Se cumple la traición del acuario,
yo te pronuncio y tú vienes como malva
o escondite en un rostro delgado.
Nuestro mar guarda un tesoro
tan simple como tu piel,
en el oasis negro las preguntas vomitan estelas de viernes,
la humedad y su caos,
el perdón de los vidrios
y la ternura de un ópalo abierto al aire.
Amor, el viaje nos ilumina, enciende nuestra estatura,
pone candiles en los ojos del suspiro, París emerge
como una hiena dulce, atemperada en rojos,
mordida por el agua de los sueños.
Amanecimos como navíos agrestes,
asomados al delirio de un surtidor gris,
era otoño, la luz posaba sus párpados de vieja
en los naranjos taciturnos, cerca de Ópera
el verde era mas verde, los cafés formaban un remolino
de relojes azules, la prisión de los semáforos,
los puestos de flores, vaciaban su eco
como nenúfares ambiguos.
Fue allí,
donde la sombra acicala su mortal precipicio,
donde hombres desdentados asoman sus mutiladas formas,
donde los museos crecen como ratoneras de cristal,
fue allí en esa pared dibujada por el dios de la muerte,
por los nudillos negros, donde el mercurio de las venas
columpió sus crines.
París de tejados nobles, de cúpulas y formas de ángel,
de hambre y ríos de luz; yo no soy nadie,
pero una antigua senda de pronto me lleva a tus cráteres,
me enciende en tus signos y me devuelve a la verdad de tus arterias.
yo te pronuncio y tú vienes como malva
o escondite en un rostro delgado.
Nuestro mar guarda un tesoro
tan simple como tu piel,
en el oasis negro las preguntas vomitan estelas de viernes,
la humedad y su caos,
el perdón de los vidrios
y la ternura de un ópalo abierto al aire.
Amor, el viaje nos ilumina, enciende nuestra estatura,
pone candiles en los ojos del suspiro, París emerge
como una hiena dulce, atemperada en rojos,
mordida por el agua de los sueños.
Amanecimos como navíos agrestes,
asomados al delirio de un surtidor gris,
era otoño, la luz posaba sus párpados de vieja
en los naranjos taciturnos, cerca de Ópera
el verde era mas verde, los cafés formaban un remolino
de relojes azules, la prisión de los semáforos,
los puestos de flores, vaciaban su eco
como nenúfares ambiguos.
Fue allí,
donde la sombra acicala su mortal precipicio,
donde hombres desdentados asoman sus mutiladas formas,
donde los museos crecen como ratoneras de cristal,
fue allí en esa pared dibujada por el dios de la muerte,
por los nudillos negros, donde el mercurio de las venas
columpió sus crines.
París de tejados nobles, de cúpulas y formas de ángel,
de hambre y ríos de luz; yo no soy nadie,
pero una antigua senda de pronto me lleva a tus cráteres,
me enciende en tus signos y me devuelve a la verdad de tus arterias.