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Polichinela

miara

Poeta asiduo al portal
Polichinela de sonrisa triste,
de atuendo de negros
y morados lunares,
en la medianoche
del año que termina,
cogió un hatillo
donde recogía
todo lo que con él huía.

Ya nadie le necesitaba;
su dueña, caso no le hacía;
un juguete, viejo y anticuado,
que ante los más nuevos,
era ignorado y deslucía.

Con su andar torpe y vacilante,
por la puerta salió
mirando hacia el frente.
Un pensamiento flotó
en su cerebro de algodón,
recordando el momento
en que su caja se abrió.

Había fuegos artificiales
que daban claridad
a la oscuridad reinante,
y aunque por dentro temblaba
su decisión era firme,
nuevos horizontes buscaba.

El día se columpiaba
entre nubes dispersas
del mes que se estrenaba,
de ese año, cuyo número no recordaba.
Y Polichinela, lejos de la urbe,
se sentó sobre el verde
a recapacitar sobre su suerte.

Oyó un piar desesperado;
un pajarillo desde los árboles
habiase visto arrojado,
solo, desamparado,
a un cruel destino confiado,
tocando su corazón
de fieltro anaranjado.

Entre sus manos tibias
tomó al gorrioncillo,
prestándole el calor
que nunca antes
por su cuerpo circuló.
Contra él se apretujó,
y como a su madre le aceptó.

El aire murmuraba
de los prodigios que a veces
en el mundo se presentaban,
mientras Polichinela
la cabeza del gorrión
acariciaba con calma,
recordando la primera vez
en que su niña
entre sus brazos le acunara.
 
Polichinela de sonrisa triste,
de atuendo de negros
y morados lunares,
en la medianoche
del año que termina,
cogió un hatillo
donde recogía
todo lo que con él huía.

Ya nadie le necesitaba;
su dueña, caso no le hacía;
un juguete, viejo y anticuado,
que ante los más nuevos,
era ignorado y deslucía.

Con su andar torpe y vacilante,
por la puerta salió
mirando hacia el frente.
Un pensamiento flotó
en su cerebro de algodón,
recordando el momento
en que su caja se abrió.

Había fuegos artificiales
que daban claridad
a la oscuridad reinante,
y aunque por dentro temblaba
su decisión era firme,
nuevos horizontes buscaba.

El día se columpiaba
entre nubes dispersas
del mes que se estrenaba,
de ese año, cuyo número no recordaba.
Y Polichinela, lejos de la urbe,
se sentó sobre el verde
a recapacitar sobre su suerte.

Oyó un piar desesperado;
un pajarillo desde los árboles
habiase visto arrojado,
solo, desamparado,
a un cruel destino confiado,
tocando su corazón
de fieltro anaranjado.

Entre sus manos tibias
tomó al gorrioncillo,
prestándole el calor
que nunca antes
por su cuerpo circuló.
Contra él se apretujó,
y como a su madre le aceptó.

El aire murmuraba
de los prodigios que a veces
en el mundo se presentaban,
mientras Polichinela
la cabeza del gorrión
acariciaba con calma,
recordando la primera vez
en que su niña
entre sus brazos le acunara.
Me gusta porque recuerdo haber leido en mi niñez algún cuento triste que encogía a mi pequeño corazón. La verdad es que de pequeños los juguetes los cojemos con ilusión pero en cuanto llega alguno nuevo a los otros los abandonamos sin ningún miramiento, eso le pasó a la polichinela de tu poema que deseo encuentre la felicidad en otras pequeñas manos. Bello poema infantil amiga Miara. Paco.
 
Bien presentado este poema sobre el polichinela con un final muy sentimental, juguetes nuevos echan al olvido aquellos que se apreciaron en los primeros momentos.

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