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pequeños aportes a la locura

prisionero inocente

Poeta que considera el portal su segunda casa
aporte 1



Ibamos para el monasterio
a comprar escobas.
Eras fenomenal, Claudia
y hasta los monjes te querrían.
Corrían a tu encuentro
con zapatos de dios,
parece que no tocaban la tormenta de esqueletos
que evadía de mi ser
y te complacían mostrando anchos abanicos
pintados con sangre de faisán.
Pero tú preguntabas por el que moldeaba escobas,
el más joven e inexperimentado, de ojos verdes.
¿Qué es lo que te decía al oído?
¿Apenas balbuceaba, verdad?
Pero te gustaba, Claudia
como gustan los ríos de poca piedra
y al instante te sonrojabas
como si estuvieras desnuda, desnuda en un cementerio.
Y él, que no tenía ni veinte años
tenía buenos dedos, uñas a tu gusto
transparentes como el chicle de la muerte
que se nos pega al alma, Claudia
y a otras entidades que adquirimos tras sulfurar la infancia.
Uñas largas de la medida que yo nunca pude conseguir
para hacer de ti una catedral de los orgasmos
cuando la noche fermentaba,
en el conjuro de las luciérnagas.
 
Última edición:
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Ibamos para el monasterio
a comprar escobas.
Eras fenomenal, Claudia
y hasta los monjes te querrían.
Corrían a tu encuentro
con zapatos de dios,
parece que no tocaban la tormenta de esqueletos
que evadía de mi ser
y te complacían mostrando anchos abanicos
pintados con sangre de faisán.
Pero tú preguntabas por el que moldeaba escobas,
el más joven e inexperimentado, de ojos verdes.
¿Qué es lo que te decía al oído?
¿Apenas balbuceaba, verdad?
Pero te gustaba, Claudia
como gustan los ríos de poca piedra
y al instante te sonrojabas
como si estuvieras desnuda, desnuda en un cementerio.
Y él, que no tenía ni veinte años
tenía buenos dedos, uñas a tu gusto
transparentes como el chicle de la muerte
que se nos pega al alma, Claudia
y a otras entidades que adquirimos tras sulfurar la infancia.
Uñas largas de la medida que yo nuca pude conseguir
para hacer de ti una catedral de los orgasmos
cuando la noche fermentaba,
en el conjuro de las luciérnagas.
Un hermoso instante, momentos, situaciones que hacen de este escrito un camino a deleitarse, excelente! un placer pasar por tus letras, saludos! y hasta el próximo verso.
 
Es hermoso cómo has edificado una historia con la piedras de tu talento para hablarnos de las apuestas del amor y sus pérdidas. Al menos, así lo veo yo. Fantástico poema, querido amigo. Mi admiración sincera. Un abrazo.
 
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Ibamos para el monasterio
a comprar escobas.
Eras fenomenal, Claudia
y hasta los monjes te querrían.
Corrían a tu encuentro
con zapatos de dios,
parece que no tocaban la tormenta de esqueletos
que evadía de mi ser
y te complacían mostrando anchos abanicos
pintados con sangre de faisán.
Pero tú preguntabas por el que moldeaba escobas,
el más joven e inexperimentado, de ojos verdes.
¿Qué es lo que te decía al oído?
¿Apenas balbuceaba, verdad?
Pero te gustaba, Claudia
como gustan los ríos de poca piedra
y al instante te sonrojabas
como si estuvieras desnuda, desnuda en un cementerio.
Y él, que no tenía ni veinte años
tenía buenos dedos, uñas a tu gusto
transparentes como el chicle de la muerte
que se nos pega al alma, Claudia
y a otras entidades que adquirimos tras sulfurar la infancia.
Uñas largas de la medida que yo nunca pude conseguir
para hacer de ti una catedral de los orgasmos
cuando la noche fermentaba,
en el conjuro de las luciérnagas.


Deleite unico para describir la relacion e intenciones en ese
vapor ardiente de los sentimientos abiertos. felicidades.
luzyabsenta
 
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Ibamos para el monasterio
a comprar escobas.
Eras fenomenal, Claudia
y hasta los monjes te querrían.
Corrían a tu encuentro
con zapatos de dios,
parece que no tocaban la tormenta de esqueletos
que evadía de mi ser
y te complacían mostrando anchos abanicos
pintados con sangre de faisán.
Pero tú preguntabas por el que moldeaba escobas,
el más joven e inexperimentado, de ojos verdes.
¿Qué es lo que te decía al oído?
¿Apenas balbuceaba, verdad?
Pero te gustaba, Claudia
como gustan los ríos de poca piedra
y al instante te sonrojabas
como si estuvieras desnuda, desnuda en un cementerio.
Y él, que no tenía ni veinte años
tenía buenos dedos, uñas a tu gusto
transparentes como el chicle de la muerte
que se nos pega al alma, Claudia
y a otras entidades que adquirimos tras sulfurar la infancia.
Uñas largas de la medida que yo nunca pude conseguir
para hacer de ti una catedral de los orgasmos
cuando la noche fermentaba,
en el conjuro de las luciérnagas.
Siempre logras atraparme en tu mundo de símbolos e imágenes, es como si me hicieras una autopsia emocional, muy interesante y bello poema, saludos y abrazos amigo poeta.
 
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Ibamos para el monasterio
a comprar escobas.
Eras fenomenal, Claudia
y hasta los monjes te querrían.
Corrían a tu encuentro
con zapatos de dios,
parece que no tocaban la tormenta de esqueletos
que evadía de mi ser
y te complacían mostrando anchos abanicos
pintados con sangre de faisán.
Pero tú preguntabas por el que moldeaba escobas,
el más joven e inexperimentado, de ojos verdes.
¿Qué es lo que te decía al oído?
¿Apenas balbuceaba, verdad?
Pero te gustaba, Claudia
como gustan los ríos de poca piedra
y al instante te sonrojabas
como si estuvieras desnuda, desnuda en un cementerio.
Y él, que no tenía ni veinte años
tenía buenos dedos, uñas a tu gusto
transparentes como el chicle de la muerte
que se nos pega al alma, Claudia
y a otras entidades que adquirimos tras sulfurar la infancia.
Uñas largas de la medida que yo nunca pude conseguir
para hacer de ti una catedral de los orgasmos
cuando la noche fermentaba,
en el conjuro de las luciérnagas.


Me encantan estas divagaciones mentales plenas de imágenes que invitan a fantasear, a dibujar historias, a trasladarse a otra dimensión.

Un placer Marius.

Abrazos

Palmira
 
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Ibamos para el monasterio
a comprar escobas.
Eras fenomenal, Claudia
y hasta los monjes te querrían.
Corrían a tu encuentro
con zapatos de dios,
parece que no tocaban la tormenta de esqueletos
que evadía de mi ser
y te complacían mostrando anchos abanicos
pintados con sangre de faisán.
Pero tú preguntabas por el que moldeaba escobas,
el más joven e inexperimentado, de ojos verdes.
¿Qué es lo que te decía al oído?
¿Apenas balbuceaba, verdad?
Pero te gustaba, Claudia
como gustan los ríos de poca piedra
y al instante te sonrojabas
como si estuvieras desnuda, desnuda en un cementerio.
Y él, que no tenía ni veinte años
tenía buenos dedos, uñas a tu gusto
transparentes como el chicle de la muerte
que se nos pega al alma, Claudia
y a otras entidades que adquirimos tras sulfurar la infancia.
Uñas largas de la medida que yo nunca pude conseguir
para hacer de ti una catedral de los orgasmos
cuando la noche fermentaba,
en el conjuro de las luciérnagas.


Interesante y con una historia separada que se genera en cada verso, al juntarse el universo formado es genial, buen escrito. Un gusto leerte, saludos desde Colombia.
 
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