blue spring
Poeta recién llegado
Nunca se sabe con quién se viaja
El taxi avanzaba a los saltos sobre la calle adoquinada. En la ciudad desierta, bajo la bóveda verde de los árboles, se podía escuchar el rumor de las hojas al moverse con el viento.
La tecnología, uno de los dioses de la nueva religión politeísta del siglo XXI, le permitía trabajar cómoda y segura. Ésta era una de las pocas oportunidades en las que le rendía culto. La vigilancia satelital disuadía a los asaltantes y el aire acondicionado le permitía sobrellevar el calor, que irradiaban el hormigón y el asfalto en los veranos de Buenos Aires.
La radio anunció "un viaje" para un pasajero con "animal doméstico", en una dirección cercana al lugar en que se encontraba. Muchos chóferes preferían no efectuar ese tipo de viajes. El coche podía quedar sucio, lleno de pelos o el singular pasajero ser muy agresivo. Aceptó el viaje, pulsando un botón en el panel satelital. Seguidamente le transmitieron la dirección exacta a la cuál debía dirigirse.
Era un barrio de casas bajas, la mayor parte de estilo inglés o renacentista italiano. Manejaba con tranquilidad, había tiempo y recorría con placidez la transparencia de los colores en los vitreaux, alguna fuente con una figura de inspiración románica o las jardineras en con flores en las ventanas.
Al llegar en una reja con aire colonial la esperaba su pasajero.
Tendría unos 14 años. Tenía un rostro aniñado con algún atisbo de barba, ojos asombrados y un mechón flúo sobre la frente. Vestía una remera con inscripciones de algún grupo de rock y unos vaqueros excesivamente grandes.
El muchacho ascendió al coche y le indicó la dirección a la cual debían dirigirse. Llevaba una bolsa confeccionada en una tela rústica, donde aparentemente llevaba a su mascota.
Inesperadamente le pidió que apagara el aire acondicionado porque el cambio brusco de temperatura podía afectar a la mascota. Accedió de mala gana.
Intrigada por saber cuál era el contenido de la bolsa espiaba por el espejito a su pasajero. De la bolsa emergió una cabeza triangular de brillantes colores a la que el muchacho acarició con un dedo. Una lengua bífida asomaba rítmicamente. Lentamente el cuerpo se fue enroscando en el brazo de su dueño. El muchacho embelesado seguía acariciando la mascota.
Ella comenzó a sentir que le transpiraban las manos. Estaba inquieta, el animal parecía no ser peligroso pero cuando trepó hasta el cuello del muchacho sintió nauseas y un escalofrío le recorrió la espalda al ver la lengua en su perpetuo movimiento junto a la mejilla de su dueño.
Se sintió la protagonista de "Cuentos de la selva". ¡Ese, no era un "animal doméstico"! Estaba dispuesta a viajar con un San Bernardo o un gato o un conejo pero una víbora excedía su tolerancia.
Llegaron a destino, el muchacho abonó el viaje y descendió con su mascota.
Recobrada de la experiencia reflexionó, nunca se sabe con quién se viaja.
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El taxi avanzaba a los saltos sobre la calle adoquinada. En la ciudad desierta, bajo la bóveda verde de los árboles, se podía escuchar el rumor de las hojas al moverse con el viento.
La tecnología, uno de los dioses de la nueva religión politeísta del siglo XXI, le permitía trabajar cómoda y segura. Ésta era una de las pocas oportunidades en las que le rendía culto. La vigilancia satelital disuadía a los asaltantes y el aire acondicionado le permitía sobrellevar el calor, que irradiaban el hormigón y el asfalto en los veranos de Buenos Aires.
La radio anunció "un viaje" para un pasajero con "animal doméstico", en una dirección cercana al lugar en que se encontraba. Muchos chóferes preferían no efectuar ese tipo de viajes. El coche podía quedar sucio, lleno de pelos o el singular pasajero ser muy agresivo. Aceptó el viaje, pulsando un botón en el panel satelital. Seguidamente le transmitieron la dirección exacta a la cuál debía dirigirse.
Era un barrio de casas bajas, la mayor parte de estilo inglés o renacentista italiano. Manejaba con tranquilidad, había tiempo y recorría con placidez la transparencia de los colores en los vitreaux, alguna fuente con una figura de inspiración románica o las jardineras en con flores en las ventanas.
Al llegar en una reja con aire colonial la esperaba su pasajero.
Tendría unos 14 años. Tenía un rostro aniñado con algún atisbo de barba, ojos asombrados y un mechón flúo sobre la frente. Vestía una remera con inscripciones de algún grupo de rock y unos vaqueros excesivamente grandes.
El muchacho ascendió al coche y le indicó la dirección a la cual debían dirigirse. Llevaba una bolsa confeccionada en una tela rústica, donde aparentemente llevaba a su mascota.
Inesperadamente le pidió que apagara el aire acondicionado porque el cambio brusco de temperatura podía afectar a la mascota. Accedió de mala gana.
Intrigada por saber cuál era el contenido de la bolsa espiaba por el espejito a su pasajero. De la bolsa emergió una cabeza triangular de brillantes colores a la que el muchacho acarició con un dedo. Una lengua bífida asomaba rítmicamente. Lentamente el cuerpo se fue enroscando en el brazo de su dueño. El muchacho embelesado seguía acariciando la mascota.
Ella comenzó a sentir que le transpiraban las manos. Estaba inquieta, el animal parecía no ser peligroso pero cuando trepó hasta el cuello del muchacho sintió nauseas y un escalofrío le recorrió la espalda al ver la lengua en su perpetuo movimiento junto a la mejilla de su dueño.
Se sintió la protagonista de "Cuentos de la selva". ¡Ese, no era un "animal doméstico"! Estaba dispuesta a viajar con un San Bernardo o un gato o un conejo pero una víbora excedía su tolerancia.
Llegaron a destino, el muchacho abonó el viaje y descendió con su mascota.
Recobrada de la experiencia reflexionó, nunca se sabe con quién se viaja.
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