BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Vivo en una nave
mi corazón se ensangrienta
una vez al mes, abre sus puños
de caracola, y funde sus ahorros
en libros y objetos decolorados.
Vivo en una navío
vergel de antiguas horas
sombría ejecución de masas
donde florecen todavía amapolas
y señuelos.
Vivo, en la sangre meditabunda,
en que oscurezco el signo de las palabras,
donde rozan mi locura, persianas y antiguos
testamentos, y fluyen los ríos del delirio.
Vivo como sombra posterior
alimentando mi liquen de nombre insomne
donde arraigan labios y brazos tan estrechos
como la angustia de un barbero equidistante.
Vivo sobre la sombra superior
busco la permanente oferta
y en los labios hallo el mar
y las ofrendas dedicadas a él,
espuma y ultraje nuevos.
En las ingles llevo rozaduras impermeables
como castillos de costras duras y solícitas, amables
en que un caballero de antiguo orden
dilapidó su fortuna en cuestión de faldas y atropellos.
Dónde vivo
en qué hallo el mar
si unos labios prometen
y unas manos tan esbeltas
dan su ofrecimiento tenue y rescatado.
Del naufragio de una amapola
invulnerable a fuerza de simas
de hielos y categorías, de esquirlas
y llantos, de memorias ajustadas
sí, su sombra diverge en lo profundo.
Por qué hallo siempre cabellos
latitudes de un mapa extraviado
por las viejas cancelas de los días
encerrado en sus dimensiones
tan opacas como herramientas o dientes.
Y esta sucesión de invisibles
de pacíficos tormentos carnales
de sucesivos cuerpos sin mancha
aguas bautismales en que quedé
exonerado.
Por las viejas luminarias de la tierra
por los recovecos insignes del mármol
en que fue un ángel de invisible belleza
ciego tropezándose por el cielo y la ira.
Por las hueras sombras del diente
unas tenacillas inveteradas fulminantes
y esa pasión de los relojes que acaban
por los pasillos saludándose.
Grisáceas normas te trajeron
oh niño encantado, a la vieja tierra
donde se produce el ensalmo y la cólera
la vendimia y la frescura de un arado durmiente.
Y fui trayéndote yo, el más obtuso de los
hombres, caricias de reposo sosegado,
dientes de alabastro, coronas superficiales,
tragos de amargura sobre copas de monarcas
despreciados.
Hasta la tierra, fin del universo
su permanencia indecible que endurece
los labios, su cuerpo de materia vencida.
Astro divergente, llamas y una voz de huracán
ennegrecido, esto conseguí, de mis labios
ni un fino estremecimiento de hielo.
Por las laderas y los terraplenes iracundos
como trompetas deslizándose por un antiguo violín
cuyo sonido muestra rosas envenenadas.
Su voz fue como un escalpelo
horadando mis filamentos de osadía
los estandartes agónicos de mi figura
y esos alfileres sonando a gota dormida,
a perro muerto.
Su voz, sí, llena de búsquedas
abierta a mares de sustancias
golpeada por la bella materia
por las azules divisiones del magma
como una prisión que se abriera
alrededor de un roble o una esquina.©
mi corazón se ensangrienta
una vez al mes, abre sus puños
de caracola, y funde sus ahorros
en libros y objetos decolorados.
Vivo en una navío
vergel de antiguas horas
sombría ejecución de masas
donde florecen todavía amapolas
y señuelos.
Vivo, en la sangre meditabunda,
en que oscurezco el signo de las palabras,
donde rozan mi locura, persianas y antiguos
testamentos, y fluyen los ríos del delirio.
Vivo como sombra posterior
alimentando mi liquen de nombre insomne
donde arraigan labios y brazos tan estrechos
como la angustia de un barbero equidistante.
Vivo sobre la sombra superior
busco la permanente oferta
y en los labios hallo el mar
y las ofrendas dedicadas a él,
espuma y ultraje nuevos.
En las ingles llevo rozaduras impermeables
como castillos de costras duras y solícitas, amables
en que un caballero de antiguo orden
dilapidó su fortuna en cuestión de faldas y atropellos.
Dónde vivo
en qué hallo el mar
si unos labios prometen
y unas manos tan esbeltas
dan su ofrecimiento tenue y rescatado.
Del naufragio de una amapola
invulnerable a fuerza de simas
de hielos y categorías, de esquirlas
y llantos, de memorias ajustadas
sí, su sombra diverge en lo profundo.
Por qué hallo siempre cabellos
latitudes de un mapa extraviado
por las viejas cancelas de los días
encerrado en sus dimensiones
tan opacas como herramientas o dientes.
Y esta sucesión de invisibles
de pacíficos tormentos carnales
de sucesivos cuerpos sin mancha
aguas bautismales en que quedé
exonerado.
Por las viejas luminarias de la tierra
por los recovecos insignes del mármol
en que fue un ángel de invisible belleza
ciego tropezándose por el cielo y la ira.
Por las hueras sombras del diente
unas tenacillas inveteradas fulminantes
y esa pasión de los relojes que acaban
por los pasillos saludándose.
Grisáceas normas te trajeron
oh niño encantado, a la vieja tierra
donde se produce el ensalmo y la cólera
la vendimia y la frescura de un arado durmiente.
Y fui trayéndote yo, el más obtuso de los
hombres, caricias de reposo sosegado,
dientes de alabastro, coronas superficiales,
tragos de amargura sobre copas de monarcas
despreciados.
Hasta la tierra, fin del universo
su permanencia indecible que endurece
los labios, su cuerpo de materia vencida.
Astro divergente, llamas y una voz de huracán
ennegrecido, esto conseguí, de mis labios
ni un fino estremecimiento de hielo.
Por las laderas y los terraplenes iracundos
como trompetas deslizándose por un antiguo violín
cuyo sonido muestra rosas envenenadas.
Su voz fue como un escalpelo
horadando mis filamentos de osadía
los estandartes agónicos de mi figura
y esos alfileres sonando a gota dormida,
a perro muerto.
Su voz, sí, llena de búsquedas
abierta a mares de sustancias
golpeada por la bella materia
por las azules divisiones del magma
como una prisión que se abriera
alrededor de un roble o una esquina.©