Despojado de sus hojas, desnudo y frágil, nostálgico,
como ese ombú solitario, que espera callado al viento.
Un atardecer en sepia, un camino con sombras marcadas,
la mirada hacia el Oeste, en esa ventana de cobre,
como último vestigio de aquel navío ya olvidado,
buscando siempre la belleza, en forma de paz para alma
un torbellino de ideas, palabras sueltas y cursis autores
nada mejor que el otoño, con ese aroma a pasado, a recuerdos vagos de otras épocas.
Un fuerte ardor en el pecho, un abrumador pensamiento sobre los hombros
la vida misma repartiendo señales, acumulando momentos
y la musa que espera en cada rincón, en cada sensación
aguardando a aquellos jinetes de floridas historias,
de verdades infinitas, de mentiras despiadadas.
La estación avanza, la brisa trae algún recuerdo,
junto a Grieg la dulzura clásica del primer sol de la mañana.
El poeta sonríe, se funde en su propia experiencia, se observa a si mismo
sentado en esa vieja silla, y al recibir la grandeza de la conciencia
no puede más que agradecer.
como ese ombú solitario, que espera callado al viento.
Un atardecer en sepia, un camino con sombras marcadas,
la mirada hacia el Oeste, en esa ventana de cobre,
como último vestigio de aquel navío ya olvidado,
buscando siempre la belleza, en forma de paz para alma
un torbellino de ideas, palabras sueltas y cursis autores
nada mejor que el otoño, con ese aroma a pasado, a recuerdos vagos de otras épocas.
Un fuerte ardor en el pecho, un abrumador pensamiento sobre los hombros
la vida misma repartiendo señales, acumulando momentos
y la musa que espera en cada rincón, en cada sensación
aguardando a aquellos jinetes de floridas historias,
de verdades infinitas, de mentiras despiadadas.
La estación avanza, la brisa trae algún recuerdo,
junto a Grieg la dulzura clásica del primer sol de la mañana.
El poeta sonríe, se funde en su propia experiencia, se observa a si mismo
sentado en esa vieja silla, y al recibir la grandeza de la conciencia
no puede más que agradecer.