamente y me deslizo dos metros hacia abajo. Suelto la chapa y busco aferrarme al techo, pero sigo resbalando. Desperado, trato de alcanzar...

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Fernando M. Sassone
(PQR)


Vaya..., es un relato muy bueno, mantiene al lector absorto en las imágenes cotidianas, en la contemplación de los detalles tan bien descritos, un final redondo también. Felicidades, ha sido una muy grata lectura.

Un abrazo.

Palmira
 
Gra
Vaya..., es un relato muy bueno, mantiene al lector absorto en las imágenes cotidianas, en la contemplación de los detalles tan bien descritos, un final redondo también. Felicidades, ha sido una muy grata lectura.

Un abrazo.

Palmira


Gracias Palmira!! Ya me había olvidado de este texto y ahora que lo releo, le encuentro cosas para corregir. Ya las corrijo!

Besos
 
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