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Pebeta

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa
En el pueblo de mi padre, todos se conocen, no es que sea muy pequeño, pero tampoco es grande; lo suficiente para poderlo considerar una familia, con las ventajas e inconvenientes que eso conlleva. Por lo tanto huelga decir que a Joaquín, a quien todo el mundo llamaba Quino, era uno más del pueblo y bien conocido. Quino era inquieto, pero inconstante, un personaje extraño de esos que se dan de vez en cuando y que terminan por ser famosos en su localidad por alguna razón, aunque ésta sea totalmente estrafalaria.


Un día el pueblo se despertó con asombro: Quino se iba a la Argentina. “Es algo que tengo muy meditado” decía a todo aquel con quien se encontraba. “Iré y buscaré algún negocio en el que prosperar y tal vez acabe volviendo al pueblo convertido en un indiano”. No sé bien cuánto tiempo lo meditó, pero los arreglos los hizo de forma rápida y en pocas semanas nuestro protagonista se subió al tren que le llevaría por media España hasta el puerto de Cádiz donde embarcaría. Se despidió de prácticamente todo el pueblo, dejando para el final el último abrazo a su madre, quien ya no contaba con volver a tenerlo entre los brazos en esta vida.


Durante varios días todas las conversaciones giraron alrededor de Quino, pero pronto otras novedades lo fueron relegando hasta caer en el olvido.


De esta manera sorprendió a todos que, pasados apenas seis meses de su marcha, Quino apareciese de nuevo por las calles villafranquinas. Mas, mayor sorpresa supuso el cambio que en él se había producido. Venía con aire de perdido, como aquel que llega de nuevo a un sitio desconocido, mirando todo con asombro. “¡Oh! Pero vos os fijás que pequeño es todo”. Traía un modo de hablar desconocido, que todo el mundo entendía, pero que no era la forma habitual de hablar allí. Es más incluso se dio el caso de no conocer a su madre cuando ésta corrió a estrecharle. “¡Pero qué pequeño es todo!”. Y resultaba que los montes de siempre ahora le parecían mínimos, y el río no pasaba de la consideración de charco en comparación con todo lo que había visto allá. “Vos sabés lo que es allá la Pampa, que está enorme…” y lo decía con una voz melodiosa en la que había desaparecido el acento gallego con que habló siempre con sus paisanos. Y traía una cazuelita que no soltaba nunca y que llamaba mate en la que siempre llevaba una infusión de hierbas amargas y de la que sorbía con una paja continuamente.


Pero lo más llamativo fue el llamar a los chavales pibes y a las chicas pebetas. “¡Eh, pebeta, vos querés que yo te cuente cosas de Argentina…”


Y, claro, pasó de ser Quino a ser Pebeta, pues los pueblos tienen siempre ese toque especial para poner motes a la gente.


Vivió cuarenta y tres años más en Villafranca, pero no dejó aquel acento dulce y aquella forma de hablar. Siguió contando lo pequeño que era todo en su pueblo y tomando mate, aunque nadie supiera de dónde sacaba aquellas hierbas.


Cuando falleció, los familiares y allegados pusieron en la esquela del periódico:


Rogad a Dios en caridad por el eterno descanso de
Joaquín García López
(Pebeta)
Vecino de Villafranca
 
En el pueblo de mi padre, todos se conocen, no es que sea muy pequeño, pero tampoco es grande; lo suficiente para poderlo considerar una familia, con las ventajas e inconvenientes que eso conlleva. Por lo tanto huelga decir que a Joaquín, a quien todo el mundo llamaba Quino, era uno más del pueblo y bien conocido. Quino era inquieto, pero inconstante, un personaje extraño de esos que se dan de vez en cuando y que terminan por ser famosos en su localidad por alguna razón, aunque ésta sea totalmente estrafalaria.


Un día el pueblo se despertó con asombro: Quino se iba a la Argentina. “Es algo que tengo muy meditado” decía a todo aquel con quien se encontraba. “Iré y buscaré algún negocio en el que prosperar y tal vez acabe volviendo al pueblo convertido en un indiano”. No sé bien cuánto tiempo lo meditó, pero los arreglos los hizo de forma rápida y en pocas semanas nuestro protagonista se subió al tren que le llevaría por media España hasta el puerto de Cádiz donde embarcaría. Se despidió de prácticamente todo el pueblo, dejando para el final el último abrazo a su madre, quien ya no contaba con volver a tenerlo entre los brazos en esta vida.


Durante varios días todas las conversaciones giraron alrededor de Quino, pero pronto otras novedades lo fueron relegando hasta caer en el olvido.


De esta manera sorprendió a todos que, pasados apenas seis meses de su marcha, Quino apareciese de nuevo por las calles villafranquinas. Mas, mayor sorpresa supuso el cambio que en él se había producido. Venía con aire de perdido, como aquel que llega de nuevo a un sitio desconocido, mirando todo con asombro. “¡Oh! Pero vos os fijás que pequeño es todo”. Traía un modo de hablar desconocido, que todo el mundo entendía, pero que no era la forma habitual de hablar allí. Es más incluso se dio el caso de no conocer a su madre cuando ésta corrió a estrecharle. “¡Pero qué pequeño es todo!”. Y resultaba que los montes de siempre ahora le parecían mínimos, y el río no pasaba de la consideración de charco en comparación con todo lo que había visto allá. “Vos sabés lo que es allá la Pampa, que está enorme…” y lo decía con una voz melodiosa en la que había desaparecido el acento gallego con que habló siempre con sus paisanos. Y traía una cazuelita que no soltaba nunca y que llamaba mate en la que siempre llevaba una infusión de hierbas amargas y de la que sorbía con una paja continuamente.


Pero lo más llamativo fue el llamar a los chavales pibes y a las chicas pebetas. “¡Eh, pebeta, vos querés que yo te cuente cosas de Argentina…”


Y, claro, pasó de ser Quino a ser Pebeta, pues los pueblos tienen siempre ese toque especial para poner motes a la gente.


Vivió cuarenta y tres años más en Villafranca, pero no dejó aquel acento dulce y aquella forma de hablar. Siguió contando lo pequeño que era todo en su pueblo y tomando mate, aunque nadie supiera de dónde sacaba aquellas hierbas.


Cuando falleció, los familiares y allegados pusieron en la esquela del periódico:


Rogad a Dios en caridad por el eterno descanso de
Joaquín García López
(Pebeta)
Vecino de Villafranca
Jajaja, no es de extrañar que se contagiese del acento Argentino y mucho.menos del mate, infusión muy común en ambos lados del río de la plata y que también encontrara el pueblo chiquito, nos ada a cualquiera que halla nacido en lugares así. Es una bellísima historia, contada con lujos de detalles y no por ello deja de ser muy real y certera, le faltó el tango y sería un completo "porteño". Felicitaciones Luis por su inmenso talento y magia que le pone a todos sus relatos, dejando al lector absorto en cada palabra. Saludos y aplausos para su maravillosa obra, Daniel
 
Última edición por un moderador:
En el pueblo de mi padre, todos se conocen, no es que sea muy pequeño, pero tampoco es grande; lo suficiente para poderlo considerar una familia, con las ventajas e inconvenientes que eso conlleva. Por lo tanto huelga decir que a Joaquín, a quien todo el mundo llamaba Quino, era uno más del pueblo y bien conocido. Quino era inquieto, pero inconstante, un personaje extraño de esos que se dan de vez en cuando y que terminan por ser famosos en su localidad por alguna razón, aunque ésta sea totalmente estrafalaria.


Un día el pueblo se despertó con asombro: Quino se iba a la Argentina. “Es algo que tengo muy meditado” decía a todo aquel con quien se encontraba. “Iré y buscaré algún negocio en el que prosperar y tal vez acabe volviendo al pueblo convertido en un indiano”. No sé bien cuánto tiempo lo meditó, pero los arreglos los hizo de forma rápida y en pocas semanas nuestro protagonista se subió al tren que le llevaría por media España hasta el puerto de Cádiz donde embarcaría. Se despidió de prácticamente todo el pueblo, dejando para el final el último abrazo a su madre, quien ya no contaba con volver a tenerlo entre los brazos en esta vida.


Durante varios días todas las conversaciones giraron alrededor de Quino, pero pronto otras novedades lo fueron relegando hasta caer en el olvido.


De esta manera sorprendió a todos que, pasados apenas seis meses de su marcha, Quino apareciese de nuevo por las calles villafranquinas. Mas, mayor sorpresa supuso el cambio que en él se había producido. Venía con aire de perdido, como aquel que llega de nuevo a un sitio desconocido, mirando todo con asombro. “¡Oh! Pero vos os fijás que pequeño es todo”. Traía un modo de hablar desconocido, que todo el mundo entendía, pero que no era la forma habitual de hablar allí. Es más incluso se dio el caso de no conocer a su madre cuando ésta corrió a estrecharle. “¡Pero qué pequeño es todo!”. Y resultaba que los montes de siempre ahora le parecían mínimos, y el río no pasaba de la consideración de charco en comparación con todo lo que había visto allá. “Vos sabés lo que es allá la Pampa, que está enorme…” y lo decía con una voz melodiosa en la que había desaparecido el acento gallego con que habló siempre con sus paisanos. Y traía una cazuelita que no soltaba nunca y que llamaba mate en la que siempre llevaba una infusión de hierbas amargas y de la que sorbía con una paja continuamente.


Pero lo más llamativo fue el llamar a los chavales pibes y a las chicas pebetas. “¡Eh, pebeta, vos querés que yo te cuente cosas de Argentina…”


Y, claro, pasó de ser Quino a ser Pebeta, pues los pueblos tienen siempre ese toque especial para poner motes a la gente.


Vivió cuarenta y tres años más en Villafranca, pero no dejó aquel acento dulce y aquella forma de hablar. Siguió contando lo pequeño que era todo en su pueblo y tomando mate, aunque nadie supiera de dónde sacaba aquellas hierbas.


Cuando falleció, los familiares y allegados pusieron en la esquela del periódico:


Rogad a Dios en caridad por el eterno descanso de
Joaquín García López
(Pebeta)
Vecino de Villafranca


Más allá de lo mucho que disfruto leyendo las historias de tus personajes que siempre llegan al corazón por la simpleza y tu manera de relatarnos sus vidas, me fue inevitable y muy emotivo leerte como si te oyera hablar en argentino.
Que vos digas mate, pibe, o pebeta, es lo verdaderamente especial de esta prosa tan "Luis marca registrada", ese sello que hace a tus obras tan características, tan inconfundibles y tan lindas.
La palabra pebeta aparece mucho en el tango que bailo poco, pero que sí canto desde chica

"El farolito de la calle en que nací
fue centinela de mi promesa de amor
bajo su quieta lucecita yo la vi
a mi pebeta luminosa como un sol..."
(Mi Buenos Aires querido)

Por todo esto disfruté de tu cuento, de ese intercambio idiomático hermoso de Joaquín, que derribó fronteras geográficas y políticas, porque la cultura está para compartirse y aprender.
Me encantó.
Un abrazo con mi admiración de siempre.
 
Última edición:
Jajaja, no es de extrañar que se contagiese del acento Argentino y mucho.menos del mate, infusión muy común en ambos lados del río de la plata y que también encontrara el pueblo chiquito, nos ada a cualquiera que halla nacido en lugares así. Es una bellísima historia, contada con lujos de detalles y no por ello deja de ser muy real y certera, le faltó el tango y sería un completo "porteño". Felicitaciones Luis por su inmenso talento y magia que le pone a todos sus relatos, dejando al lector absorto en cada palabra. Saludos y aplausos para su maravillosa obra, Daniel
Muchas gracias, Daniel, por acercarte hasta estas líneas en las que esbozo un relato que pretende tener un poco de chispa. He buscado lo más característico, pero he dejado al lado el tango, tal vez Quino no sepa silbar o entonce mal. Agradezco mucho sus palabras y su buen humor. Un abrazo.
 
Más allá de lo mucho que disfruto leyendo las historias de tus personajes que siempre llegan al corazón por la simpleza y tu manera de relatarnos sus vidas, me fue inevitable y muy emotivo leerte como si te oyera hablar en argentino.
Que vos digas mate, pibe, o pebeta, es lo verdaderamente especial de esta prosa tan "Luis marca registrada", ese sello que hace a tus obras tan características, tan inconfundibles y tan lindas.
La palabra pebeta aparece mucho en el tango que bailo poco, pero que sí canto desde chica

"El farolito de la calle en que nací
fue centinela de mi promesa de amor
bajo su quieta lucecita yo la vi
a mi pebeta luminosa como un sol..."
(Mi Buenos Aires querido)

Por todo esto disfruté de tu cuento, de ese intercambio idiomático hermoso de Joaquín, que derribó fronteras geográficas y políticas, porque la cultura está para compartirse y aprender.
Me encantó.
Un abrazo con mi admiración de siempre.
Bueno, no he de negar que me gustaría escucharte cantar ese tango, Cecy. Pero lo primero es lo primero ; gracias por acercarte a mis historias y dejarme palabras tan hermosas y gestos tan cariñosos. Es la historia que pudo ser de algún leonés de tantos como emigraron a tu tierra. La mayoría se afincaron allí, crearon sus familias y establecieron lazos de unión entre ambas tierras que espero que no se rompan nunca. Algunos enriquecieron, la mayoría tuvieron una vida de trabajo y familia, asentándose en aquella Patria nueva que pronto sintieron como suya. Otros volvieron, triunfadores o derrotados, pero yo he querido que mi Pebeta fuese especial. Por ello vuelve cambiado, tocado por aquellas gentes y aquella vida. Un pequeño homenaje a una comunidad que tuvo los brazos abiertos a tantos como necesitaban una oportunidad.
Me encanta encontrarte en mis letras, muchas veces me mueve a escribir el saber que tú vas a leer.
De nuevo gracias por tu amistad y tu presencia constante.
Un fraternal abrazo.
 
En el pueblo de mi padre, todos se conocen, no es que sea muy pequeño, pero tampoco es grande; lo suficiente para poderlo considerar una familia, con las ventajas e inconvenientes que eso conlleva. Por lo tanto huelga decir que a Joaquín, a quien todo el mundo llamaba Quino, era uno más del pueblo y bien conocido. Quino era inquieto, pero inconstante, un personaje extraño de esos que se dan de vez en cuando y que terminan por ser famosos en su localidad por alguna razón, aunque ésta sea totalmente estrafalaria.


Un día el pueblo se despertó con asombro: Quino se iba a la Argentina. “Es algo que tengo muy meditado” decía a todo aquel con quien se encontraba. “Iré y buscaré algún negocio en el que prosperar y tal vez acabe volviendo al pueblo convertido en un indiano”. No sé bien cuánto tiempo lo meditó, pero los arreglos los hizo de forma rápida y en pocas semanas nuestro protagonista se subió al tren que le llevaría por media España hasta el puerto de Cádiz donde embarcaría. Se despidió de prácticamente todo el pueblo, dejando para el final el último abrazo a su madre, quien ya no contaba con volver a tenerlo entre los brazos en esta vida.


Durante varios días todas las conversaciones giraron alrededor de Quino, pero pronto otras novedades lo fueron relegando hasta caer en el olvido.


De esta manera sorprendió a todos que, pasados apenas seis meses de su marcha, Quino apareciese de nuevo por las calles villafranquinas. Mas, mayor sorpresa supuso el cambio que en él se había producido. Venía con aire de perdido, como aquel que llega de nuevo a un sitio desconocido, mirando todo con asombro. “¡Oh! Pero vos os fijás que pequeño es todo”. Traía un modo de hablar desconocido, que todo el mundo entendía, pero que no era la forma habitual de hablar allí. Es más incluso se dio el caso de no conocer a su madre cuando ésta corrió a estrecharle. “¡Pero qué pequeño es todo!”. Y resultaba que los montes de siempre ahora le parecían mínimos, y el río no pasaba de la consideración de charco en comparación con todo lo que había visto allá. “Vos sabés lo que es allá la Pampa, que está enorme…” y lo decía con una voz melodiosa en la que había desaparecido el acento gallego con que habló siempre con sus paisanos. Y traía una cazuelita que no soltaba nunca y que llamaba mate en la que siempre llevaba una infusión de hierbas amargas y de la que sorbía con una paja continuamente.


Pero lo más llamativo fue el llamar a los chavales pibes y a las chicas pebetas. “¡Eh, pebeta, vos querés que yo te cuente cosas de Argentina…”


Y, claro, pasó de ser Quino a ser Pebeta, pues los pueblos tienen siempre ese toque especial para poner motes a la gente.


Vivió cuarenta y tres años más en Villafranca, pero no dejó aquel acento dulce y aquella forma de hablar. Siguió contando lo pequeño que era todo en su pueblo y tomando mate, aunque nadie supiera de dónde sacaba aquellas hierbas.


Cuando falleció, los familiares y allegados pusieron en la esquela del periódico:


Rogad a Dios en caridad por el eterno descanso de
Joaquín García López
(Pebeta)
Vecino de Villafranca
Es posible que pueda identificarme un poco con esta obra /relato suyo, hay pasajes que viví también después de estar un tiempo allí en aquel país. Es algo común que sucedan estas cosas, lamentablemente, y digo lamentable porque al adaptarse a costumbres y/o acentos del lugar, sólo se pretende hacer/vivir la vida más fácil con la gente del lugar,(para la aceptación) pero con la consecuencia de perder lo original de uno mismo. Una vez más, me gustó leerle, un saludo cordial
 
Es posible que pueda identificarme un poco con esta obra /relato suyo, hay pasajes que viví también después de estar un tiempo allí en aquel país. Es algo común que sucedan estas cosas, lamentablemente, y digo lamentable porque al adaptarse a costumbres y/o acentos del lugar, sólo se pretende hacer/vivir la vida más fácil con la gente del lugar,(para la aceptación) pero con la consecuencia de perder lo original de uno mismo. Una vez más, me gustó leerle, un saludo cordial
Me inspiró esta historia un personaje muy particular del pueblo de mis abuelos. Naturalmente, al escribir siempre se exagera y se tiende a caricaturizar. Si le agradó, me siento contento. Gracias por acercarse. Un cordial saludo.
 
En el pueblo de mi padre, todos se conocen, no es que sea muy pequeño, pero tampoco es grande; lo suficiente para poderlo considerar una familia, con las ventajas e inconvenientes que eso conlleva. Por lo tanto huelga decir que a Joaquín, a quien todo el mundo llamaba Quino, era uno más del pueblo y bien conocido. Quino era inquieto, pero inconstante, un personaje extraño de esos que se dan de vez en cuando y que terminan por ser famosos en su localidad por alguna razón, aunque ésta sea totalmente estrafalaria.


Un día el pueblo se despertó con asombro: Quino se iba a la Argentina. “Es algo que tengo muy meditado” decía a todo aquel con quien se encontraba. “Iré y buscaré algún negocio en el que prosperar y tal vez acabe volviendo al pueblo convertido en un indiano”. No sé bien cuánto tiempo lo meditó, pero los arreglos los hizo de forma rápida y en pocas semanas nuestro protagonista se subió al tren que le llevaría por media España hasta el puerto de Cádiz donde embarcaría. Se despidió de prácticamente todo el pueblo, dejando para el final el último abrazo a su madre, quien ya no contaba con volver a tenerlo entre los brazos en esta vida.


Durante varios días todas las conversaciones giraron alrededor de Quino, pero pronto otras novedades lo fueron relegando hasta caer en el olvido.


De esta manera sorprendió a todos que, pasados apenas seis meses de su marcha, Quino apareciese de nuevo por las calles villafranquinas. Mas, mayor sorpresa supuso el cambio que en él se había producido. Venía con aire de perdido, como aquel que llega de nuevo a un sitio desconocido, mirando todo con asombro. “¡Oh! Pero vos os fijás que pequeño es todo”. Traía un modo de hablar desconocido, que todo el mundo entendía, pero que no era la forma habitual de hablar allí. Es más incluso se dio el caso de no conocer a su madre cuando ésta corrió a estrecharle. “¡Pero qué pequeño es todo!”. Y resultaba que los montes de siempre ahora le parecían mínimos, y el río no pasaba de la consideración de charco en comparación con todo lo que había visto allá. “Vos sabés lo que es allá la Pampa, que está enorme…” y lo decía con una voz melodiosa en la que había desaparecido el acento gallego con que habló siempre con sus paisanos. Y traía una cazuelita que no soltaba nunca y que llamaba mate en la que siempre llevaba una infusión de hierbas amargas y de la que sorbía con una paja continuamente.


Pero lo más llamativo fue el llamar a los chavales pibes y a las chicas pebetas. “¡Eh, pebeta, vos querés que yo te cuente cosas de Argentina…”


Y, claro, pasó de ser Quino a ser Pebeta, pues los pueblos tienen siempre ese toque especial para poner motes a la gente.


Vivió cuarenta y tres años más en Villafranca, pero no dejó aquel acento dulce y aquella forma de hablar. Siguió contando lo pequeño que era todo en su pueblo y tomando mate, aunque nadie supiera de dónde sacaba aquellas hierbas.


Cuando falleció, los familiares y allegados pusieron en la esquela del periódico:


Rogad a Dios en caridad por el eterno descanso de
Joaquín García López
(Pebeta)
Vecino de Villafranca
Pobre Quino, la gente de Villafranca lo amaba y lo despedía con cariño fraternal y lo recibía igual y seguro que el día en que murió fue todo el pueblo al entierro a acompañarlo por última vez. Ayyy Luís yo también me crié en un pueblecito de unos 6.000 habitantes, allí todo el mundo se conocía y se saludaba y cada famia tenía su mote que solíamos llevar con orgullo y cariño, ay qué tiempo aquel más feliz, para un niño o niña vivir en un pueblo le da más cabida a su fantasía y le permite juegos más libres y menos condicionados por internet.
Ha sido un placer leerte querido amigo, siempre lo es. Muchos besos para ti colmados de admiración, gratitud y cariño....muáááááácksssssssss....
 
En el pueblo de mi padre, todos se conocen, no es que sea muy pequeño, pero tampoco es grande; lo suficiente para poderlo considerar una familia, con las ventajas e inconvenientes que eso conlleva. Por lo tanto huelga decir que a Joaquín, a quien todo el mundo llamaba Quino, era uno más del pueblo y bien conocido. Quino era inquieto, pero inconstante, un personaje extraño de esos que se dan de vez en cuando y que terminan por ser famosos en su localidad por alguna razón, aunque ésta sea totalmente estrafalaria.


Un día el pueblo se despertó con asombro: Quino se iba a la Argentina. “Es algo que tengo muy meditado” decía a todo aquel con quien se encontraba. “Iré y buscaré algún negocio en el que prosperar y tal vez acabe volviendo al pueblo convertido en un indiano”. No sé bien cuánto tiempo lo meditó, pero los arreglos los hizo de forma rápida y en pocas semanas nuestro protagonista se subió al tren que le llevaría por media España hasta el puerto de Cádiz donde embarcaría. Se despidió de prácticamente todo el pueblo, dejando para el final el último abrazo a su madre, quien ya no contaba con volver a tenerlo entre los brazos en esta vida.


Durante varios días todas las conversaciones giraron alrededor de Quino, pero pronto otras novedades lo fueron relegando hasta caer en el olvido.


De esta manera sorprendió a todos que, pasados apenas seis meses de su marcha, Quino apareciese de nuevo por las calles villafranquinas. Mas, mayor sorpresa supuso el cambio que en él se había producido. Venía con aire de perdido, como aquel que llega de nuevo a un sitio desconocido, mirando todo con asombro. “¡Oh! Pero vos os fijás que pequeño es todo”. Traía un modo de hablar desconocido, que todo el mundo entendía, pero que no era la forma habitual de hablar allí. Es más incluso se dio el caso de no conocer a su madre cuando ésta corrió a estrecharle. “¡Pero qué pequeño es todo!”. Y resultaba que los montes de siempre ahora le parecían mínimos, y el río no pasaba de la consideración de charco en comparación con todo lo que había visto allá. “Vos sabés lo que es allá la Pampa, que está enorme…” y lo decía con una voz melodiosa en la que había desaparecido el acento gallego con que habló siempre con sus paisanos. Y traía una cazuelita que no soltaba nunca y que llamaba mate en la que siempre llevaba una infusión de hierbas amargas y de la que sorbía con una paja continuamente.


Pero lo más llamativo fue el llamar a los chavales pibes y a las chicas pebetas. “¡Eh, pebeta, vos querés que yo te cuente cosas de Argentina…”


Y, claro, pasó de ser Quino a ser Pebeta, pues los pueblos tienen siempre ese toque especial para poner motes a la gente.


Vivió cuarenta y tres años más en Villafranca, pero no dejó aquel acento dulce y aquella forma de hablar. Siguió contando lo pequeño que era todo en su pueblo y tomando mate, aunque nadie supiera de dónde sacaba aquellas hierbas.


Cuando falleció, los familiares y allegados pusieron en la esquela del periódico:


Rogad a Dios en caridad por el eterno descanso de
Joaquín García López
(Pebeta)
Vecino de Villafranca
Excelentes letras estimado Luis. Muy emotivas. Un abrazo con la pluma del alma. Buen día
 
Pobre Quino, la gente de Villafranca lo amaba y lo despedía con cariño fraternal y lo recibía igual y seguro que el día en que murió fue todo el pueblo al entierro a acompañarlo por última vez. Ayyy Luís yo también me crié en un pueblecito de unos 6.000 habitantes, allí todo el mundo se conocía y se saludaba y cada famia tenía su mote que solíamos llevar con orgullo y cariño, ay qué tiempo aquel más feliz, para un niño o niña vivir en un pueblo le da más cabida a su fantasía y le permite juegos más libres y menos condicionados por internet.
Ha sido un placer leerte querido amigo, siempre lo es. Muchos besos para ti colmados de admiración, gratitud y cariño....muáááááácksssssssss....
Pebeta tiene parte de realidad,, de esa realidad que se daba en los pueblos pequeños, donde se buscaba un motivo para poner un mote. Naturalmente idealiza la historia, es lo que nos gusta a quienes escribimos. Me alegra que te haya gustado. Aporta algo de lo humano que tiene las relaciones en una sociedad pequeña. Gracias por tus bellas palabras, Isabel, me emocionan pues sé que llegan rodeadas de cariño. Un fuerte abrazo y un montón de besos.
 
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