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No el mundo vasto-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
No el mundo vasto, y su estúpida biografía

de escombros y guerras; ni siquiera,

los versos, en los que robabas algo

de luz a un invierno de soledad y estepa.

Ya no el libro, ni su inventario de personajes,

múltiples y entrevistos, mutilados como a guillotina

por el autor, impredecible en su cometido.

Tampoco la oscuridad de la tarde, vivida

a la fuerza, con escaso mérito por tu parte,

al lado de la estufa rigurosa y extrema.

Ni los nombres desvanecidos por efecto

del tiempo, ni los espectros creados por éste

en favor de aquellos. No esas conveniencias

que imponen los intereses comerciales,

ni aquella solemnidad que a la amistad devalúa,

la única tarea importante. No ese mundo

diáfano e intenso, que procede únicamente

del delirio de algún dios incongruente.

Esos cipreses, esos vestigios de flores,

quizás aquellos invernales pinos que recubren

de broza los relojes. O esas esbeltas columnas

que sostienen un paraíso de hojas en la altitud

de una oblonga colina. Esos ojos cuyo seno

te miraron, y aprendieron a decirte anda niño,

decídete. ©
 
No el mundo vasto, y su estúpida biografía

de escombros y guerras; ni siquiera,

los versos, en los que robabas algo

de luz a un invierno de soledad y estepa.

Ya no el libro, ni su inventario de personajes,

múltiples y entrevistos, mutilados como a guillotina

por el autor, impredecible en su cometido.

Tampoco la oscuridad de la tarde, vivida

a la fuerza, con escaso mérito por tu parte,

al lado de la estufa rigurosa y extrema.

Ni los nombres desvanecidos por efecto

del tiempo, ni los espectros creados por éste

en favor de aquellos. No esas conveniencias

que imponen los intereses comerciales,

ni aquella solemnidad que a la amistad devalúa,

la única tarea importante. No ese mundo

diáfano e intenso, que procede únicamente

del delirio de algún dios incongruente.

Esos cipreses, esos vestigios de flores,

quizás aquellos invernales pinos que recubren

de broza los relojes. O esas esbeltas columnas

que sostienen un paraíso de hojas en la altitud

de una oblonga colina. Esos ojos cuyo seno

te miraron, y aprendieron a decirte anda niño,

decídete. ©
Quizás el tiempo cumpla un
mejor propósito que estar antojadisamente a merced de nosotros.
Un abrazo, BEN.
 
Quizás el tiempo cumpla un
mejor propósito que estar antojadisamente a merced de nosotros.
Un abrazo, BEN.


Pues sí, seguramente, Good, es más, lo afirmo sin dubitación, lo que ocurre sin querer sentar cátedra, es que el tiempo del individuo, es distinto al planetario o cósmico, tan fugaz uno y tan eterno el otro...gotas de un mar que no crece, saludos y gracias!!
 
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