Kein Williams
Poeta fiel al portal
¿Para qué tanta salud, mi Dios?
Si ahora estoy enfermo.
Se me cuela entre las venas
y recorre todo mi cuerpo.
Se encadena en mi cintura
y me aprieta fuerte el pecho.
¿Para qué tanto de vida,
si se fue y quedé deshecho?
¿Para qué tanta alegría, señor?
Si en segundos me ha acabado.
E inundado en la tristeza quedé
pues se ha ido de mi lado.
Y como en obra de Rodín
me quedé como una estatua
que sentado solo la piensa
y el dolor me desbarata.
¿Para qué la conocí, Padre mío?
Si me ha pagado con su ausencia.
Se fue y me dejó su recuerdo
como fuego que me quema.
Y la soledad me sonríe
mientras el dolor se acerca
«Jamás te quiso», me dicen
las flores que yacen muertas.
¿Para qué la he amado, Padre Celestial?
Si hoy soy un muerto en vida.
Embriagado de un pasado
que mi mente no olvida.
Y ese es mi mayor problema
pues echo más sal a la herida
sabiendo que si ella regresa
sin dudas la perdonaría.
Y callo la última pregunta,
pues creo que Él ya lo sabe,
¿para qué habría de consultar
algo que es lo más probable?
Porque es más que evidente
que ella está en otros brazos,
y yo soy solo tierra arrasada
que acabó hecha pedazos.
Esta angustia es asfixiante
y duele saberse traicionado,
más después de haber leído
el papel que me ha dejado.
«No te merecés esto, lo siento.
Y sé que nuestro hogar destruyo.
Y perdóname, por favor, no había de otra.
Y aunque no lo creas, sí me importas
y sé que este niño era tu mayor orgullo
pero ya no podía ocultar más el secreto
pues lastimosamente el bebé no es tuyo».
¿Para qué seguir después de esto?
Solo miro las vigas y me quedo callado.
El alma me duele, siento que se me escapa
y el frío en mis pies me tiene congelado.
¿Para qué tanta vida, mi Dios, para qué?
Y la brisa sopla, así siento su abrazo.
Y lloro. Estoy triste. Pero no he de caer.
¿Para qué los malos pensamientos
si Él no me ha abandonado?
Me acuesto con mi pena.
Ya pasará aunque me cueste,
quizá y hasta soñaré con ella
pues aún la tengo presente.
Que sea feliz y le vaya bien
total, para qué desearle mal.
No me quiso, ya ni modo,
la vida debe continuar.
Si ahora estoy enfermo.
Se me cuela entre las venas
y recorre todo mi cuerpo.
Se encadena en mi cintura
y me aprieta fuerte el pecho.
¿Para qué tanto de vida,
si se fue y quedé deshecho?
¿Para qué tanta alegría, señor?
Si en segundos me ha acabado.
E inundado en la tristeza quedé
pues se ha ido de mi lado.
Y como en obra de Rodín
me quedé como una estatua
que sentado solo la piensa
y el dolor me desbarata.
¿Para qué la conocí, Padre mío?
Si me ha pagado con su ausencia.
Se fue y me dejó su recuerdo
como fuego que me quema.
Y la soledad me sonríe
mientras el dolor se acerca
«Jamás te quiso», me dicen
las flores que yacen muertas.
¿Para qué la he amado, Padre Celestial?
Si hoy soy un muerto en vida.
Embriagado de un pasado
que mi mente no olvida.
Y ese es mi mayor problema
pues echo más sal a la herida
sabiendo que si ella regresa
sin dudas la perdonaría.
Y callo la última pregunta,
pues creo que Él ya lo sabe,
¿para qué habría de consultar
algo que es lo más probable?
Porque es más que evidente
que ella está en otros brazos,
y yo soy solo tierra arrasada
que acabó hecha pedazos.
Esta angustia es asfixiante
y duele saberse traicionado,
más después de haber leído
el papel que me ha dejado.
«No te merecés esto, lo siento.
Y sé que nuestro hogar destruyo.
Y perdóname, por favor, no había de otra.
Y aunque no lo creas, sí me importas
y sé que este niño era tu mayor orgullo
pero ya no podía ocultar más el secreto
pues lastimosamente el bebé no es tuyo».
¿Para qué seguir después de esto?
Solo miro las vigas y me quedo callado.
El alma me duele, siento que se me escapa
y el frío en mis pies me tiene congelado.
¿Para qué tanta vida, mi Dios, para qué?
Y la brisa sopla, así siento su abrazo.
Y lloro. Estoy triste. Pero no he de caer.
¿Para qué los malos pensamientos
si Él no me ha abandonado?
Me acuesto con mi pena.
Ya pasará aunque me cueste,
quizá y hasta soñaré con ella
pues aún la tengo presente.
Que sea feliz y le vaya bien
total, para qué desearle mal.
No me quiso, ya ni modo,
la vida debe continuar.