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No resuenan las palabras

Anna Politkóvskaya

Poeta fiel al portal
El viento no puede arrastrar
las palabras todas que caen en el olvido:
semejantes a los muchos muertos
invisibles para la historia,
se posan pesadamente
como ciudades perdidas
en algún oculto estercolero
de la humanidad
que, atrapada en un flamígero presente,
jamás las echará en falta.

En las calles no resuenan las palabras
como mariposas en vuelo o besos de aire.
Cruzan sus miradas los transeúntes,
pero sus ojos son dos flores secas.
Algún constructor de puentes
rompe el silencio gritando “¡Amor!”
y desde las azoteas de los edificios
como pájaros consumidos de apocalipsis
empiezan a caer hombres,
mujeres, ancianos y niños mojando
el asfalto y las aceras
con sus líquidos cuerpos de oscuro escarlata.

Como una planta de raíces carnívoras
un aciago muro de silencio
lanza su feroz ataque contra la civilización
derribando árboles de la ciencia,
torres de Babel y bibliotecas,
y devorando a su paso los diccionarios,
las lenguas carnosas y las pocas palabras
que aún esconden en sus manos
los poetas ingenuos.

No amanece el pájaro y el viento calla.
Ya no hay canto ni zumbido de abeja,
ya no hay versos,
solo el chirriante silencio
del escombro y del hierro oxidado.
Es el tiempo de las serpientes,
de la soledad ocupando ahora el lugar
de la bella durmiente desde que los labios
se han quedado sin respuestas
y de la desolación imponiendo su tiranía
en todos los espacios con la muerte del eco
y el naufragio de la memoria.
 
Última edición:
El viento no puede arrastrar
las palabras todas que caen en el olvido:
pesan como los muchos muertos
invisibles para la historia
y se posan pesadamente,
como ciudades perdidas,
en algún oculto estercolero
de la humanidad
que, atrapada en un flamígero presente,
jamás las echará en falta.

En las calles no resuenan las palabras
como mariposas en vuelo o besos de aire.
Cruzan sus miradas los transeúntes,
pero sus ojos son dos flores secas.
Algún constructor de puentes
rompe el silencio gritando “¡Amor!”
y desde las azoteas de los edificios
como pájaros consumidos de apocalipsis
empiezan a caer hombres,
mujeres, ancianos y niños mojando
el asfalto y las aceras
con sus líquidos cuerpos de oscuro escarlata.

Un aciago muro de silencio
como una planta de raíces carnívoras
lanza su feroz ataque contra la civilización
derribando árboles de la ciencia,
torres de Babel y bibliotecas;
y devorando a su paso los diccionarios,
las lenguas carnosas y las pocas palabras
que aún esconden en sus manos
los poetas ingenuos.

No amanece el pájaro y el viento calla.
Ya no hay canto ni zumbido de abeja,
ya no hay versos,
solo el chirriante silencio
del escombro y del hierro oxidado.
Es el tiempo de las serpientes,
de la soledad ocupando ahora el lugar
de la bella durmiente desde que los labios
se han quedado sin respuestas
y de la desolación imponiendo su tiranía
en todos los espacios con la muerte del eco
y el naufragio de la memoria.
Fue muy placentera la lectura, las imágenes sensoriales que me transmitió encadenó muchas secuencias que siempre me llevan a pensar y sobre todo me impactó el chirrido y el silencio desgarrador que describes. Saludos.
 
El viento no puede arrastrar
las palabras todas que caen en el olvido:
pesan como los muchos muertos
invisibles para la historia
y se posan pesadamente,
como ciudades perdidas,
en algún oculto estercolero
de la humanidad
que, atrapada en un flamígero presente,
jamás las echará en falta.

En las calles no resuenan las palabras
como mariposas en vuelo o besos de aire.
Cruzan sus miradas los transeúntes,
pero sus ojos son dos flores secas.
Algún constructor de puentes
rompe el silencio gritando “¡Amor!”
y desde las azoteas de los edificios
como pájaros consumidos de apocalipsis
empiezan a caer hombres,
mujeres, ancianos y niños mojando
el asfalto y las aceras
con sus líquidos cuerpos de oscuro escarlata.

Un aciago muro de silencio
como una planta de raíces carnívoras
lanza su feroz ataque contra la civilización
derribando árboles de la ciencia,
torres de Babel y bibliotecas;
y devorando a su paso los diccionarios,
las lenguas carnosas y las pocas palabras
que aún esconden en sus manos
los poetas ingenuos.

No amanece el pájaro y el viento calla.
Ya no hay canto ni zumbido de abeja,
ya no hay versos,
solo el chirriante silencio
del escombro y del hierro oxidado.
Es el tiempo de las serpientes,
de la soledad ocupando ahora el lugar
de la bella durmiente desde que los labios
se han quedado sin respuestas
y de la desolación imponiendo su tiranía
en todos los espacios con la muerte del eco
y el naufragio de la memoria.

Me gustó mucho, Anna. Muy bella poesía. ¡Bravo, poeta!
 
El viento no puede arrastrar
las palabras todas que caen en el olvido:
semejantes a los muchos muertos
invisibles para la historia,
se posan pesadamente
como ciudades perdidas
en algún oculto estercolero
de la humanidad
que, atrapada en un flamígero presente,
jamás las echará en falta.

En las calles no resuenan las palabras
como mariposas en vuelo o besos de aire.
Cruzan sus miradas los transeúntes,
pero sus ojos son dos flores secas.
Algún constructor de puentes
rompe el silencio gritando “¡Amor!”
y desde las azoteas de los edificios
como pájaros consumidos de apocalipsis
empiezan a caer hombres,
mujeres, ancianos y niños mojando
el asfalto y las aceras
con sus líquidos cuerpos de oscuro escarlata.

Como una planta de raíces carnívoras
un aciago muro de silencio
lanza su feroz ataque contra la civilización
derribando árboles de la ciencia,
torres de Babel y bibliotecas,
y devorando a su paso los diccionarios,
las lenguas carnosas y las pocas palabras
que aún esconden en sus manos
los poetas ingenuos.

No amanece el pájaro y el viento calla.
Ya no hay canto ni zumbido de abeja,
ya no hay versos,
solo el chirriante silencio
del escombro y del hierro oxidado.
Es el tiempo de las serpientes,
de la soledad ocupando ahora el lugar
de la bella durmiente desde que los labios
se han quedado sin respuestas
y de la desolación imponiendo su tiranía
en todos los espacios con la muerte del eco
y el naufragio de la memoria.

Pero tú estás viva, Ana, aunque sea para reclamar por el viento que calla y por la abeja y por el verso que ya no queda. Por el exceso de serpientes, por la bella durmiente amenazada.

No naufraga tu memoria aunque las plantas feroces te hundan en la mano el diente y la arrogancia des-humana hecha veneno te piense ingenua, incapaz de besarla y volverla planta buena.

¿Sabes? No estás, no estés... sola, Poeta. La soledad es la mejor muerte que tienen, para quienes -como tú- alcanzan a darse cuenta, los que creen que el mundo es tan solo una excitante ternera asada que comerse y luego echar los huesos.
 
Última edición:
El viento no puede arrastrar
las palabras todas que caen en el olvido:
semejantes a los muchos muertos
invisibles para la historia,
se posan pesadamente
como ciudades perdidas
en algún oculto estercolero
de la humanidad
que, atrapada en un flamígero presente,
jamás las echará en falta.

En las calles no resuenan las palabras
como mariposas en vuelo o besos de aire.
Cruzan sus miradas los transeúntes,
pero sus ojos son dos flores secas.
Algún constructor de puentes
rompe el silencio gritando “¡Amor!”
y desde las azoteas de los edificios
como pájaros consumidos de apocalipsis
empiezan a caer hombres,
mujeres, ancianos y niños mojando
el asfalto y las aceras
con sus líquidos cuerpos de oscuro escarlata.

Como una planta de raíces carnívoras
un aciago muro de silencio
lanza su feroz ataque contra la civilización
derribando árboles de la ciencia,
torres de Babel y bibliotecas,
y devorando a su paso los diccionarios,
las lenguas carnosas y las pocas palabras
que aún esconden en sus manos
los poetas ingenuos.

No amanece el pájaro y el viento calla.
Ya no hay canto ni zumbido de abeja,
ya no hay versos,
solo el chirriante silencio
del escombro y del hierro oxidado.
Es el tiempo de las serpientes,
de la soledad ocupando ahora el lugar
de la bella durmiente desde que los labios
se han quedado sin respuestas
y de la desolación imponiendo su tiranía
en todos los espacios con la muerte del eco
y el naufragio de la memoria.
Ver como el tiempo se consume entre impulso, sentir que los brotes inquietos de
sentimientos se recortan en ese espacio susurrante donde el silencio va convirtiendo
los desahogos en una selva para el alma. me ha gustado mucho. saludos de luzyabsenta
 
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