El crepúsculo de olor a ceniza esparce ascuas aún cálidas; sobre las calaveras de los santos difuntos que yacen bajo la tierra granítica. Y el sopor del silencio lacerante deja en penumbra la flora maléfica que ya se marchita. Mientras, el ojo de la noche, ya en ciernes, apaga los últimos suspiros de seres alados. Es entonces, cuando una ruina penosa de obscuridad sin concesiones posee los campos frutales que, otrora vez, en la eternidad del Ser indivisible, reverdecían en raíces brutales. Ancladas en las profundidades sin fondo de la madre naturaleza. El fantasma pálido y sin substancia es retraído levemente por la fuerza magra que rige la ley eterna del universo. Ya no hay esperanza para el dulzor y la suave claridad de un mañana inquieto. Que nunca volverá. Todo se reduce a polvo. Mientras, la risa estentórea se enorgullece, en medio de llantos y miradas invisibles, de ser la única voz infinita. Esparciendo dardos lacrimales en el techo estrellado de esa noche de fatal pensamiento. Abriendo al fin y al alcance de la mano de la muerte, la cáscara hueca de un secreto ya rebatido y traicionado.