jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
el enorme cansancio
de seguir viviendo
sin amor, sin sueños, con la aplastante certeza
de que cada día sólo representa
el lento -demasiado lento- acortamiento del lapso que nos separa
de llegar al punto en que por fin podremos
abandonar este cuerpo del que hace ya tanto
nos terminamos hartando y asimismo
dejar de fingir que todavía existe
algo que nos mueve hacia adelante cuando en realidad
sólo se trata de un simple reflejo de la inercia
suscitada a nivel orgánico en las profundidades
del instinto de supervivencia del animal que casi en su totalidad somos
-su resistencia a ceder y abandonarse y dejarse hundir-
lo que nos lleva cada día a levantarnos y retomar la rutina
convencernos de que debemos ponernos en marcha
una vez más y volver a nuestro sitio en el engranaje
de la enorme máquina que mueve el universo
como si verdaderamente resultara necesario
como si la locura no estuviese allí delante
el caos, la oscuridad, la muerte
la negación absoluta del sentido de todo lo que hacemos
-allí delante ya despuntando sobre el próximo horizonte-
o como si no estuviéramos dentro de un jodido túnel
que sólo tiene una salida: la nada
y realmente importara una mierda verse bien
repetir todos los días el mismo jodido ritual de arreglarse
darse un baño, rasurarse, peinarse
perfumarse, ponerse ropa limpia, abotonarse cada puto botón
en el orden correcto y hasta el cuello
-mientras el momento de nuestra extinción se acerca
minuto a minuto sin hacer la menor pausa-
y después de tomarse un café y echar un último vistazo
al espejo antes de salir a la calle no vaya a ser
que entretanto se nos haya torcido la corbata
buscar alguna actividad razonable y digna en que ocuparnos
durante las siguientes 8 horas y así contribuir
al desarrollo global económico mundial
de la civilización y que el progreso no se estanque
y buscar también en medio de todo ese ajetreo
alguien en cuya compañía tal vez aún podríamos sentir
que no todo está perdido, que quizás el amor
a pesar de llevarnos rehuyendo ya por décadas
se acordó de nosotros al cuarto para las doce y por lo tanto
no es tarde todavía ni resulta ya inútil
aferrarse a esa brizna de nada, esa mota de polvo
para creer que incluso si no lo tuvimos a manos llenas
un poco de él a fin de cuentas tendría el suficiente efecto
para reconciliarnos con la mala fortuna y el siniestro aire
de derrota y fracaso que practicamente saturó cada momento
la atmósfera y el tejido íntimo de nuestra vida y por lo cual
ahora somos carne de amargura y decepción
esos tipos jodidos, asqueados y hartos de la puta vida
que abren cada mañana de mala gana los ojos
y al ver la tenue línea de luz que se perfila detrás de la cortina
se preguntan con rencor y tristeza y nostalgia de no ser
"¿cuándo me terminará llevando la chingada de una puta vez?"