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Porfía

Angel Acosta

Poeta recién llegado
… vestía pulcro y… para compartir una taza de café… algunas tardes solía visitarnos… era un hombre fuerte, de manos hacendosas y según Conrado, (que fue ese su nombre) … un día… los vivos envidiarán los muertos… ¡vaya laberinto de palabras sobre la condición humana!… ¿sería esa la razón que me impulsó a narrar Porfía?... un episodio tan real como Mis Cómplices, por cierto, hasta hoy… mi consentido y también inédito segundo cuaderno de relatos… en fin, donde quiera que esté; dedico Porfía a Conrado, un tremendo amigo
La inconformidad pervierte esperanzas y entonces; desesperados, al precio que sea, anhelamos sobrevivir. Y poco importa el acecho del mal sobre el bien. Aunque, científicamente está demostrado que el mal prolonga la vida… ¡y no lo ponga en duda! ¿Cuántas personas buenas ha visto usted morir en la plenitud de sus días? Según estudios, por cada cinco hijos de puta hay una persona buena. Hoy vivir es un enredo. Un delirio. Por estos tiempos lo importante es la calidad de vida. Y para estirar al puñetero destino inventan dietas de sol, dietas con luna y hasta saborear nuestro propio orine. Son infinitos los aspirantes a no morirse. Aunque la frase preferida de Conrado rezaba que un día los vivos envidiarán los muertos. Sin embargo, no puedo negar que, en la humana existencia, las penas son badajos que encandilan tristezas. Como en esta historia donde, con una verónica llenita de Muerte, Conrado embrocó La Vida, ¡sisisi!, no se asombre, usted leyó bien, y por si acaso lo repito, en busca de La Muerte, Conrado asesinó La Vida. ¿Por qué lo hizo? ¡Ah! No sé. Tal vez las cosas del destino o el bendito destino de cada cosa. Ayer y sin mucho pensarlo, Conrado se lanzó delante de un camión y ahora está grave en la sala de cuidados intensivos, donde tratan de mantenerlo con vida. Sin embargo, no resulta fácil buscarle solución al problema. Cuentan que esta madrugada, con apagado hilo de voz, Conrado le confesó a una enfermera… dígale al doctor que… tan pronto me recupere, voy derechito hasta la vía del tren y cuando pase… ¡coño me tiro!



 
… vestía pulcro y… para compartir una taza de café… algunas tardes solía visitarnos… era un hombre fuerte, de manos hacendosas y según Conrado, (que fue ese su nombre) … un día… los vivos envidiarán los muertos… ¡vaya laberinto de palabras sobre la condición humana!… ¿sería esa la razón que me impulsó a narrar Porfía?... un episodio tan real como Mis Cómplices, por cierto, hasta hoy… mi consentido y también inédito segundo cuaderno de relatos… en fin, donde quiera que esté; dedico Porfía a Conrado, un tremendo amigo
La inconformidad pervierte esperanzas y entonces; desesperados, al precio que sea, anhelamos sobrevivir. Y poco importa el acecho del mal sobre el bien. Aunque, científicamente está demostrado que el mal prolonga la vida… ¡y no lo ponga en duda! ¿Cuántas personas buenas ha visto usted morir en la plenitud de sus días? Según estudios, por cada cinco hijos de puta hay una persona buena. Hoy vivir es un enredo. Un delirio. Por estos tiempos lo importante es la calidad de vida. Y para estirar al puñetero destino inventan dietas de sol, dietas con luna y hasta saborear nuestro propio orine. Son infinitos los aspirantes a no morirse. Aunque la frase preferida de Conrado rezaba que un día los vivos envidiarán los muertos. Sin embargo, no puedo negar que, en la humana existencia, las penas son badajos que encandilan tristezas. Como en esta historia donde, con una verónica llenita de Muerte, Conrado embrocó La Vida, ¡sisisi!, no se asombre, usted leyó bien, y por si acaso lo repito, en busca de La Muerte, Conrado asesinó La Vida. ¿Por qué lo hizo? ¡Ah! No sé. Tal vez las cosas del destino o el bendito destino de cada cosa. Ayer y sin mucho pensarlo, Conrado se lanzó delante de un camión y ahora está grave en la sala de cuidados intensivos, donde tratan de mantenerlo con vida. Sin embargo, no resulta fácil buscarle solución al problema. Cuentan que esta madrugada, con apagado hilo de voz, Conrado le confesó a una enfermera… dígale al doctor que… tan pronto me recupere, voy derechito hasta la vía del tren y cuando pase… ¡coño me tiro!

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Destaca más la lectura que la declamación robótica. Un saludo, Ángel.
 
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